Ni la fatiga, ni la helada, ni el viento, ni la lluvia, ni el sol, ni la noche. Nada frena el perseverante avance de los intrépidos peregrinos que devoran distancia y tiempo en procura del premio del éxtasis del encuentro anual cara a cara con el Señor y la Virgen del Milagro.
Y si al ajeno le pareciera inverosímil que la abigarrada procesión de hombres y mujeres, jóvenes y viejos sea capaz de vencer la hostilidad y el peligro que oponen las quebradas, torrentes y arideces que afrontan, en cambio para ellos no existe ningún misterio: los mueve la energía inmaterial de la fe en Jesús y su Madre, que redobla hasta el infinito la resistencia de los músculos y el oxígeno en los pulmones.
Marchan desde todos los puntos cardinales de la provincia. Los primeros salieron el pasado día dos de este mes de setiembre desde Santa Victoria Oeste, en la frontera con Bolivia, y caminan casi 600 kilómetros durante dos semanas para arribar a la catedral de Salta, donde los aguardan las imágenes que según el relato de la fe evitaron que la ciudad fuera destruida por un terremoto hace 334 años.
La festividad del Señor y la Virgen del Milagro es una de las más numerosas y convocantes entre las celebraciones patronales de la Iglesia Católica, y la gran peregrinación que la corona llega a congregar a centenares de miles de fieles. El lema de este año es “Señor del Milagro, Tú eres nuestra paz. Oramos para recibirla y servimos para darla”.

En la génesis de la devoción hay una historia apasionante, transmitida de generación en generación entre los creyentes. Cuenta que todo comenzó el 15 de septiembre de 1692. El terremoto que había hecho desaparecer la cercana ciudad de Esteco avanzaba inconteniblemente en su quinto día para destruir también a Salta. La capital de la provincia necesitaba un milagro.
En la iglesia matriz, una imagen de Cristo permanecía arrumbada, semioculta como estuvo durante un siglo desde que llegó de Europa. Cerca, una estatua de la Pura y Limpia Virgen María recién traída al templo, caía dañada por los primeros temblores, pero conservando intactos las manos y el rostro, que de pronto empezaba a cambiar de color.
La tradición refiere que un sacerdote, José Carrión, escuchó una voz celestial:
-Si sacan las imágenes en procesión, Salta se va a salvar.
Movidos por el entusiasmo de la desesperación entre todos cargaron las figuras sagradas, las llevaron en andas por las calles contiguas y el terremoto cesó. El milagro se había consumado y Salta quedó indemne. Los fieles sellaron un pacto de fe con Cristo y su Madre, que se consolidó cuando las oraciones y la procesión ritual preservaron nuevamente a la ciudad en otros tres terremotos, en 1844, 1948 y 2010.

Desde aquel entonces se renueva anualmente la procesión que parte de la Catedral y fue creciendo en número hasta convertirse en multitudinaria en el presente. Pero es recién desde hace algunas décadas que la creencia, que escaló miles de metros hasta los cerros, valles y quebradas de la Puna salteña, vuelve en torrentes humanos de fe que suman sacrificio y colorido al acontecimiento.
Los fieles bajan de los cerros cantando y rezando, y en ocasiones estallan de pronto en saltos y bailes que desmienten el cansancio. Algunos transportan imágenes del Señor y la Virgen en los brazos y otros utilizan andas, cuyas varas cargan sobre los hombros. El sol hace resplandecer los dorados cascos de los peregrinos de la Mina Patito. El conjunto constituye un espectáculo sin parangón en el mundo.
El sacrificio es un componente de la manifestación de fe, se convierte en ofrenda. Atraviesan pruebas que comprometen la resistencia e incluso ponen en riesgo la integridad de los peregrinos. Con un esfuerzo descomunal atraviesan montañas de 5.000 metros de altura donde las piernas pesan y falta el oxígeno, y vadean ríos peligrosos.
Padecen fríos con viento y nieve de hasta 16 grados bajo cero que congelan en los recipientes el agua que llevan para beber, y por la variación térmica brutal los atormentan los calores sofocantes por los índices extremos de rayos ultravioletas. Pero no se rinden.
Transforman el paisaje en un gigantesco templo a cielo abierto. Recortada contra el abanico de las altas montañas la imagen es colorida, singular, emocionante. Marchan por desiertos y soledades y cuando atraviesan sitios poblados, despiertan solidaridad, admiración y emoción. El pueblo los festeja y alimenta a su paso, con reconfortantes jarros de mate cocido bien caliente y guisos suculentos o “pulsudos”, como gustan llamarlos en la región.
Los protege una sólida infraestructura sanitaria y de servicios esenciales y en las paradas que realizan para alimentarse y descansar hay profesionales voluntarios que reparan los pies dañados y los músculos maltrechos. Pero la cura viene de adentro. Resulta sorprendente, casi milagroso ver como luego de caminar centenares de kilómetros cargando pesadas imágenes y estandartes, saltan de repente en ”pogos” desenfrenados mientras entonan estribillos y canciones religiosas. La energía de la fe que brota del corazón.
Las risas se confunden con las lágrimas en el momento culminante, cuando se produce el arribo de las columnas a la Catedral, en la víspera del aniversario del Milagro. La mayoría llega a pie, pero muchos lo hacen a caballo o en bicicleta.

Mientras la plaza desbordante en número y entusiasmo les da la bienvenida, ellos se olvidan del cansancio y las lastimaduras al entrar al templo para el encuentro con el Señor y la Virgen. Es cuando vacían el alma del agradecimiento y los pedidos elementales de salud, trabajo, paz y prosperidad que cargaron durante kilómetros. Les hablan a las imágenes, pero están convencidos de que los escuchan en el cielo.
En la tarde del 15 de septiembre la plaza atestada frente a la Catedral estalla de júbilo cuando salen las imágenes del Señor y la Virgen para recrear la procesión milagrosa de 1692. Parecen flotar sobre gruesos tapetes confeccionados con miles de claveles (rojos para Jesús, blancos para María), por los herederos de las mismas familias que se ocupan de la tarea desde el siglo XIX. Todo es tradición. Algunos de los quince voluntarios que el momento solemne hacen repicar las cinco campanas de la Catedral, llevan más de cuatro décadas en esa labor.
La procesión por las calles de la ciudad, presidida por las imágenes sagradas es una marea humana, formada por centenares de miles de personas, en ocasiones cercanas al millón, que renuevan el Pacto de Fidelidad que sellaron con Cristo y su Madre en 1692. Es una promesa mutua de pertenencia y protección divina sobre la región. Una fórmula lo define: “Este pueblo es del Señor y el Señor es de este pueblo”.
Muchos devotos se acompañan de sus hijos y sus nietos que heredarán la creencia y esto asegura la perpetuidad del fenómeno de veneración, resumida en el himno que lo solemniza:
“Van pasando los siglos,
Y crece con ellos la fe”.
La ceremonia concluye cuando, ya de noche las imágenes vuelven a entrar al templo bajo una lluvia de flores y el resonar jubiloso de las campanas. La fiesta del Señor y la Virgen del Milagro renueva cada año un terremoto de fe, en una movilización espiritual que este año se potencia con el sentimiento de alegría y esperanza que provoca entre los católicos la inminente visita del papa León XIV.



