
Miss Argentina y modelo top en los 80, presentadora de notas de moda y tendencia, conductora de programas de TV, columnista en noticieros, Nequi Galotti supo reconvertirse y adaptarse a todos los desafíos que se le fueron presentando a lo largo de su carrera.
De un natural buen humor y una predisposición admirable para cualquier tarea que se le pusiera por delante, ahora dice estar feliz con el ritmo algo más descansado de su vida, en contraste con los años de intenso trabajo en medios, en paralelo a la crianza de sus tres hijos y, en los últimos tiempos, el cuidado de su marido, que padeció una larga enfermedad, y de su madre, que falleció hace poco más de dos años.
No se siente sola, porque le encanta recibir en su casa. Se declara muy familiera y no le importa que todo quede “patas para arriba”, con tal de tener allí de paso a hijos, nietos o a su hermana que vive en el interior. Cuandi cumplió 65, reunió a sus amigas y les dijo: “Es el último tramo de la vida”. Desea que sea “espléndido” y vivir “plenamiente” lo que le toque.

— ¿Cuántas veces te reinventaste? El oficio de modelo tiene un límite de edad, aunque ahora están rescatando a modelos veteranas…
— Ahora cambió muchísimo. Antes tenía un tiempo la carrera de modelo, a los 30, 35, con toda la furia, ya estaba. Por eso cuando cumplí 30 años me puse a pensar qué iba a hacer.
— ¿Ya tenías a tus hijos?
— Sí. Cuando nacieron Luis y Miguel, mis primeros hijos, a los pocos meses estaba de vuelta en la pasarela. Pero a mí me encantaban los medios. Cuando nos invitaban a los programas de televisión, me gustaba contestar, hablar, contar, lo disfrutaba mucho y me di cuenta de que ese podía ser un camino interesante. Tuve primero la oportunidad de hacer radio en Radio Nacional. Una columna de moda sobre rearmar y ponerle creatividad a los conjuntos. No era tendencias solamente, sino…
— ¿Consejos prácticos?
— Claro, cómo reinventar los modelos del año anterior. Lo disfrutaba mucho. Empecé a hacer eso a los 30 y pico. Después me llamaron de Utilísima para la conducción de la sección de la moda y empecé haciendo móvil. No era un móvil en vivo, salía a grabar notas. Estuve en Telefé con Patricia Miccio. Después se crea la señal Utilísima. Ahí me dieron un programa que se llamó Belleza de mujer, donde me sentí como pez en el agua. Ganamos tres Martin Fierro. Fue una gran enseñanza. El dueño de Utilísima era Ernesto Sandler, una persona sumamente exigente y detallista. Tuve una gran escuela.

— ¿Luego?
— Hice varios programas en Utilísima, hasta que llegué a C5N, donde el desafío —porque estamos hablando de reinventarse—, era pasar de notas grabadas al vivo. Y con la exigencia de un canal de noticias. Yo hacía columnas de arte, de moda, de tendencias, pero al ritmo del vivo. Me acuerdo que cuando murió Sandro, me dijeron: “Nequi, empezá a hacer todo lo que tiene que ver con su forma de vestirse”. Me encontré de golpe investigando. Y no existía la IA. Ya había internet, pero no tan eficiente como ahora. Ese día hice como cuatro informes sobre Sandro. Fueron desafíos muy lindos. También gané dos Martín Fierro estando en C5N, porque después tuve un programa que se llamaba Moda y estilo.
— Recuerdo un informe en C5N sobre el desafío de usar todo el año el mismo vestido.
— El vestido negro clásico y todas sus combinaciones. Me acuerdo. Fue espectacular. Y otro sobre una chica francesa que vivía en Argentina. Ahora se ve mucho en redes. Ya es un tópico. Pero en aquella época era pura creatividad nuestra. Todo un día con ella, París en Buenos Aires. Era lindo, creativo, lúdico. Cuando me llamó Daniel Hadad para el noticiero, me dijo: “No quiero que hagas chimentos, quiero que hagas otra cosa, algo que no esté en la televisión”.

— ¿Qué vino después de C5N?
— Después estuve en LAM, nada que ver con todo lo anterior, era totalmente diferente a mi estilo, a mi forma de ser. Pero también esa experiencia fue muy buena, aprendí mucho y yo siempre de cada cosa que hago saco lo mejor para mí. En el medio tenía a mis hijos, criarlos, llevarlos al colegio, al fútbol, a la fonoaudióloga, a la reunión. Lo que nos pasa a las mujeres: mi marido, mi casa y todo lo que eso significa. Tengo tres hijos varones y tres nietos varones [risas].
— ¿A tus nietos los ves? ¿Están acá?
— Uno sí. Los otros en España pero cada vez que voy o vienen ellos los disfruto al cien por cien. Son todos chiquititos, todavía no experimenté esa cosa tan linda que dicen mis amigas cuando los nietos crecen y empezás a tener un vínculo más profundo. Dicen que es muy lindo. Ya me tocará. Soy sumamente familiera y me gusta unir. Siempre las reuniones familiares, si puedo, las hago en casa. No me importa tener que trabajar, que me quede todo patas para arriba. Soy feliz. Lo hice siempre, con mis hijos, con mi hermana que vive en La Pampa. Tuve un hermano autista y desde muy chiquitos, nos educaron en la unión, el amor, la no competencia, el entender que a veces uno necesita más que otro. Haber tenido a mi hermano sacó de nosotros lo mejor como como familia.
— ¿Cuándo murió?
— Marcelo falleció en 2019. Tenía 63 años. Cada logro suyo, era un logro de todos. Y él, con sus limitaciones y su autismo, tocaba el piano, dibujaba, escribía. Tengo carpetas, con la historia de la familia en dibujos, hecha por él.

— Tu madre también murió hace poco.
— Sí, a ella la tuve acá hasta el final, murió a los 92, y creo que el cielo me regaló eso, el poder tener a mi madre conmigo sus últimos cinco años. Leíamos las historias de Marcelo y llorábamos de alegría. Tenía limitaciones, si salíamos había que ir con una silla de ruedas porque no le aguantaban las rodillas. Pero muchas veces me pasa de estar en las despedidas y escucho que alguien dice: “Me quedó tanto por hablar, por decir…” Por eso las cosas se hacen en vida. Se habla en vida, se entrega el tiempo en vida, la amorosidad, las palabras, el cariño. Todo se da en vida.
— No dejaste nada pendiente.
— No y por eso a las personas que se me fueron, las recuerdo a todas con felicidad. A mi hermano, a Bartolomé [N. de la R: Mitre, su marido], con quien estuve hasta último momento, en una enfermedad larga, fueron diez años de acompañarlo, de reírnos, de salir, de disfrutar de la vida, de afrontar los momentos difíciles juntos.
— Es una bendición poder acompañar.
— Sí, mi mamá murió acá en mis brazos. Esa mañana, le llevé el desayuno a la cama, charlamos, nos reímos. Le digo: “Mami, yo voy a ir hasta la verdulería y vengo”. Me quedé charlando un ratito con mi hijo y de golpe siento: ¡Aaah! Fui corriendo y parecía un preinfarto. Llamé a la guardia haciéndole RCP, llegaron los médicos, pero antes de que llegasen, las últimas palabras de mi mamá fueron: “Nequita, me estoy muriendo”. Qué cosa más increíble que estábamos juntas, que la sostuve hasta el último momento, se me fue en los brazos. Pero la recuerdo con alegría.

— En Argentina tendemos más a convivir entre generaciones, todas juntas en el hogar. Y generalmente la persona mayor que va a una residencia es porque no tiene otra alternativa.
— Sí, también se dieron las circunstancias. Ella vino acá cuando murió mi hermano. Yo no quería que mi mamá se quedara sola. Y Bartolomé, que era un sol de persona, me dijo: “Por supuesto, traé acá a tu mamá, que es piola, divertida”.
— ¿Hay un momento en que la edad empieza a complicar o limitar la reinvención?
— Sí, no es lo mismo tener 30, 40, 50 ó 66 como tengo yo ahora. La vitalidad, la memoria, las ganas, todo va cambiando. Por ejemplo, en el 2023 dije: “No quiero hacer más tele”. Ya está, ya disfruté, y pude decir “ya está”, porque profesionalmente me siento satisfecha. Y porque apareció esta nueva forma de trabajar, de comunicar, que son las redes. Casi sin darme cuenta, en la pandemia, me empezaron a llamar de las marcas para que publicite cosméticos, ropa. Y empecé así a reinventarme como modelo, en las redes, desde otro lugar totalmente diferente a salir en una gráfica o hacer un desfile. Ahora bien, no publicito un artículo que no haya probado.

— ¿Las empresas empiezan a darse cuenta de que tienen que apuntar a la franja silver?
— Sí, porque las cremas más cincuenta, las usa una mujer más cincuenta, es mucho más creíble que si las muestra una chica de 25. Por suerte nunca dejé de hacer actividad física, lo disfruto enormemente. Cuando era chiquita estudié danzas, llegué hasta octavo año del Instituto Superior de Arte del Teatro Colón, pero siempre fui muy alta, así que finalmente dejé porque los bailarines me llegaban entre el codo y el hombro. No entraba en…
— …en el estándar del ballet.
— Exactamente.
— ¿Entonces vino el modelaje?
— Después de salir Miss Argentina en 1980, se me dio la oportunidad de trabajar en París. Estuve un año y medio. De hecho, los primeros pasos como modelo los di allá. Uy, tenía que hablar de las mujeres de cincuenta y estoy hablando de mi propia vida [risas].

— Está bien, estamos hablando de reinvención… Lo último son los viajes. ¿Cómo surgió eso?
— Adoro esto que me está pasando. Me llamó una agencia de turismo para hacer viajes con grupos de personas.
— ¿Grupos sólo de mujeres?
— No, es mixto, pero en el último fuimos todas mujeres.
— ¿Adultos mayores?
— Ha ido gente más joven pero en general el promedio es gente grande y más mujeres que varones. Las mujeres queremos viajar, aprovechar los años que nos quedan, porque viste que se hace esa cuenta. Ya viví 66 años, ¿cuánto me queda por vivir? Y cuánto por vivir bien, plena, con ganas, con la alegría de descubrir cosas nuevas. Cuando cumplí 65, les dije a mis amigas: “Es el último tramo de la vida”. Porque realmente es el último tramo. Quiero que sea lo más largo posible, que sea espléndido, acompañada de mis amigas, pero es el último tramo y lo quiero vivir plenamente, lo que me toque.

— Cuando hacés esa cuenta, ¿cómo te sentis?, ¿te angustia?
— No, no. A veces estoy tristona. Tampoco voy a pretender que todo es perfecto. Yo planeaba que mi hermano y yo envejeceríamos juntos y no pudo ser. Como todos, tuve momentos difíciles en la vida, momentos muy, muy duros, pero siempre salí adelante. La gran enseñanza de mi vida fue la educación de mis padres con respecto a Marcelo y todo lo demás, en una época en que no se hablaba de discapacidad ni de diferencias, pero todos éramos iguales y éramos una familia.
— Aprendiste a cuidar.
— Sí, siempre digo que el día que me muera quisiera que a mis hijos la gente les diga: “¿Sabés qué? Tu mamá fue una buena persona”. Punto. Es lo único que me importa. Me gusta esta vida más tranquila. Igual hago un montón de cosas y viajo y todo, pero tengo la suerte de poder ponerle un freno a la locura de la vida.
— Me estabas comentando de este nuevo trabajo que tenés.
— Sí, los viajes. Me propusieron esto de convocar por redes, armar grupos. Para las agencias es una buena forma de atraer nuevos clientes. Me fue muy bien en los dos primeros viajes que hice. Ahora estamos armando uno a China, un destino muy lindo, nuevo para mí. Vamos con el profesional de la agencia, allá hay guías locales.

— Tu rol es promocionar el viaje ¿y qué más?
— Ser host. No soy guía, soy parte del grupo del viaje. Es muy lindo porque ya hay algunas señoras que repitieron y entonces se empieza a armar una pequeña comunidad de viaje. He conocido gente muy interesante. Todos los especialistas y los médicos dicen que socializar es muy importante a partir de cierta edad, no quedarnos solos, conocer gente nueva, cultivar la amistad.
— ¿Son viajes de gente silver?
— Sí, casi todos. Estos viajes grupales son ideales porque hay gente a la que no le gusta armarse el itinerario, acá tenemos todo resuelto. Es la solución para el que quiere viajar y está solo. En Lecce, por ejemplo, en Italia, una señora se me acercó y me dijo: “Ay, Nequi, yo que estoy viajando sola y te veo y te sigo en el Instagram, me quiero morir, ¿cómo no hice este viaje con ustedes?”
— ¿Ponen un límite de edad?
— No, no. Cada uno sabe si puede o no viajar. Una señora de 81, en el viaje a Italia, en Matera, esa ciudad antigua con casas construidas en la montaña, había una muy una larga caminata en subida, y una escalinata también larga. La guía dijo “el que quiere puede volver”, pero esa señora dijo “yo voy”. Y subiendo los escalones de piedra, me dijo: “Para este viaje, fui tres meses al gimnasio y el profesor me preparó. Y ahora pienso qué alegría por todo lo que puedo hacer, porque no me voy a quejar por lo que no puedo hacer”. Y así llegamos las dos con la lengua afuera [risas]. Pero fue una lección de vida, me tocó el alma, una enseñanza más de las tantas que recibo de la gente. No me tengo que quejar por lo que no tengo, o por lo que no puedo hacer, sino agradecer por lo que sí puedo.

— ¿Algún proyecto pendiente?
— Cosas que no hice seguramente hay muchas, pero a mí no me deja de sorprender la vida.
— ¿Cuándo te empezaron a llamar para desfilar de nuevo?
— De alguna manera nunca dejé de desfilar. Cuando mis hijos eran chiquitos, me llamaban de las casas de chicos, para que desfilara con ellos. Después los diseñadores empezaron con esta tendencia de que los desfiles los cierren las modelos icónicas de antes. Y como yo siempre me mantuve en forma, porque para subir a una pasarela —no quiero que se malinterprete— pero hay que entrar en esos vestidos, caminar con los tacos, todo eso. Tuve la suerte de que los diseñadores siempre tuvieron buenos recuerdos de mí. Me han llamado muchas veces para cerrar el desfile, hacer una pasada o abrirlo. Una o dos veces al año. Para despuntar el vicio.
— ¿Sabés de otras colegas a las que también llaman?
— Bueno, Andrea Frigerio, mi íntima amiga desde hace más de cuarenta años, a la cual adoro, está trabajando en teatro en Desde el jardín, con Guillermo Francella todas las noches, con un éxito absoluto, y haciendo también publicidad.
— ¿Qué más hacés para cuidarte físicamente?
— Como natural, por suerte no tomo remedios. Tomo omega 3 y arándano, y a la noche, magnesio.
— ¿No consideraste dejarte las canas?
— No. Y eso que a mí no me importa decir la edad. Nací en 1960. El tema de las canas es tremendo. A esta altura de la vida, una tiene el pelo blanco en realidad. Silver al cien por cien. Y si es castaño es un trabajo: una vez por semana a la peluquería. El otro día, le digo a mi peluquero: andá haciéndome un poquito más rubia para alargar el teñido. Ahora entiendo por qué tantas mujeres se vuelven rubias.

— Cierto.
— Pero las canas avejentan. Una cosa que hice el año pasado fue sacarme las prótesis. Las tuve veinticinco años. Y empecé hace un tiempo a preguntarme: ¿por qué, por qué seguí una moda y me hice las lolas? En fin, me empezaron a molestar, supe de casos de mujeres que tenían pequeñas fisuras...
— ¿Es fácil sacárselas?
— Más fácil de lo que uno cree. Fui a un médico que me recomendaron, le dije: no me importa cómo me queden. No tengo ninguna expectativa. No quiero tener más prótesis. Realmente quiero volver a lo natural. Sí estoy operada de la cadera.
— ¿Prótesis?
— Sí, tengo una prótesis de cadera, desde los 61. Me dolía enormemente la ingle. El médico me dijo que tenía una artrosis severa, que había que operar, la derecha, la otra podía esperar. “¿Es urgente?”, pregunté. Me dice: “Es una decisión tuya. Podés venir dentro de diez años, pero vas a venir con un bastón arrastrándote”. Me operé y estoy bárbara, lo que demuestra que uno puede volver a hacer actividad física.
— Hasta andás en bicicleta…
— Sí, despacio, de a poco, siguiendo el cuerpo. Todo el primer año, con el kinesiólogo, sin exagerar y de a poquito ir fortaleciendo los músculos. No es de un día para el otro, pero yo tuve mucha constancia para recuperar el estado físico.
— Es la clave.
— Y puedo hacer ejercicios de pilates que nunca pensé que podría hacer. Mi médico me dice: “Nequi, ¿te puedo pedir un favor? No subas las cosas que hacés, porque viene la gente y me dice: ¿Voy a poder hacer como Nequi?”. [risas] Bueno, a mí me había dicho que nunca más iba a poder cruzar esta pierna sobre esta. Y mirá cómo estoy sentada. Pero bueno, realmente trabajé mucho para fortalecer esto. Creo que hay que respetar el ritmo del cuerpo de cada uno. Lo que pasa es que yo toda la vida hice actividad física.

— Dicen que el músculo tiene memoria.
— Eso es lo que me ayudó y agradezco que me hayan mandado a gimnasia, a danzas cuando era chiquita, natación, porque eso si no te lleva tu mamá…
— ¿Qué gimnasia hacés ahora?
— Pilates. Soy el ser más feliz de la Tierra haciendo pilates. Lo descubrí el año pasado y siento que me fortalece el cuerpo, ¿cómo no lo descubrí antes? En fin, siempre tuve buena relación con la actividad física. Tengo espíritu joven. Y energía. Hago todo en bicicleta, pero de verdad. Voy al gimnasio en bicicleta, al banco, a hacer las compras chicas, todo en bicicleta.

— Con lo de sacarte las prótesis ¿quedaste conforme?
— Feliz de la vida. Me siento más liviana. Siento que el cuerpo se alivió. Y me encanta que las chicas jóvenes no hayan entrado en esa moda.
— ¿Disminuyó esa tendencia?
— Disminuyó un montón.
— Hay mayor conciencia de los peligros.
— Claro, son cuerpos extraños que ¿para qué? Porque lo de la cadera tiene que ver con la calidad de vida… si no, terminás en una silla de ruedas. La ciencia ha avanzado mucho y la conciencia del cuidado anterior. Pero a la vez, nunca es tarde para empezar. El cuerpo es agradecido. Si nunca te cuidaste la piel y te la empezás a cuidar, reacciona. Si nunca hiciste actividad física y empezás de a poco, el cuerpo lo agradece y empieza a responder.

— Además de espíritu joven, sos disciplinada también.
— Sí, en general…
— ¿No procrastinás?
— No, alguna que otra cosa a veces abandono. Por ejemplo, mi hermana me dice: “Te tenés que levantar y hacer yoga todos los días en casa, con media hora te alcanza”. Probé dos, tres veces. Después dije: “No, prefiero agarrar la bicicleta, me voy hasta el gimnasio”. Y la bicicleta la agarro todos los días. Pero a veces hay cosas que me dan fiaca también. No creas que no. También quiero decir que yo hago un culto a la amistad. Que en esta etapa de la vida las amigas son muy importantes. Nos juntamos y salimos mucho. Hacemos de la amistad algo muy contenedor.
— ¿Amigas del trabajo, de la infancia o…?
— De la tele, de la moda, de la vida. Tengo un grupo de exmodelos que nos encontramos, que es muy lindo. A pesar de haber empezado en el mismo núcleo, nuestras vidas han sido muy diferentes unas de otras. Después tengo pequeños subgrupos donde uno se va encontrando para distintas actividades. Pero el grupo de amigas está y es fuerte y es auténtico. Hablamos de todo, desde lo que nos pasa a nosotras como mujeres, hasta los nietos, los hijos, los problemas de la casa, el escape de agua…
— Pasarse el teléfono del plomero es muy importante. [risas]
— Sí, el teléfono del plomero. Y en fin, todas las experiencias de la vida. La verdad es que yo estoy muy agradecida de tener este grupo de amigas. Es un precioso grupo de mujeres que nos tenemos y nos contenemos y está buenísimo. Es un regalo de la vida.
[FOTOS: RS FOTOS y archivo]




