El colapso de una ladera cerca del pico Langtang Lirung en Nepal el 26 de agosto desencadenó una cadena de eventos que terminó en una inundación devastadora en el río Lhende Khola. El desastre dejó cerca de 1.000 muertos y miles de desaparecidos en la frontera con China.
La corriente avanzó casi 100 kilómetros río abajo después de que una enorme masa de rocas, hielo y escombros cayera unos 1.200 metros (3.900 pies) hacia el valle, donde arrasó pueblos y puentes. El alcance de la destrucción convirtió este episodio en el alud de roca y hielo más devastador registrado hasta ahora en la región.
Según un análisis publicado por The Conversation, el fenómeno podría repetirse porque “las montañas de la región se están calentando”.
El calentamiento desestabiliza laderas que antes permanecían congeladas
La catástrofe de Langtang no aparece como un hecho aislado, sino como parte de una transformación más amplia en la región de Alta Montaña de Asia, un territorio con una elevación media de 4.000 metros (13.100 pies) que incluye al Himalaya, otras cordilleras y la meseta tibetana. Según el medio, esa altitud no protege a la región del cambio climático; el calentamiento allí avanza con rapidez.
Cuando la temperatura del aire supera con más frecuencia los 0 °C (32 °F), los glaciares empiezan a derretirse y también cambian los patrones de nieve y lluvia. El permafrost, formado por tierra y roca congeladas durante largos períodos, se vuelve entonces más vulnerable.

Ese punto es decisivo en las laderas empinadas, donde el hielo puede actuar como un cemento natural que mantiene unida la roca fracturada. Cuando se derrite, se rompen esos vínculos y el agua empieza a filtrarse por laderas y lechos rocosos que habían permanecido congelados durante mucho tiempo.
La consecuencia es directa: pendientes que parecían estables pueden fallar de manera repentina. En estas montañas no solo hay grandes glaciares que descienden por los valles, sino también glaciares colgantes y masas de hielo pequeñas apoyadas en laderas abruptas, especialmente expuestas si cede el soporte rocoso.
Si ese colapso arrastra rocas, sedimentos y agua, un derrumbe glaciar puede escalar hasta convertirse en una avalancha o en un flujo de detritos mucho mayor. Un cambio pequeño en las condiciones de la base del glaciar también puede volverlo inestable.
Los datos muestran dónde se concentran las avalanchas y qué vigilancia falta
Un análisis reciente de 60 grandes avalanchas de roca y hielo en las Altas Montañas de Asia aporta un mapa del riesgo. El 86% se originó en pendientes de más de 30° y a altitudes superiores a 3.000 metros (9.800 pies), mientras que el 65% comenzó en zonas donde probablemente había permafrost.

A esos factores se suman los terremotos, los tipos de roca, las estructuras geológicas subyacentes y los cambios en las precipitaciones. En el conjunto regional, estos aludes se han documentado con mayor frecuencia en el Himalaya occidental, incluidas las cordilleras de Karakoram y Pamir, y en el sur y el este del Tíbet.
La respuesta implícita a qué ocurrió en Nepal es que no se trató solo de un glaciar que se rompió, sino de un peligro en cascada: una falla de montaña que combinó derrumbe rocoso, colapso de hielo, deslizamiento, fusión acelerada y avenida de escombros. Esa diferencia importa porque obliga a tratar estos eventos como una amenaza distinta de los derrumbes glaciares aislados o de los deslizamientos de tierra por separado.
Las imágenes del desastre muestran que muchas personas fueron sorprendidas sin aviso previo. El artículo en The Conversation sostiene que anticipar qué glaciares o laderas presentan mayor riesgo podría salvar vidas, aunque las señales previas, como deformaciones o fracturas en la roca, suelen ser sutiles.
Entre las estrategias posibles figuran la combinación de observaciones de campo, monitoreo sísmico y datos de satélites con sensores capaces de detectar cambios en las laderas y reunir observaciones ópticas e infrarrojas térmicas. El uso de drones para vigilar terrenos inaccesibles o peligrosos también aparece como una vía a explorar.
Ese conjunto de observaciones debería integrarse en sistemas de alerta temprana capaces de comunicar con rapidez el peligro a las comunidades situadas aguas abajo. Como muchos ríos del Himalaya cruzan fronteras nacionales, los países de la región también tendrán que reforzar el intercambio de datos, la vigilancia conjunta y los sistemas coordinados de alerta temprana.

El derrumbe en Nepal combinó roca, hielo y agua en un mismo flujo
Las nuevas pruebas satelitales y fotográficas descartan la idea inicial de un simple derrumbe glaciar en Nepal y apuntan a un proceso más complejo: una avalancha de rocas y hielo. Tras el colapso, la ladera quedó marcada por una cicatriz nítida que separa la pendiente que sigue en pie de la sección que cedió.
La reconstrucción del episodio indica que la ladera escarpada estaba coronada por un glaciar y que primero habría colapsado la roca madre empinada, seguida por el saliente de hielo. Al precipitarse al valle, esa masa liberó una enorme cantidad de energía.
Ese impacto probablemente derritió parte del hielo transportado por la avalancha y también el hielo presente en el valle. El resultado fue un aumento súbito del volumen de agua y de su velocidad, lo que intensificó el flujo de escombros.
El relieve del Himalaya agravó el desastre porque ofreció un conducto estrecho y muy inclinado que aceleró la mezcla de agua, rocas, tierra e hielo hasta incorporarla al río. Después del primer colapso también se produjo un deslizamiento de tierra y se formó un pequeño lago en la depresión dejada en el valle, una señal de que el terreno seguirá inestable durante un tiempo.
El antecedente más cercano es la avalancha de roca y hielo de febrero de 2021 en Chamoli, India. Aquel episodio comenzó con un gran deslizamiento en el pico Ronti, movilizó unos 27 millones de metros cúbicos de roca y hielo y derivó en un flujo rápido de escombros por un valle fluvial; más de 200 personas murieron o desaparecieron.
