¿Qué cosas estamos dispuestos a tolerar y cuáles todavía consideramos inaceptables? El Observatorio Pulsar de la Universidad de Buenos Aires buscó responder esa pregunta a partir de una encuesta sobre distintas conductas vinculadas con las relaciones personales, el consumo, las normas de convivencia y la política. El resultado mostró una sociedad que no aplica una misma vara para todas las transgresiones.

Augusto Reina, politólogo y director del Observatorio Pulsar, explicó los resultados en Infobae a la Tarde y destacó un concepto que atraviesa el relevamiento: la existencia de una “moralidad selectiva”. Según señaló, los argentinos tienden a ser más permisivos frente a determinadas prácticas de consumo y más rigurosos cuando están involucradas la confianza, el daño a terceros o las reglas cívicas.

Reina aclaró que el estudio mide respuestas declaradas y no permite determinar qué hacen efectivamente las personas en su vida cotidiana. Sin embargo, esas respuestas sirven para identificar las fronteras que cada sociedad establece entre aquello que considera aceptable y aquello que todavía condena. “Es declarativo, pero también marca la frontera del tabú social”, explicó.

El estudio de Pulsar de la UBA sostuvo que los argentinos aplican una moralidad selectiva ante distintas conductas cotidianas (Infobae en Vivo)

Una vara diferente según la conducta

Una de las principales diferencias aparece entre las prácticas relacionadas con el mercado y aquellas que comprometen directamente a otras personas. Comprar ropa falsificada o consumir contenidos pirateados, por ejemplo, genera una menor penalización social que conductas como la infidelidad, comprar un voto o sobornar a un policía.

Si mirás plataformas piratas o comprás ropa falsificada, bueno, es tu interacción casi impersonal con el mercado”, explicó Reina. En cambio, cuando se rompe un principio de confianza o se afecta una relación personal o institucional, la transgresión adquiere otra dimensión.

La diferencia también aparece entre generaciones. Casi el 25% de los jóvenes admite revisar el celular de su pareja, una proporción superior al promedio y aproximadamente el doble de la registrada entre los adultos mayores. Para Reina, se trata de una práctica asociada a una generación más familiarizada con los dispositivos y la vida digital.

Los jóvenes también presentan una mayor aceptación relativa del consumo de contenidos pirateados y de la compra de ropa falsificada. En cambio, la infidelidad conserva un rechazo ampliamente mayoritario: el 85% de los encuestados la condena.

La infidelidad mantiene un rechazo ampliamente mayoritario en la encuesta de Pulsar, con una condena del 85% de los consultados (Imagen Ilustrativa Infobae)

Rigoristas, permisivos de mercado y permisivos ampliados

A partir de las respuestas, Pulsar identificó tres perfiles. El más numeroso es el de los rigoristas, que representa alrededor de la mitad de la sociedad y que, en la medición presentada durante la entrevista, alcanzó el 54%.

Son quienes condenan buena parte de las conductas consultadas. “Es un segmento que en esencia condena gran parte de las prácticas y conductas que estamos viendo ahí”, describió Reina, aunque volvió a remarcar que se trata de una clasificación basada en respuestas declaradas y no de una descripción de la conducta cotidiana de esas personas.

El segundo grupo es el de los permisivos de mercado. Mantienen una postura restrictiva frente a transgresiones como comprar votos, copiarse en un examen o cruzar un semáforo en rojo, pero son más tolerantes con determinadas prácticas de consumo, como comprar productos falsificados o acceder a películas y series mediante plataformas piratas.

Los permisivos ampliados, en cambio, presentan una aceptación más extendida frente a las distintas conductas analizadas. Son, en palabras de Reina, quienes tienen “muchas más licencias”.

La clasificación muestra así que la sociedad argentina no se divide simplemente entre personas tolerantes e intolerantes. Los límites cambian según aquello que está en juego.

Casi el 25% de los jóvenes admite revisar el celular de su pareja, una proporción mayor que la registrada entre los adultos mayores  (Imagen Ilustrativa Infobae)

La política pierde peso en los vínculos

El relevamiento también analizó cuánto condicionan las posiciones políticas las relaciones personales. Según explicó Reina, la disposición a convivir o formar pareja con alguien que piensa distinto alcanzó el nivel más alto de la serie histórica.

El fenómeno fue relacionado con una pérdida de centralidad de la política y con el debilitamiento de las identidades partidarias. “Hoy la gran parte de la sociedad piensa que la posición política no define si vos sos una persona buena o mala”, sostuvo.

La tendencia, sin embargo, no es igual entre todos: quienes tienen mayor interés por la política son también los más reticentes a formar pareja con alguien que sostiene posiciones diferentes.

Una sociedad con poca confianza

Otro de los datos destacados del estudio fue el nivel de confianza interpersonal. El 71% de los consultados considera que no se puede confiar en la mayoría de las personas, frente al 28% que sostiene lo contrario.

El 71% de los consultados afirmó que no se puede confiar en la mayoría de las personas, un dato que Pulsar vinculó con el individualismo y la caída de los espacios colectivos (Imagen Ilustrativa Infobae)

Para Reina, esa desconfianza forma parte de una tendencia más amplia vinculada con el retroceso de los espacios colectivos y el creciente individualismo. “La confianza interpersonal viene cayendo”, señaló, y vinculó el fenómeno con una menor participación en organizaciones sociales, comunitarias y partidarias.

Los resultados de Pulsar dibujan así una sociedad en la que no todo da lo mismo: existen límites morales claros, pero no son iguales para todas las situaciones. La tolerancia aumenta frente a algunas prácticas de mercado y se reduce cuando aparecen la traición, la corrupción, el daño a terceros o la ruptura de reglas compartidas. Esa combinación es la que el estudio define como una “moralidad selectiva”.

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