
Los perros parpadean más cuando ven a sus tutores realizar ese mismo gesto, según un estudio que sugiere que esa señal, además de proteger y humedecer el ojo, también puede tener relevancia social en la relación entre humanos y animales.
La investigación, publicada en la revista Royal Society Open Science, encontró además que no hubo pruebas de sincronización temporal entre el parpadeo humano y el canino.
En el análisis de 96 episodios de parpadeo del perro, el 57,3% ocurrió dentro de los 1,5 segundos posteriores al parpadeo humano, pero esa proporción no superó el nivel esperado por azar.

La investigación buscó aislar el efecto del parpadeo humano de otros elementos presentes en una interacción real. La primera autora, Chiara Canori, de la Universidad de Parma, Italia, explicó: “Lo que queríamos hacer era aislar experimentalmente el parpadeo humano y separarlo de todas las demás cosas que normalmente ocurren durante una interacción social real, algo que nunca se había hecho antes”.
Cada perro vio dos videos de 40 segundos. En ambos aparecían tres personas por turnos: su tutor y dos desconocidos; en uno de los videos, cada humano parpadeaba una vez cada tres segundos, y en el otro mantenía una mirada fija sin parpadear.
El aumento del parpadeo apareció solo frente al tutor
El experimento se realizó en la Universidad de Parma. Los perros observaron las proyecciones sujetos con una correa floja, con acceso al agua, y cada sesión completa duró cerca de 12 minutos, con una pausa de cinco minutos entre un video y otro.
La respuesta principal del estudio fue clara: los perros parpadearon más cuando las personas en pantalla parpadeaban que cuando permanecían inmóviles. Pero el efecto cambió según quién aparecía en el video.

De acuerdo con el artículo científico, el aumento solo fue significativo cuando el animal veía a su tutor parpadear en comparación con la versión de mirada fija. Ese patrón no se observó con personas desconocidas, lo que llevó a los autores a concluir que la relevancia social del interlocutor influye en la respuesta.
“Esto sugiere que importa la relevancia social de la pareja”, dijo Canori. Y agregó que el resultado no se explicaba porque los perros miraran durante más tiempo a sus tutores. El estudio también detectó una diferencia adicional dentro de la condición con parpadeo: los perros mostraron tasas más altas frente a dueñas mujeres que frente a humanos desconocidos.
No obstante, los autores pidieron cautela con ese dato y señalaron que el trabajo no fue diseñado para separar el sexo del tutor de otros factores, como la historia de interacción, las rutinas de cuidado o la sensibilidad general del perro hacia su propietario.

Para llegar a estas conclusiones, los investigadores reclutaron inicialmente 38 perros de entre uno y 12 años, aunque tres quedaron fuera del análisis porque no cumplieron el criterio mínimo de mantener la cabeza orientada hacia la pantalla y los ojos abiertos durante al menos cuatro segundos en ambas condiciones. La muestra final quedó compuesta por 17 hembras y 18 machos.
El estudio no demuestra que un parpadeo sea un mensaje deliberado
La interpretación de los autores es más prudente que la intuición que puede provocar el hallazgo. El trabajo no sostiene que cada parpadeo del perro tenga un significado fijo ni que el animal lo use de forma intencional para “decir” algo.
Canori lo resumió así: “A día de hoy, no podemos decir que un perro parpadee deliberadamente para transmitir un mensaje concreto”. Y agregó: “Puede proporcionar una retroalimentación sutil sobre la atención o el involucramiento y quizá ayudar a coordinar una interacción con otro individuo, en particular con una pareja socialmente importante”.

La investigadora insistió en que el estudio “no muestra que cada vez que un perro parpadea esté deliberadamente ‘diciendo’ algo”. Lo que sí sugiere el trabajo, añadió, es que “este comportamiento aparentemente simple y automático puede verse influido por el contexto social; los perros parecen sensibles al parpadeo de otros individuos, y su propio parpadeo puede cambiar según con quién interactúan”.
Los autores tampoco hallaron diferencias en otras conductas registradas durante el experimento, como lamerse la nariz, jadear o apartar la mirada. Tampoco hubo variaciones entre las dos parejas de desconocidos usadas en los videos, un dato que refuerza la idea de que la diferencia principal no estuvo en rasgos individuales de esos actores sino en el vínculo con el tutor.

La etóloga Laura Cuaya, de la Universidad de Viena, que no participó en el estudio, valoró el resultado pero marcó un límite en su alcance.
“Aun así, este estudio muestra lo socialmente sensibles que son nuestros perros a señales sutiles, como el parpadeo, en nuestras caras”, afirmó. También dijo que le interesaría ver en próximos trabajos si el parpadeo humano cambia cuando las personas interactúan con sus perros en contextos sociales.