El médico experto en salud pública Omar Neira recomendó evitar beber directamente de las latas de gaseosa siempre que sea posible, debido a que la superficie externa del envase puede haber estado expuesta a bacterias, hongos y otros microorganismos durante las etapas de almacenamiento, traslado y distribución. El borde superior, que entra en contacto con los labios, concentra la principal preocupación.

La advertencia incluye las latas de conservas, atún y leche, aunque la forma de consumo cambia el nivel de exposición. En los productos sólidos, el contenido suele retirarse con una cuchara o colocarse en un plato antes de ingerirlo. En una bebida en lata, en cambio, la boca toca de manera directa la tapa y el borde de aluminio.

La posibilidad de contaminación depende de las condiciones de trazabilidad que tuvo cada producto desde su elaboración hasta la venta. Los controles sanitarios en depósitos, vehículos de distribución y puntos de comercialización buscan reducir la presencia de suciedad y microorganismos sobre los envases. Cuando esos procedimientos se cumplen, la probabilidad de contacto con agentes contaminantes baja.

El borde superior es la parte de la lata que llega a la boca

El punto central de la recomendación de Omar Neira está en el contacto entre los labios y la parte superior de la lata. Ese sector puede acumular polvo, restos de suciedad o microorganismos que llegaron a la superficie durante el almacenamiento. Abrir el envase no elimina lo que ya se encuentra sobre el borde por el que se bebe.

La situación es distinta a la de una conserva. Una lata de atún, legumbres o vegetales permite retirar el alimento con un utensilio, sin que la boca toque el envase. También es habitual servir el contenido en un plato o usarlo como parte de una preparación. En esos casos, el contacto con la superficie exterior resulta menos directo.

El riesgo puede cobrar mayor importancia en escenas cotidianas, como consumir una gaseosa fría durante jornadas con temperaturas de entre 30 y 35 ℃. Una persona que compra una lata y la abre de inmediato suele llevarla a la boca sin revisar su estado externo. Si la tapa tiene microorganismos y estos alcanzan la cavidad bucal, pueden causar molestias digestivas, según el tipo y la cantidad del agente presente.

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El almacenamiento define buena parte de las condiciones sanitarias del envase

Los envases atraviesan distintos espacios antes de llegar al consumidor. Pueden permanecer en depósitos, camiones, cámaras de frío, estanterías o áreas de carga. La limpieza de esos lugares, el control de plagas y la correcta manipulación de los productos forman parte de las condiciones que reducen la exposición de las latas a contaminantes.

Neira mencionó que la circulación de roedores, perros o gatos en zonas de almacenamiento puede representar un problema si no existen controles adecuados. Los animales pueden dejar microorganismos sobre cajas, paquetes y superficies, que luego entran en contacto con los envases. Esa situación no implica que toda lata represente un peligro, pero refuerza la necesidad de adoptar precauciones antes de consumir una bebida.

Las certificaciones y los protocolos de distribución tienen como objetivo asegurar que los productos permanezcan en condiciones apropiadas durante toda la cadena. La compra en comercios que mantienen orden, limpieza y una adecuada conservación de los alimentos disminuye el riesgo. También lo reduce el hecho de que el contenido no entre en contacto con la parte externa del envase.

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Servir la bebida en un vaso es la medida más sencilla

La alternativa más práctica consiste en servir la gaseosa en un vaso limpio. De ese modo, la bebida sale del envase sin que los labios toquen la superficie exterior de la lata. La medida es simple y puede aplicarse en el hogar, en el trabajo o durante una comida fuera de casa cuando hay recipientes disponibles.

Si la persona se encuentra en la calle y no dispone de un vaso, Neira sugirió frotar el borde de contacto con una servilleta limpia. Esa acción puede retirar polvo o suciedad visible. No garantiza una desinfección completa, aunque funciona como una medida de cuidado frente a un envase que estuvo expuesto a múltiples superficies antes de llegar al consumidor.

El uso de alcohol en gel puede colaborar en algunas circunstancias, pero tiene limitaciones sobre objetos con suciedad adherida. Antes de aplicar cualquier producto, conviene quitar los restos visibles de la superficie. En el caso de una lata que presente tierra, manchas, residuos o signos de manipulación deficiente, la opción más prudente es lavarla por fuera antes de abrirla o elegir otra bebida.

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El cloro debe utilizarse con cuidado y según sus indicaciones

Para la limpieza exterior de los envases, el especialista señaló como referencia una preparación de un litro de agua con dos gotas de cloro. La mezcla puede emplearse para desinfectar superficies antes de manipular una lata de bebida o una conserva. El objetivo es reducir la presencia de microorganismos en el exterior, no modificar el contenido del producto.

La concentración de cloro puede variar entre las presentaciones comerciales. Por ese motivo, resulta necesario leer las indicaciones de la etiqueta y respetar la dosis recomendada por el fabricante. El cloro no debe mezclarse con otros productos de limpieza, porque esa combinación puede generar gases o sustancias irritantes para las vías respiratorias, los ojos y la piel.

Tras la limpieza, la lata debe enjuagarse con agua potable si el producto utilizado así lo requiere. También es importante secar o escurrir la superficie antes de abrirla, para evitar que el líquido de lavado ingrese al interior. La higiene de las manos antes de manipular alimentos completa una rutina que reduce los puntos de contacto entre microorganismos y productos listos para consumir.

Las conservas abiertas deben pasar a otro recipiente

Las latas de conserva no deberían utilizarse como recipiente de almacenamiento una vez abiertas, según la recomendación de Neira. Si se consume solo una parte del producto y el resto queda para el día siguiente, conviene trasladarlo a un contenedor doméstico limpio, con tapa y apto para alimentos.

Múltiples paquetes de latas de aluminio de diversos colores permanecen apilados sobre estanterías de madera en un depósito comercial. (Imagen Ilustrativa Infobae)

El cambio de recipiente permite guardar el alimento en la heladera con mayor protección frente a olores, derrames y contaminación externa. También facilita identificar qué producto se reservó y cuándo fue abierto. El contenido debe mantenerse refrigerado y consumirse dentro de un plazo breve, especialmente en el caso de pescados, carnes, salsas o preparados con alta humedad.

El borde de una lata de aluminio abierta acumula partículas de suciedad y gotas de condensación en su superficie. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Los envases actuales cuentan con recubrimientos internos que reducen el contacto entre el alimento y el metal. Por ello, las antiguas preocupaciones sobre una relación directa entre las conservas y el tétanos no describen las condiciones habituales de los productos modernos. Aun así, una lata abierta pierde la protección que tenía antes de su uso y el alimento queda expuesto al aire, los utensilios y la manipulación doméstica.

Una mano vierte el refresco de una lata fría en un vaso de vidrio como medida recomendada de higiene antes de su consumo. (Imagen Ilustrativa Infobae)

También conviene desechar envases que presenten hinchazón, pérdidas, perforaciones, corrosión, abolladuras profundas o tapas alteradas. Esas señales pueden indicar que el producto sufrió daños durante su almacenamiento o transporte. Antes de abrir una lata, revisar su estado exterior y limpiar la tapa son medidas que ayudan a reducir riesgos durante el consumo.