La industria textil argentina atraviesa una fuerte caída de actividad, con fábricas que trabajan muy por debajo de su capacidad y una pérdida significativa de puestos de trabajo. Según los datos aportados para este informe, la producción del sector retrocedió cerca de 26% interanual durante los primeros meses de 2026 y acumula una baja superior al 37% respecto de 2023. Al mismo tiempo, más de 380 fábricas y talleres dejaron de funcionar desde diciembre de 2023. Para Luciano Galfione, presidente de la Fundación Pro Tejer, el problema combina la caída del consumo interno con las nuevas condiciones para las importaciones. “A la baja del consumo le agregamos que lo poco que se consume es importado”, sostuvo durante una entrevista con Otra Vuelta de Tuerca. Según explicó, ya se perdieron miles de puestos de trabajo y cientos de empresas, pero el impacto excede a la propia industria: “Como se vende menos, genero menos trabajo, se expulsa más gente. Esa gente consume menos y por ende se vende menos”. La apertura comercial también modificó el equilibrio dentro de la cadena. Mientras la importación de insumos productivos se redujo, el ingreso de prendas terminadas aumentó con fuerza. Los datos aportados señalan que las importaciones de indumentaria crecieron 129%, mientras que siete de cada diez prendas comercializadas en los principales centros comerciales provendrían del exterior. Para Galfione, no se trata solamente de defender a las empresas textiles sino de preservar una cadena productiva que comienza en la producción de algodón y atraviesa hilanderías, tejedurías, tintorerías y talleres de confección. El impacto también alcanza al salario. El sector textil aparece entre las actividades con mayor pérdida de poder adquisitivo: los trabajadores registraron una caída real del salario de 12,6% interanual, por encima de otros sectores industriales y de servicios. Pero detrás de las cifras hay historias concretas. En Villa Carlos Paz, Soledad Prieto y su marido decidieron invertir sus ahorros para poner en marcha una pequeña fábrica de indumentaria y uniformes escolares. La llamaron "Dos Soles". Ella acababa de jubilarse como docente y él, como arquitecto, pero ambos apostaron por seguir trabajando y generar empleo. “Pusimos todo lo que teníamos y cuando se terminó el último recurso vendimos uno de los autos”, contó Soledad. El emprendimiento llegó a tener dos empleadas y apostó a la producción personalizada. Sin embargo, la caída de las ventas hizo imposible sostener los costos. “Vos me decís: necesito una remera personalizada y yo te la hago con el mismo amor, pero no hay ventas, ni una, ni diez, ni cien. No hay”, relató. Incluso decidió poner parte de su propia jubilación en el negocio para mantenerlo a flote. Finalmente, Soledad tuvo que cerrar. Quedaron deudas, máquinas que requieren reparaciones y dos trabajadoras cuya continuidad también está en riesgo. Su definición resume una de las caras más pequeñas —y quizás más difíciles de revertir— de la crisis: “Yo no necesito ayuda económica, plata, necesito trabajar. No quiero subsidios, no quiero regalos. Lo único que queremos es laburar”. La historia también tiene una dimensión política que la propia Soledad reconoce al hacer un balance de estos años. Cuando le preguntaron por su voto en las elecciones de 2023, contó que en la primera vuelta había elegido a Patricia Bullrich y que en el balotaje votó a Javier Milei. Hoy, frente al cierre de su emprendimiento, su mirada es muy diferente: “Ni me lo recuerdes”, respondió. Y agregó: “Ya no lo escucho más y lo único que hacen es mentirme”. Su desencanto, dijo, tiene que ver con sentir que las políticas económicas no contemplan la realidad de las microempresas: “Yo soy micro. Yo sé que no le importa ninguno”. El cierre de una pyme no es solamente el final de un emprendimiento. También significa perder capacidades productivas, puestos de trabajo y conocimientos construidos durante años. En ese punto coinciden, aunque desde lugares muy diferentes, las dos historias: mientras Galfione advierte que “el daño que se provoca en cinco minutos tarda muchísimo en volver a construirse”, Soledad enfrenta en primera persona la decisión de abandonar un proyecto en el que puso sus ahorros, su trabajo y sus expectativas de futuro.