Trump cree que lo llamarían como mediador; a Perón los ingleses le propusieron un condominio en Malvinas

En 1974, los británicos hicieron llegar al entonces presidente Juan Domingo Perón una propuesta de condominio o administración compartida de las Islas Malvinas; casi veinte años antes, en 1955, habían fogoneado el golpe de Estado contra el gobierno peronista.

Esto que a primera vista puede parecer incoherente se explica por la dialéctica de las relaciones internacionales en las que no existen amigos ni enemigos permanentes, sino solo intereses permanentes.

Inglaterra facilitó el golpe militar de 1955 por temor a un acuerdo estratégico entre Perón y Estados Unidos. El detonante fue el preacuerdo firmado por el gobierno argentino en 1954 con la Standard Oil de California para la explotación de petróleo en la Patagonia. Londres vio peligrar sus intereses con este hecho, porque históricamente la energía y los ferrocarriles habían dependido de Gran Bretaña. No estaban dispuestos los británicos a ceder influencia en la región en provecho de los Estados Unidos.

En La fuerza es el derecho de las bestias, Perón recuerda el éxtasis de Churchill celebrando su caída con un discurso significativo ante la Cámara de los Comunes contra su gobierno y contra la Argentina, cosa que llevó al Presidente exiliado a decir que el golpe que habían promovido era la cuarta invasión inglesa. La incidencia británica se había dado fundamentalmente a través de la Marina de guerra argentina, bajo el mando del almirante Isaac Rojas.

Un primer factor detonante de la política inglesa hacia Argentina en aquel momento fue la relación de Perón con Milton Eisenhower, hermano del presidente de Estados Unidos, que en junio de 1953 visitó el país. El vínculo alcanzó un grado de cordialidad tal que marcó un giro copernicano con Estados Unidos, teniendo en cuenta que Perón había llegado al gobierno con una campaña cuyo eslogan más notorio fue Braden o Perón.

Milton Eisenhower con Perón en la cancha de River

Obviamente, este acercamiento a Washington preocupó al sistema político británico. Sin embargo, Perón, que se reconocía en la tradición del hispanismo católico, al nacionalizar los ferrocarriles en mayo de 1948, los había bautizado con los nombres de personajes de nuestra historia de filiación claramente probritánica, para mostrar que se hacía cargo de toda la historia argentina sin beneficio de inventario.

Como Napoleón que, al coronarse emperador, dijo: “De Clovis al Comité de Salvación, me hago cargo de todo”. En los nombres de Roca, Mitre, Urquiza y Sarmiento, estaba también una muestra de que no había animosidad alguna y la disposición a sostener la mejor relación posible en aras de los intereses de cada uno. Aunque luego hayan impulsado los ingleses el golpe de Estado, tomaron nota. Los ingleses toman nota de todo. Perón también lo hacía. Por ello, en el exilio, en un momento llegó a decir: “El inglés es tan inteligente que hasta puede ser un factor de liberación”.

A tal punto es así que cuando Perón regresa al país y asume la presidencia, en 1974, el gobierno laborista le hace llegar, a través de su canciller Alberto Vignes, de excelentes relaciones con Londres, la mencionada propuesta de condominio sobre las islas. Propuesta que Perón, por supuesto, acepta de inmediato y que lamentablemente se trunca por su fallecimiento, el 1° de julio de 1974.

Esta fue la iniciativa más concreta y por vía pacífica, por la cual el Reino Unido estuvo cerca de ceder y la Argentina de recuperar parte de la soberanía.

El reclamo espontáneo al concluir el partido con Inglaterra en el Mundial. También de esto toman nota los ingleses

Mäs adelante, en el gobierno del presidente Carlos Menem, se desarrolló una política con dos alas: una, de seducción hacia los kelpers, que llevaba adelante fundamentalmente la Cancillería; y otra, de reafirmación permanente y sistemática de nuestros derechos en todos los foros internacionales de los cuales participaba el Partido Justicialista.

Personalmente, me tocó hacerlo como vicepresidente de la Internacional Demócrata de Centro (IDC). Cuando asumí el cargo junto con el presidente de la IDC, José María Aznar, defendí en ese foro la soberanía chilena ante la detención en Inglaterra de Augusto Pinochet, alguien que en modo alguno me despertaba simpatías por múltiples razones, desde su colaboración con los ingleses en la guerra de Malvinas hasta el sangriento golpe militar. Pero lo que estábamos defendiendo era la soberanía jurídica del Estado chileno y de un pueblo hermano, no a la persona en cuestión.

En otro encuentro, en Estados Unidos, en este caso de la International Democrat Union (IDU), una internacional liberal de la que éramos miembros plenos, formada por casi todos los partidos políticos que integraban la IDC, más los conservadores británicos y los republicanos estadounidenses. En esa ocasión, Carlos Menem, como presidente del Partido Justicialista, ya expresidente de la Nación, expuso su visión internacional de la Argentina y del mundo, y tocó tangencialmente el tema de Malvinas con una fineza tal que fue aplaudido incluso por los dirigentes británicos allí presentes. Hecho que no debe causar sorpresa luego del cordial recibimiento dado por la Reina al presidente argentino en su visita al Reino Unido en 1998.

La Reina Isabel al recibir a Carlos Menem en 1998 (Victor Bugge)

Londres también tomaba nota de la política de dos alas. De hecho, la decisión de invitar a Menem al Reino Unido me fue comunicada personalmente por un alto funcionario de la Cancillería en Londres, quien me dijo que la Reina estaba en su castillo de verano y que cuando retornase a la capital iba a comunicar que recibiría al presidente Menem. Esto le había sido informado al funcionario que me lo transmitió por el Duque de Ogilvy, primo hermano de la Reina.

Todos estos antecedentes cobran relevancia en el contexto de los últimos acontecimientos referidos a la cuestión Malvinas. Es inevitable ver que el nuevo clima creado es producto de las declaraciones que viene haciendo Donald Trump en torno al tema.

Las últimas en data se dieron en Dublin, cuando pareció preanunciar el conflicto, al decir: “Sería un desastre potencial”. También señaló que él podría “resolverlo”. Y agregó: “Estoy seguro de que me llamarán”. Es una incitación a la espera de una respuesta que le facilite cumplir con los objetos que él personalmente se ha fijado.

En este marco, hoy más que nunca, deberíamos tener presente aquello de ser artífices de un destino común, pero nunca instrumento de la ambición de nadie.

Por otra parte, las relaciones de poder son siempre triangulares; en ellas, dos vértices actúan en común respecto de un tercero. Y, en el triángulo Estados Unidos, Inglaterra y Argentina, por su entramado histórico, político, militar y económico, salvo una excepcionalidad en virtud de la renovación del Tratado Antártico y la importancia del estrecho de Magallanes, veo difícil que pueda sostenerse en el tiempo una alianza con Estados Unidos en detrimento de Inglaterra. Por ello, es aconsejable no hacer seguidismo adolescente de una potencia, y en cambio entablar todas las negociaciones, iniciativas e intercambios de manera estrictamente bilateral, atenuando en todo lo que se pueda la participación, sobre todo pública, de terceros que libran su propia guerra y que, apenas logrado su objeto, probablemente puedan dejarnos colgados del pincel.

No quiero dejar de mencionar que, en todos los encuentros en los que abogamos por Malvinas, conté incluso con el respaldo de Raúl Alfonsín, quien era miembro de la Internacional Socialista, y con quien nos reuníamos en la casa de la hija de Ángel Federico Robledo. Ante mi solicitud de apoyo, él me respondía: “Por supuesto, por el terruño todo”.

Raúl Alfonsín y Carlos Menem. No se puede sostener una política de confrontación internacional divorciada de la unidad nacional (Archivo Télam/jcp)

Es decir, que en nuestras iniciativas teníamos el apoyo de todo el arco político del país.

Esperemos entonces que el actual Gobierno comprenda que no se puede sostener una política de confrontación internacional divorciada de la unidad nacional. Y eso no está sucediendo. Un Gobierno con espíritu de facción no puede defender el conjunto de los intereses de una nación.

Una cosa es aprovechar la oportunidad de una coincidencia coyuntural para hacer avanzar una causa; otra muy distinta es ser instrumentalizado en un juego ajeno.

Una cosa es mostrarse firme en la defensa de nuestros intereses, profundizando la inseguridad jurídica y por ende económica a todo aquel que quiera explotar recursos que nos pertenecen; otra es perder la cordialidad necesaria para sostener el diálogo bilateral y evitar que otros hablen en nuestro nombre.