Millones de personas conviven todos los días con un antidepresivo y, tarde o temprano, se hacen la misma pregunta: ¿hasta cuándo hay que seguir tomándolo? Esa duda volvió a instalarse con fuerza a partir de un giro en la política sanitaria de Estados Unidos —donde toma antidepresivos casi uno de cada seis adultos—, luego de que funcionarios impulsaran bajar la prescripción de estos fármacos y empujaran a que quienes los usan desde hace años evalúen discontinuarlos.
La propuesta suena tentadora para muchos pacientes cansados de la medicación, pero especialistas en salud mental salen al cruce con una advertencia clave: bajar la dosis o suspenderla de un día para el otro puede traer más complicaciones que alivio.
Un cuerpo que reclama tiempo
La evidencia científica más reciente respalda esa cautela. Un metaanálisis publicado en 2024 en la revista The Lancet Psychiatry, que reunió información de más de 21.000 pacientes en 79 estudios, encontró que un tercio de quienes dejan un antidepresivo atraviesa al menos un síntoma vinculado al corte, como mareos, náuseas, insomnio o irritabilidad.
Sin embargo, ese número se relativiza al comparar con el grupo placebo: 17% de las personas que interrumpieron una pastilla sin principio activo reportó molestias similares, lo que llevó a los investigadores alemanes a estimar que apenas un 15% de los cuadros —es decir, uno de cada seis o siete pacientes— responde realmente a la ausencia del fármaco. Los síntomas severos, remarca el trabajo, son mucho más infrecuentes.
Entre las molestias más habituales que describen quienes atraviesan este proceso se cuentan:
- Mareos, vértigo y sensación de inestabilidad
- Náuseas y malestar general, similar a un cuadro gripal
- Irritabilidad, ansiedad o dificultad para concentrarse
- Sensaciones eléctricas breves, sobre todo en la nuca o la cabeza
La chance de volver a caer
Más allá del malestar físico, el riesgo que más preocupa a los profesionales es otro: la recaída depresiva. Según explicó Christopher Schneck, psiquiatra, profesor en la Facultad de Medicina Anschutz de la Universidad de Colorado y director médico del Centro de Depresión Helen y Arthur E. Johnson, en Estados Unidos, las chances de volver a atravesar un episodio depresivo dependen directamente de cuántas veces ya se atravesó uno.
Con un solo antecedente, la probabilidad ronda el 50%; con dos, trepa a 65%; y con tres o más episodios previos sube hasta 90%. “Es casi seguro que haya una recaída depresiva”, sostuvo el especialista sobre ese último escenario.

Por eso, el especialista remarca que dejar la medicación jamás debería ser una decisión apurada ni unilateral, sino algo consensuado entre el paciente y su equipo tratante, con seguimiento cercano durante las semanas posteriores al cambio.
Qué otras herramientas ofrece la medicina
Frente al impulso oficial de reducir recetas, la comunidad científica no niega que existan caminos complementarios: psicoterapia, actividad física regular, mejoras en el sueño y en la alimentación, e incluso técnicas más recientes como la estimulación magnética transcraneal, la ketamina o la terapia electroconvulsiva.
Sin embargo, remarcan que ninguna de estas opciones reemplaza automáticamente a la medicación en todos los casos, y que el verdadero obstáculo suele estar en el acceso: falta de turnos, profesionales insuficientes o coberturas de salud que no cubren las sesiones necesarias. Según planteó Schneck, no alcanza con que existan múltiples alternativas a los fármacos si después el sistema no garantiza el acceso real a ellas.
En esa misma línea se pronunció la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, que agrupa a 40.000 profesionales: la entidad celebró que se destinen más recursos a la investigación sobre prescripción y desprescripción, pero rechazó de plano que la crisis de salud mental se reduzca a un problema de “sobremedicalización”, ya que buena parte de la población todavía no logra acceder a una atención oportuna e integral.
Para reducir al mínimo las molestias de una eventual suspensión, los especialistas recomiendan un método conocido como reducción hiperbólica: bajar la dosis de forma muy gradual, en pasos cada vez más pequeños, en lugar de cortar de golpe. La recomendación de fondo, coinciden todos, es la misma: ninguna decisión sobre estos fármacos debería tomarse en soledad ni por fuera del consultorio.




