El Pop Art nació en la Gran Bretaña de posguerra y convirtió la publicidad, los cómics y la cultura de masas en materia prima del arte del siglo XX - EFE/EPA/PETER KLAUNZER

Aunque Andy Warhol, las latas de sopa Campbell’s y los cómics de Roy Lichtenstein se convirtieron en sus íconos más reconocibles, el Pop Art no nació en suelo estadounidense: su origen se remonta a la Gran Bretaña de posguerra, donde un grupo de artistas reunidos en Londres en 1952 sentó las bases de uno de los movimientos que más transformó la historia del arte del siglo XX, según reconstruye ARTnews.

Fue Eduardo Paolozzi el verdadero artífice del movimiento. Mientras vivía en París entre 1947 y 1949, el escultor escocés comenzó a crear una serie de collages a partir de medios impresos estadounidenses —avisos publicitarios, portadas de ficción popular, fotografías y dibujos animados— que llamó “BUNK!”, en alusión a una cita del industrial Henry Ford: “La historia es más o menos basura... Queremos vivir en el presente”.

En abril de 1952, Paolozzi presentó estas obras ante un grupo de artistas e intelectuales reunidos en el Instituto de Arte Contemporáneo (ICA) de Londres bajo el nombre de Grupo Independiente (GI), mediante un proyector opaco. Una de las imágenes mostraba una pistola disparando con la palabra “Pop!” saliendo del cañón, lo que constituye la primera aparición documentada del término en el arte. El GI integraba también a Richard Hamilton, William Turnbull, Nigel Henderson, John McHale y al crítico Lawrence Alloway, entre otros. La tesis central que Paolozzi ponía sobre la mesa era provocadora para la época: la cultura popular podía ser una fuente legítima de inspiración artística.

La presentación de Paolozzi en el Instituto de Arte Contemporáneo de Londres en 1952 incluyó la primera aparición documentada del término “Pop!” en el arte - REUTERS/Susana Vera

Cuatro años después, en 1956, el GI trasladó sus ideas a la Galería Whitechapel, también en Londres, con la muestra “This Is Tomorrow”. La exposición adoptó el formato de una feria futurista dividida en stands que parodiaban y celebraban simultáneamente la cultura de masas. La pieza central era un mural monumental con Robby the Robot, el robot de la película Planeta Prohibido, flanqueado por afiches de Marilyn Monroe y Marlon Brando, una rocola, una botella gigante de Guinness y una alfombra perfumada con aroma a fresa.

Paradójicamente, Gran Bretaña era un terreno improbable para este florecimiento: las cicatrices del bombardeo alemán sobre Londres todavía eran visibles, y el racionamiento de guerra apenas había sido levantado. Sin embargo, esa distancia geográfica y emocional respecto de Estados Unidos proporcionó una perspectiva crítica sobre la cultura de consumo estadounidense que resultó fértil.

El movimiento cruzó el Atlántico en 1960, año en que John F. Kennedy fue elegido presidente de Estados Unidos. Con 43 años, era el candidato más joven en acceder al cargo, y su imagen —carismática, cinematográfica, vinculada al poder de Hollywood— se alineó con la propuesta estética del Pop Art, que imitaba con precisión el lenguaje del diseño comercial. Esa convergencia entre política y espectáculo encontró un eco directo en artistas como Warhol, quien, antes de consolidarse como figura del mundo del arte, había trabajado como ilustrador publicitario.

París rescata al Andy Warhol dibujante (EFE/ Nerea González)

Warhol llevó al extremo la lógica de la producción en serie: bautizó su estudio como La Fábrica y adoptó la serigrafía fotográfica —técnica tomada de la imprenta comercial— para multiplicar imágenes de Monroe, Elvis Presley y las latas de sopa Campbell’s. Fue, además, promotor del grupo Velvet Underground, fundador de la revista Interview y empresario televisivo. “Los negocios son el mejor arte”, sintetizó en una de sus frases más citadas.

En tanto, James Rosenquist llegó al Pop Art desde los andamios de Times Square, donde pintaba carteles publicitarios de gran formato. Esa escala y esa técnica las trasladó a composiciones que combinaban fragmentos de imágenes dispares: su obra President Elect (1960-61) yuxtaponía el rostro sonriente de Kennedy con publicidades de una mezcla para torta y un Chevrolet de época, mientras que F-111 (1964-65) extendía el fuselaje de un avión de combate por una panorámica que incluía lamparitas, neumáticos, espagueti y una nube en forma de hongo junto a una niña bajo el secador de pelo.

Lichtenstein, por su parte, tomó viñetas de historietas y las amplió conservando los globos de texto y los puntos Ben Day propios de la impresión mecánica, técnica que dio lugar a obras como Drowning Girl y Whaam! (ambas de 1963), que apuntaban a los estereotipos de género de los medios y al militarismo de la Guerra Fría.

Roy Lichtenstein y James Rosenquist incorporaron al Pop Art recursos de las historietas, la publicidad y la imaginería política de la Guerra Fría en obras de los años 60 - REUTERS/Hannah McKay

La costa oeste generó su propia variante en torno a la Galería Ferus de Los Ángeles, fundada por Ed Kienholz y Walter Hopps. El espacio albergó, en 1962, la primera exposición individual de Warhol con sus latas Campbell’s —entonces pintadas a mano— y promovió a un grupo heterogéneo de artistas como Ed Ruscha, Larry Bell, Billy Al Bengston, Robert Irwin y Craig Kauffman. Ruscha fue el más cercano al Pop Art en sentido estricto: su obra interrogaba la relación entre palabras, significados y diseño gráfico, con piezas como Actual Size (1962), que reproducía el logotipo de Spam junto a una representación en tamaño real del producto enlatado, o Large Trademark with Eight Spotlights, que recreaba el emblema de la 20th Century Fox.

En Alemania, el Pop Art adoptó el nombre de Realismo Capitalista y una textura más sombría. Gerhard Richter, uno de sus fundadores, fue explícito al respecto: “El mensaje del Pop Art americano era tan poderoso y tan optimista. No nos era posible producir el mismo optimismo... ni la misma ironía”, declaró el artista, según recoge ARTnews. Junto a Richter participaron Manfred Kuttner, Konrad Lueg y Sigmar Polke, en performances-exposición celebradas en espacios no convencionales que criticaban la presencia de soldados estadounidenses en suelo alemán y el enterramiento del pasado nazi bajo el llamado Wirtschaftswunder o “milagro económico” de posguerra.

La variante francesa, el Nuevo Realismo, fue fundada en 1960 por el crítico Pierre Restany y el pintor Yves Klein, quien patentó su propio tono de azul ultramarino, el International Klein Blue, y lo aplicó sobre objetos que iban desde lienzos con esponjas hasta reproducciones en yeso de la Venus de Milo.

El Pop Art tuvo variantes como el Realismo Capitalista en Alemania y el Nuevo Realismo en Francia, y su herencia aún se reconoce en los memes virales y la cultura global del siglo XXI - EFE/EPA/SERGEI ILNITSKY

Niki de Saint Phalle llevó el componente performativo más lejos con sus “Pinturas de Tiro”, ensamblajes que ocultaban botes de pintura en aerosol y que la artista intervenía disparando con un rifle en “ejecuciones de arte” públicas. Dentro del movimiento, los Affichistes —Jacques Villeglé, Raymond Hains y Mimmo Rotella— recolectaban carteles arrancados de las paredes de la ciudad, mientras César Baldaccini compactaba automóviles con una prensa hidráulica y Arman Fernandez acumulaba objetos producidos en serie en resinas translúcidas.

Si bien el Pop Art del siglo XX también produjo variantes en Argentina, Brasil y Japón, fue en Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y Alemania donde el movimiento trazó sus contornos definitivos. Su herencia puede rastrearse en la Generación de las Imágenes, en Keith Haring, Jeff Koons y Maurizio Cattelan, entre otros.

En el siglo XXI, la relación entre el arte y la cultura popular parece haber completado un ciclo: la economía de la atención, los memes virales y la dimensión performativa de la política contemporánea —en la que un expresidente de reality show ocupa la presidencia de Estados Unidos— remiten directamente a aquella conversación que tuvo lugar una noche de abril de 1952 en el ICA londinense.