En el primer capítulo de la nueva temporada enfocada en la maternidad de El Puente, el ciclo de entrevistas de Infobae conducido por Julieta Puente, la médica neonatóloga Águeda Figueroa (MN 90973) explicó por qué el nacimiento de un hijo transforma de forma irreversible a una mujer, desde el cerebro hasta los vínculos afectivos. La especialista, también conocida en redes como Neo en Casa, sostuvo que ese proceso tiene un nombre clínico y una base científica comprobable.

Durante la charla, Figueroa recorrió desde el impacto hormonal del parto hasta la angustia posparto, y dejó en claro que los cambios que atraviesa una madre no son debilidad ni patología, sino parte de una transformación biológica y emocional profunda.

El concepto de matrescencia explica por qué la maternidad se parece a la adolescencia

Según Figueroa, la ciencia identificó hace décadas que la maternidad produce en la mujer un impacto comparable al de la adolescencia. En 1970, la médica antropóloga Dana Raphael observó que ambos momentos comparten una profundidad de cambio que no tiene equivalente en otras etapas de la vida. A ese paralelismo lo llamó matrescencia, término que combina “maternidad” y “adolescencia”, que describe la transformación que atraviesa una mujer cuando se convierte en madre.

Figueroa sostuvo que una madre no puede volver a ser la misma de antes porque la maternidad modifica su identidad de manera profunda. (Maximiliano Luna)

“Hay dos momentos en la vida en los cuales hay un profundo cambio, no solamente físico, sino psicológico”, explicó la especialista. Así como nadie puede pedirle a un adolescente que vuelva a ser niño, tampoco es posible pedirle a una madre que recupere su identidad anterior. Figueroa fue directa al respecto: “¿Cómo vas a ser la misma de antes si creaste un ser humano? Si durante nueve meses hubo dos corazones latiendo adentro tuyo”.

La glándula hipófisis crece durante el embarazo y deja una marca permanente en el cerebro

Uno de los datos más concretos que aportó Figueroa tiene que ver con la anatomía del cerebro. La glándula hipófisis (una estructura ubicada en el cerebro que regula funciones hormonales clave del cuerpo) aumenta su tamaño en un 130% durante el proceso de la maternidad. Aunque luego disminuye, los efectos de ese crecimiento no desaparecen.

El cerebro en la mujer cambia para el resto de la vida”, afirmó la especialista. Para respaldar esta afirmación, citó estudios en los que la tecnología logró distinguir, con un 100% de efectividad, entre tomografías de mujeres que habían sido madres y mujeres que no.

La glándula hipófisis crece un 130% durante el embarazo y deja cambios permanentes en el cerebro de la mujer, afirmó la neonatóloga. (Maximiliano Luna)

El cambio es tan profundo que queda inscripto de forma permanente. Esto explica, según Figueroa, por qué las prioridades de una mujer se reordenan después de la maternidad: lo que antes parecía urgente, “esas botas que estaban ahí superlindas”, ejemplificó, pasa a un segundo plano frente a la necesidad de saber que el bebé está bien.

El síndrome de baby blues aparece entre las 24 y las 48 horas del nacimiento y es parte del proceso normal

Otro concepto que la especialista desarrolló es el del síndrome de baby blues, una expresión en inglés que refiere a un estado de angustia intensa que aparece en los primeros días tras el parto. Según Figueroa, este síndrome surge porque las hormonas de la mujer alcanzan en el momento del nacimiento niveles altísimos, comparables a los más altos de toda su vida. Cuando esas hormonas caen de forma abrupta, la madre enfrenta una angustia que no puede controlar.

“Aparece a las 24 o 48 horas después del nacimiento y es una angustia muy profunda que no se puede manejar”, describió la especialista. Esa madre llora, no se reconoce a sí misma y todavía no terminó de construir su nueva identidad. Pero todo eso, aclaró la neonatóloga, es parte del proceso. El problema aparece cuando la mujer no acepta esos cambios: “Lo que resiste, persiste”, advirtió. Por eso su recomendación es clara: no evitar lo que se siente, sino atravesarlo.

El síndrome de baby blues aparece entre las 24 y 48 horas después del parto por la caída abrupta de hormonas y forma parte del proceso posparto. (Maximiliano Luna)

A esa transformación personal se suma una paradoja que muchas mujeres sienten pero pocas verbalizan: en el mismo momento en que una madre se redescubre a sí misma, también debe sostener a un bebé que depende completamente de ella. Según Figueroa, esa doble exigencia es la fuente principal de la angustia en el posparto.

El recién nacido llega a un mundo nuevo y necesita tiempo para conectar cada estímulo con una persona

Figueroa describió la experiencia del bebé durante los primeros momentos fuera del útero desde la perspectiva del recién nacido: adentro de la panza, el bebé escuchaba el corazón de su madre, reconocía su respiración y el tono de su voz, pero nunca había visto la luz ni escuchado su propia voz. Al nacer, todo eso llega de golpe.

“Ahora ve la luz, ahora escucha su propia voz, ahora escucha la voz del papá, que dice: ‘Ah, esa voz yo la conozco, ahora tengo que unirla con esa cara, con ese olor’”, describió la especialista. Para graficar el nivel de estímulo que recibe el recién nacido, Figueroa recurrió a una comparación directa: “Piensen como si los pusieran al borde de un precipicio y les dijeran: ‘Bueno, ahora te mantenés acá y guarda con caerte’. Es vértigo. Eso es lo que le pasa muchas veces al bebé”.

Figueroa explicó que el recién nacido recibe estímulos nuevos al nacer y por eso tiembla, se asusta, estornuda y presenta reflejos exacerbados. (Maximiliano Luna)

Por eso el recién nacido tiembla, se asusta, estornuda y tiene reflejos exacerbados: su sistema nervioso procesa una cantidad de información para la que, hasta ese momento, no tenía referencia alguna.

Hacia el cierre, Figueroa eligió una imagen para resumir la experiencia de la maternidad en su conjunto: no una ola que se surfea, sino una ola que se atraviesa. “Atravesarla es dejar de respirar”, dijo. Y para describir el amor que surge en ese proceso, recurrió a la imagen de una moneda: “De un lado amas, pero el otro lado puede doler. No hay amor sin un poquito de dolor”, afirmó. Ese amor es tan inmenso que, según la especialista, la sola idea de que algo le pase al hijo lleva a la madre a sentir que ella misma no podría sobrevivir. Las dos caras, el amor y el dolor, son inseparables.