
Antes del estreno mundial en el Festival de Cine de Venecia, de un documental de casi cuatro horas de Alex Gibney sobre Elon Musk, a los potenciales espectadores se les podía perdonar que se preguntaran: ¿Qué podría decir que no se haya comentado ya ampliamente?
Desde que Tesla y SpaceX se convirtieron en nombres conocidos en todos los hogares —si no en material para Saturday Night Live—, el primer billonario del mundo ha sido objeto de olas permanentes de noticias e imágenes, además de conversaciones en las redes sociales. Ahora, ni siquiera una isla italiana ha resultado ser un lugar para escapar de eso.
¿Y acaso toda publicidad no es buena publicidad? Sin duda, el magnate tecnológico, supuestamente ávido de atención, no desearía nada más que un monumento épico a su poder, una prueba de que tanto sus admiradores como sus detractores no pueden dejar de hablar de él.
Ganador del Oscar y del Emmy, Alex Gibney es conocido por correr el velo sobre los magos de Silicon Valley, Wall Street y Washington. Aunque gran parte de lo que presenta aquí sobre Elon Musk no es particularmente nuevo, hay una fuerza temible en la manera en que el director lo reúne todo. Musk no es solo una figura molesta del ciclo de noticias. El mega-retrato de Gibney nos pide mirar el conjunto de sus acciones y tomarlo en serio como una amenaza para la democracia.
“Han ocurrido tantos incidentes; hay tantos árboles”, dijo el director en una conferencia de prensa. “A veces es útil ver el bosque y unir todo en una narrativa.” Ir a Marte solía ser una aspiración romántica, pero Gibney ve en el megamillonario la degradación de ese sueño. La secuencia de apertura nos lleva flotando por el cosmos, donde oímos una voz que suena como la de Musk explicando su misión de comprender el universo. Al principio parece una charla genérica de “genio”, hasta que empieza a hablar de su amor por los videojuegos: “capaz que estamos en una simulación”, una versión ideal de la realidad creada por una inteligencia artificial del futuro.
En la película aparece entonces como una “cabeza parlante” (talking head) —no el Musk real, de carne y hueso, sino uno generado por inteligencia artificial, de aspecto ceroso, mirada vacía (y notablemente más esculpido), cuyas palabras provienen íntegramente de entrevistas pasadas y comentarios públicos. Musk ha dicho que los videojuegos “calman sus demonios”, señaló Gibney, pero el director agregó que también eran “un mecanismo para que invirtiera en una irrealidad”. Gibney añadió: “Queríamos transmitir la realidad de lo que ha hecho, así como la irrealidad de su narrativa”. Una de las voces principales de la película, Ashley St. Clair, la escritora de derecha que reveló en 2025 que había tenido una relación con Musk, dijo en la conferencia de prensa: “Su relación más complicada es con la verdad”.
La película, para la cual el personaje central rechazó ser entrevistado, aborda primero los años iniciales del empresario como un millonario más en un mar de imitadores de Steve Jobs, subido a la ola del boom tecnológico de los años 90. Al comienzo, aparece como un emprendedor ambicioso con lo que Gibney describió como objetivos admirables. “Iba a crear una automotriz que priorizara los vehículos eléctricos para ayudar a enfrentar el calentamiento global”, dijo el director. “Iba a revitalizar la industria espacial abaratando sus costos”. Después, las cosas empezaron a ponerse feas. Y raras.
“Estaba impregnado de una ‘corrupción por causa noble’”: la idea de que el fin justifica los medios cuando se trata de hacer realidad su visión particular de un mundo mejor. Aunque puede defenderse el valor de los visionarios que piensan en grande, Gibney sostiene que las promesas de Musk —como sus misiones a Marte y los vehículos autónomos— muchas veces han sido una cortina de humo para elevar su propia marca. “Su riqueza y su poder provienen de acciones sobrevaloradas”, afirmó el director.
A eso hay que sumar las posturas pronatalistas y su determinación de perpetuar su propio linaje; la poderosa capacidad de recolección de datos de la tecnología de Tesla y su emprendimiento satelital, Starlink; y su compra de Twitter, rebautizado como X, donde los ajustes que hizo en el algoritmo derivaron en un aumento del discurso de odio, así como de su propio contenido.
Gibney ya tenía más que suficiente para un largometraje cuando cerró su primer montaje en 2024. Pero después Musk se involucró en la política y el presidente Trump fue elegido para un segundo mandato. El hombre empezó entonces a participar en conferencias de prensa en la Oficina Oval y a desmantelar agencias federales con su Departamento de Eficiencia Gubernamental. Más ampliamente, está “involucrado con partidos políticos de derecha en todo el mundo”, dijo el realizador sobre los vínculos del magnate tecnológico con jefes de Estado actuales y anteriores, como Javier Milei, de Argentina, y Jair Bolsonaro, de Brasil.
Los numerosos entrevistados de la película —incluida su primera esposa, Justine Musk; excolegas de SpaceX, Tesla y X; y un grupo de destacados periodistas tecnológicos— dejaron algo en claro: Musk quiere que todo el mundo se suba a su peculiar visión del mundo. “Está tratando constantemente de optimizarnos”, dijo St. Clair. “¿Hay algo que te guste de los seres humanos, que no estés intentando optimizar?”
No me convence la decisión de Gibney de insertar a lo largo de la película secuencias agresivas de videojuegos, lo que le da un tono casi eufórico a la idea de la dominación mundial del personaje. Pero es una metáfora eficaz. Es como el protagonista de un videojuego que no puede ser derrotado.
Fuente: The New York Times
