
A veces, la elección de la vida que soñamos para cada etapa puede ser un sencillo acto de soberanía. Monika Rohkohl es alemana, cumplió 71 años el último 30 de enero y tiene el pelo como una nube de algodón coronando su cabeza; Eliseo Di Paolo pisa los 67, es argentino, luce una barba entrecana y lleva colgando del cuello -cual amuleto insobornable- un cordón con una perla negra de la Polinesia.
Técnicamente están en la tercera edad, pero mueven sus esqueletos como jóvenes treintañeros en busca de aventuras. Levan anclas en puertos desconocidos, izan las velas sobre los mares del mundo y se zambullen en aguas cristalinas, entre tortugas y delfines. Van casi todo el año con la piel bronceada típica de las vacaciones y, en la cara, tienen instalada una sonrisa invencible.
El amor nace haciendo dedo
Monika llegó a la Argentina en 1978, con 22 años, con una misión laboral del Deutsche Bank, donde trabajaba. La traían temas vinculados a los fraudes bancarios.
Fue ese mismo verano que alguien le habló de un lugar paradisíaco, con playas increíbles y mucha movida en Uruguay: Punta del Este. Un fin de semana cualquiera decidió viajar a conocer el lugar.
En esa época, hacer dedo de un sitio a otro en Punta era algo común. Las chicas se paraban con sus pareos coloridos a los lados de la ruta sobre el mar, pulgares arriba. Siempre había almas caritativas que detenían el apuro del verano para llevar adolescentes hasta el otro extremo de la península. En una de esas ocasiones, el que se detuvo ante Monika fue un joven de 19 años llamado Eliseo Di Paolo.
“Te la hago corta. Desde ese día, ¡no nos separamos nunca más! Eliseo estudiaba economía en la UADE y yo me terminé quedando. En el banco me dieron un puesto en Buenos Aires”, cuenta a modo de resumen ultra breve, “Un tiempo después me volví a Alemania para arreglar mis cosas. Le dejé todos mis ahorros a Eliseo para que comprara un departamento en Vicente López. Cuando volví, nos mudamos juntos y fue un escándalo. Enfrente de la casa de mis suegros vivía un camarista que no pisó más la casa de mis suegros porque el hijo ¡vivía en pecado! Cuando nos casamos, en agosto del 80, todos creyeron que estábamos embarazados”.
A Monika los prejuicios morales no la desalentaron, su cabeza venía de una sociedad más abierta.

Después del casamiento, Monika continuó trabajando. Cuando quedó embarazada se mudaron a La Horqueta, en San Isidro, donde nació su primer hijo al que llamaron Eliseo. Monika, entonces, optó por dejar su trabajo para ocuparse del bebé.
Poco después de esta feliz etapa, murió su suegro, quien era dueño de una empresa de plásticos. Las cosas se pusieron tan estresantes con la sucesión que decidieron tomar distancia para poder buscar un camino más tranquilo para ellos. Volaron a Europa y se instalaron en Valencia, España, por dos años. Eliseo trabajó en una empresa de máquinas de inyección de plástico y también aprendió (tomen nota) a hacer paellas.
En los detalles suele estar escondido lo importante. O, agazapado, el futuro.
“Nuestro segundo hijo, Tomás, nació en España en 1984. Al final decidimos volver porque extrañábamos la contención familiar. Allá no teníamos ni a la mía alemana, ni a la de él. Regresamos a nuestra casa de San Isidro que había quedado prestada a unos amigos. Teníamos que volver a empezar. Terminamos poniendo primero una pequeña empresa de catering en Punta del Este. ¿Qué hacíamos? ¡Paellas! Nos comenzó a ir muy bárbaro. Caímos bien y muy cerca del jet set argentino del momento. Enseguida Eliseo empezó a cocinar fideos en el programa de Tato Bores. Tato invitaba a famosos y Eliseo preparaba el plato de pasta. Si bien al principio éramos nosotros dos en el emprendimiento, con el tiempo empezamos a necesitar más empleados. Sumamos gente y yo pasé de camarera a administración de eventos. Eliseo era el encargado del catering. También pusimos un restaurante en 1998 con su nombre en Buenos Aires, en Dardo Rocha, San Isidro”.
Para la familia argentino/alemana, todo marchaba, literalmente, viento en popa.

El estrés que implica crecer
En 1991 nació el tercer hijo de la pareja: Enzo. Los años que siguieron fueron de intenso trabajo y de ver crecer a los chicos. Organización, tiempos acotados, agenda llena. Todo ello matizado con viajes a Alemania para visitar a la familia de Monika.
Fue ya con sus hijos grandes que Monika y Eliseo se acercaron con más ganas y más tiempo al agua. Empezaron a navegar, a bucear, a hacer windsurf. Hasta se compraron un velero pequeño para su escaso tiempo libre. “Empezamos a navegar hace más de 25 años. Hacíamos regatas y viajábamos a Colonia, a Montevideo, a Punta del Este o a Mar del Plata”, recuerda. Pero el amor por esa vida estaba cronometrado en el espacio estricto de tiempo libre. Fue la invitación de un amigo a un viaje especial lo que les hizo caer la ficha: “En 2015 cruzamos el Océano Pacífico en el barco de un amigo. Navegamos desde Panamá hasta Tahití. ¡Ese trayecto sobre el mar nos cambió la vida! Me quedé tildada, literal. Le dije a Eliseo: yo quiero más de esto, ¿vos? En ese mismo viaje Eliseo se compró una perla negra que lleva colgada del cuello y jamás se saca. En realidad compramos una para cada miembro de nuestra familia. Fue algo muy simbólico. Al volver, vendimos nuestra embarcación y decidimos comprar una en serio. Viajamos a la Toscana, en Italia y ahí adquirimos Allegrezza, nuestro barco de 13 metros de eslora en el que vivimos, en la actualidad, la mayor parte del año. Tiene un cockpit central como los barcos oceánicos, así que podríamos cruzar el Pacífico o el Atlántico si quisiéramos; tres camarotes cómodos, una cocina y dos baños, uno en popa y otro en proa. Es un barco muy confortable para vivir, pero lo elegimos sobre todo por seguridad. Este velero (tiene velas y motor) oceánico es del año 2000, tiene el interior recubierto de madera. Los barcos más modernos son más livianos y no tienen la misma calidad de construcción, el nuestro es más pesado, es un buque firme con el que podés navegar con vientos de 30 nudos. Ese año 2016 navegamos primero por Italia, Córcega, Sicilia, Malta y cruzamos hasta Grecia. Nos quedamos ocho meses en el barco. Nos impactó la cantidad de islas y bahías que tiene Grecia con la posibilidad de fondear donde te dé la gana. Eso da mucha libertad, no dependés de tener un puerto. En Italia es muy caro parar en los puertos y tenés muchas restricciones. Si bien sabemos todas las cosas sencillas, como cambiar una correa, antes de salir cada año le hacemos el service completo con un profesional. En el último chequeo cambiamos las velas y actualizamos la electrónica”.
Lo cierto es que cuando compraron el Allegrezza, los Di Paolo todavía tenían su empresa de catering y el restaurante que andaban muy bien: “Empezamos a dejar el negocio en manos de nuestros hijos y comenzamos a navegar cada vez más seguido. Pero en un momento de esta historia el país comenzó a complicarse un poco y nuestros hijos empezaron a expresar sus deseos. Nuestro hijo mayor decía que soñaba con irse a vivir a Mallorca, los otros dos también querían otra vida. No querían seguir con el catering; ese había sido el sueño de sus padres, no el de ellos. Mientras probábamos la vida a bordo, nosotros también íbamos pensando qué hacer con el negocio si los chicos se marchaban. Fue un proceso que duró unos tres años hasta que llegó el momento de decidir”.
Dejar la tierra para ir mar adentro implicaba decisiones clave: tenían que tomar el timón de sus vidas para dar un giro de 180 grados, aunque ya estaban para la sociedad en edad de jubilarse.

Vivir sobre el agua
Corría 2018 cuando por fin concretaron sus objetivos: vivirían más de la mitad del año embarcados. Monika tenía 63 años; Eliseo, 61. Cuando sus amigos empezaban a salirse de la vida activa, ellos entraban en un mundo nuevo con infinitos desafíos.
¿Jubilarse? ¿Qué significa jubilarse? ¿Por qué llamamos a eso “retiro”? ¿De qué nos estaríamos retirando? ¿De la misma vida?
Como sugería el filósofo alemán Nietzsche, no hay destino más digno que aquel que uno se impone; lo demás puede ser mera obediencia con apariencia de vida. Elegir la existencia con la que uno sueña es una forma de insurrección energética contra las normas que pretenden decidir por nosotros.
Lo explica Monika de manera sincera y sencilla: “No sé qué hace el resto de la gente cuando se jubila, pero nosotros teníamos claro que no queríamos quedarnos sentados en un sillón viendo televisión y esperando la visita de hijos o nietos. Queríamos hacer una vida tranquila, al aire libre sobre el mar y con proyectos propios. Los chicos ya estaban decididos a hacer las suyas. Entonces actuamos. Primero alquilamos la empresa y, un poco después, terminamos vendiendo todo: el restó, el catering y la casa familiar. Nos compramos un departamento chico en Nordelta, con vista al río. Cuando estamos viviendo en el barco, ese departamento está alquilado. Tenemos una economía sana. No necesitamos mucho más. Como no estamos mucho en Buenos Aires cuando venimos la disfrutamos más que nunca: recuperamos la vida social por un par de meses, vamos al teatro y vemos a la familia y amigos. Cuando nos cansamos de eso, nos tenemos que subir otra vez al barco. En el medio pasamos un tiempo con cada hijo y los invitamos a navegar con nosotros por turnos. ¡No entramos todos!”.
Eliseo hijo terminó instalado en Mallorca con su mujer y sus dos hijas donde puso un restaurante. Tomás es el único que vive en Buenos Aires (tiene dos hijos) y trabaja como comercial en una importante empresa. El menor, Enzo, se trasladó con su esposa y tres hijos a Costa Rica en 2018 y, adivinen… ¡también abrió un restaurante! Le fue tan bien que acaba de abrir el segundo local.
Monika aclara divertida: “Todos cocinan en nuestra familias. En mi familia alemana cocinaban y en la casa de Di Paolo, también. Nos gusta tener gente y valoramos la buena mesa. Mis padres ya no están. En Alemania tengo un hermano y dos sobrinos. Lo que más nos tira son los nietos, ¡tenemos siete! Giramos mucho por el mundo para poder convivir con cada familia de nuestros hijos un tiempo. Hace dos años vino Eliseo con su mujer a navegar con nosotros; en el 2025 fue Tomás con su pareja actual y este año, le toca a Enzo y su familia estar diez días en el barco. Nuestra casa flotante tiene la mejor vista, la mejor comida y las mejores aventuras para ellos”.

¿Miedos? Ninguno ¿Malos momentos? Tampoco
El año pasado los Di Paolo navegaron unas dos mil millas: “Hicimos toda la costa de Creta. En todos estos años debemos tener unas 30 mil millas navegadas. Eliseo lleva el timón y maneja las velas, yo hago la marinería. Él cocina mejor que yo y siempre fue su hobby, así que se encarga de esa parte. El resto de actividades son las mismas que hay en cualquier casa: hacer las compras, limpiar y ordenar. La diferencia es que nuestra casa está en movimiento. Está bueno porque implica bastante actividad física. Tenés que caminar mucho para bajar, encontrar los mercados y volver con la fruta y la verdura. En el barco trabajás y, también, disfrutás. Hacemos snorkel, ya dejamos el buceo; stand up paddle y, también, nadamos todos los días. Parar en los puertos es como estar en un departamento porque tenés un montón de gente al lado, entonces elegimos fondear en bahías donde no hay nadie. A la mañana, antes de desayunar, me tiro media hora a nadar. A veces nado hasta la costa y hago ejercicio. Luego, desayunamos. También solemos tener invitados o clientes en el barco. Sacamos a pasear a quienes quieren tener esta experiencia de llegar a lugares que, sin barco, no podrías. Eso financia parte del mantenimiento del velero. Ya tenemos tres reservas para esta temporada de verano europeo. En general es gente de nuestra edad y conocidos de conocidos... Son programas tranquilos, donde evitamos el exceso de turismo. Eliseo es el chef y yo la anfitriona. Para nosotros, además de un ingreso, es entretenimiento, no parece un trabajo. Compartir vivencias es algo muy placentero”.
Las preguntas sobre percances climatológicos o de salud no pueden evitarse, pero Monika parece sorprendida con cada una.
-¿Enfrentaron tormentas, vientos huracanados o enormes olas?
-(Lo piensa) Hemos pasado tormentas, pero las ves venir. Bajás las velas y te preparás para enfrentarlas en un sitio seguro. La meteorología es muy buena y difícilmente te agarre algo imprevisto. El año pasado en Creta tuvimos una semana de pésimo tiempo y escogimos un mar interno, dentro de una bahía, para esperar que mejorara. Suspendimos la navegación, así no corrés riesgos. La verdad es que nunca nos pasó nada de nada. Nosotros tenemos muy claro que el barco es nuestra casa, no la vamos a arriesgar. Esto no es una regata y tenemos todo el tiempo del mundo para elegir lo más conveniente. Hacemos una ruta y si el viento cambia, la modificamos. Listo.

-¿Algún encuentro con orcas?
-Noooo. Las orcas están en el estrecho de Gibraltar. En Grecia, que es donde más vamos, no hay ni tiburones o son muy chiquitos. Hay tortugas, pulpos, delfines… La fauna es amable. ¡Ni aguas vivas hay! Todo es fácil y los griegos son maravillosos. Son muy parecidos a los argentinos: ruidosos, familieros y todos hablan al mismo tiempo. No hemos tenido malas experiencias, es un país seguro y son honestos. Nosotros bajamos a tierra con el chinchorro y dejamos el barco abierto. Nunca nos pasó nada.
-¿Piratas? ¿Por las noches no tienen miedo?
-(Se ríe) ¡Dormimos con todo abierto! A veces hay otros barcos, pero todo es maravilloso. Hacemos la vida siguiendo la luz. Nos levantamos con el sol y nos acostamos con el sol. Uno vive con el sol. Así de simple.
-¿Tienen idea de primeros auxilios?
-Tenemos una vida sana, comemos bien y nos cuidamos. Además, en las islas hay centros de salud y tenemos contratado un servicio de asistencia médica internacional. Una vez, Eliseo se rompió una pierna andando en moto y fuimos al hospital. Se atendió en Mallorca, pero terminó operándose en Buenos Aires. Tenía una rotura de peroné, eso lo vieron, pero no advirtieron que tenía rotos unos ligamentos del tobillo. En el barco tenemos un botiquín completo y con la ayuda de la inteligencia artificial estamos más que bien. ¡La IA es nuestro consultor permanente! Además, cuando recalamos en Buenos Aires, una vez al año, nos hacemos nosotros también el service médico completo. El barco lo tomamos y lo dejamos siempre en Grecia. Cuando no estamos, queda fuera del agua. Y no viajamos a la Argentina en barco porque para cruzar deberíamos ir al Caribe y a mí no me gusta mucho.
-Agua y electricidad… ¿sin cortes frecuentes?
-¡Sin cortes! Tenemos dos tanques de agua de 300 litros cada uno. Para nosotros dos eso alcanza para 15 días. Además, tenemos desalinizador, así que siempre hay agua porque la podemos hacer. Encima, tenemos paneles solares así que tampoco necesitamos cargar combustible ni enchufarnos a nada…. ¡Podemos estar meses sin tocar tierra! El barco es autosuficiente.
-¿Nunca se cayó alguien por la borda?
-¡Nunca, por suerte! Ante cualquier inconveniente, o si te pasa algo, tenés la radio y la prefectura. ¡Los que se caen (se ríe a carcajadas) deben ser hombres que salen a hacer pis habiendo tomado de más!

-¿Qué les dijeron sus amigos cuando anunciaron que se iban a vivir gran parte del año a un barco?
-¡Que estábamos locos! Decían que cómo que íbamos a abandonar todo, dejar la casa y las cosas. Nosotros pensamos distinto. No podés vivir atado a las cosas materiales. ¡Pensá en la nuevas vivencias que tenemos todos los días! No es comparable. Llegamos a sitios que no conocemos, practicamos mil idiomas, probamos comidas, ejercitamos la memoria con gente interesante. Después de tantos años tenemos amigos náuticos que hacen lo mismo que nosotros y los vamos encontrando por ahí. Es una jubilación muy distinta y sumamente activa. El día que no podamos hacerlo será por salud. Por eso hay que mantenerse en estado, comer bien y hacer actividad. No podés estar cachuzo para esta etapa, tenés que tener fuerza y maña. Cada tanto me duele algo, pero hago yoga y estiramiento. Si me levanto medio dura, me estiro e intento ignorarlo. Camino rápido y, como quiero seguir con esta vida, me cuido y esfuerzo. Nuestros amigos nos ven ahora tan bien que nos envidian. Vivimos donde nos gusta y hacemos lo que nos da la gana. Las personas están generalmente muy amarradas a sus zonas de confort. Si querés algo distinto, ¡tenés que salir de ahí rápido! Cuando llego a Buenos Aires siento al tráfico muy agresivo, no me gusta. Extraño la calma del ruido del viento y del mar. Llevamos 46 años de casados, más dos de convivencia ¡son 48 años juntos! Estamos llegando a las bodas de oro y vamos a reunir para festejar a toda la familia.
-Desmenuzame el futuro a la vista…
-¡Nunca me vi como una viejita de 80 esperando a las visitas! Uno no sabe cuántos años va a vivir, por eso no despilfarramos y somos conscientes de que somos muy afortunados por tener esta vida que elegimos. Doy siempre las gracias. Hay mucha gente que nos dice que les gustaría hacer un cambio, pero no es solo que tiene que ser posible el cambio; también, tenés que estar dispuesto a aceptar lo que implica. Una vez que tomás una decisión como la nuestra de vender todo no es que podés volver el tiempo atrás. Sé que será frustrante el día que no podamos hacerlo más, ambos sabemos que el límite lo marcará el cuerpo, pero disfrutamos el presente. Cuando el cuerpo diga basta tendremos que venderlo. El día que ocurra, igual tendré vista al agua. Soy de Kiel, un puerto en el mar báltico en el norte de Alemania. ¡Debo tener algo vikingo en la sangre que preciso tanto el agua!
Por más que pregunte mucho, en la vida de Monika y Eliseo no caben el dramatismo ni los algoritmos de las tragedias ni las dudas sobre decisiones tomadas. Ellos están habitando su propio cuento de hadas.
Cada día, al abrir los ojos, en su camarote en suite de popa, se pellizcan para recordar que lo que están viviendo no es un sueño cualquiera; es algo tan simple como su nueva vida. La que se animaron a vivir.




