¿Qué estamos haciendo con nuestra vida? ¿Hacia dónde estamos yendo? ¿Estamos realmente viviendo o simplemente dejando que el tiempo pase? Estas son algunas de las preguntas que, año tras año, Rosh Hashaná invita a formularse. No son preguntas sencillas, pero son necesarias. En el fondo, para avanzar hacia el lugar adecuado también es necesario detenerse, hacer un balance y evaluar el camino recorrido. “El objetivo del ser humano es vivir. Vivir es tomar las riendas de nuestra propia existencia. Hace cinco mil setecientos ochenta y siete años, según la tradición judía, que se creó el mundo y por eso estamos por festejar Rosh Hashaná, el año nuevo, que hace referencia a la creación de Adán y Eva, el relato bíblico de la creación de la especie humana”, relata el gran rabino Isaac Sacca.

Cada año, cuando llega esta fecha, el pueblo judío vuelve a escuchar el sonido del shofar. Es un sonido antiguo, profundo y estremecedor, con miles de años de historia. Pero, sobre todo, es un sonido que viene a interrumpir la rutina. Es un ruido estremecedor. El ruido, la alarma, la sirena, nos hace estar alerta y preguntarnos qué pasa. La idea es cambiar de dimensión con su sonido", apunta el rabino. El shofar obliga a detenerse y salir, aunque sea por un instante, del ritmo cotidiano para preguntarse: ¿qué estamos haciendo con nuestra vida? ¿Hacia dónde estamos yendo? ¿Estamos realmente viviendo o simplemente dejando que el tiempo pase?

Según la tradición judía, Rosh Hashaná conmemora la creación del ser humano. Por eso, es una oportunidad para volver a preguntarse qué significa ser seres humanos y qué sentido queremos darle a la propia existencia. Vivir es mucho más que transitar los días: es tomar las riendas, ser conscientes de las decisiones y asumir la responsabilidad por el camino elegido.

El sonido del shofar se asemeja a una alarma: algo irrumpe en la normalidad y obliga a prestar atención. Cuando escuchamos una sirena, un estruendo o cualquier sonido inesperado, inmediatamente nos ponemos en alerta. El shofar busca provocar algo similar en nuestro interior: despertarnos de la indiferencia, de la rutina y de las discusiones que no conducen a nada.

Vivimos en un mundo marcado por guerras, divisiones, intereses y corrupción. Muchas veces nos acostumbramos tanto a esta realidad que dejamos de cuestionarla. Nos convertimos en espectadores de conflictos que terminan pareciendo inevitables, como si la confrontación y la competencia permanente fueran parte natural de la condición humana. El shofar viene a romper esa inercia, convocándonos a todos.

Nos recuerda que no estamos destinados a vivir enfrentados y que no podemos construir un mundo mejor si permanecemos indiferentes frente al sufrimiento y las necesidades de los demás.

Rosh Hashaná propone, entonces, una pregunta que es tanto personal como colectiva: ¿qué estamos haciendo para que el mundo sea un lugar mejor? El mensaje del shofar nos da la respuesta: tomar la decisión de escuchar y prestar atención, de no ser indiferentes al sufrimiento ni fomentar la envidia o el odio.

Es un pedido a Dios para que este nuevo año encuentre a todas las sociedades despiertas, con la capacidad de tomar las riendas de la vida y orientarlas hacia el bien. Para que sepamos utilizar el tiempo para construir y no destruir; para acercar y no dividir; para ayudar y no competir sin sentido. El shofar vuelve a sonar para recordar que siempre es posible detenerse, recalcular y elegir nuevamente el camino anhelado.

“Despertarnos y tomar las riendas de nuestra vida para hacer el bien, para ayudar al prójimo, para construir un mundo tal como Dios desea, que todos sus hijos vivan en armonía y en paz. El shofar tiene que romper esa inercia que está destruyendo la sociedad”, concluyó Isaac Sacca.