La UNESCO reconoció el oficio de los almadieros pirenaicos como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad (Imagen Ilustrativa Infobae)

La UNESCO reconoció el oficio de los almadieros pirenaicos como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad y rescató del olvido una tradición que durante siglos movió las economías de Navarra, Aragón y Cataluña a través de los ríos.

El reconocimiento de la UNESCO distinguió el oficio tradicional de los almadieros pirenaicos, una práctica de transporte fluvial de madera desarrollada durante siglos en Navarra, Aragón y Cataluña, donde estos trabajadores construían balsas de troncos y descendían por los ríos hasta los puntos de venta.

Mucho antes de que las carreteras asfaltadas o los camiones de gran tonelaje fueran una posibilidad, los bosques de pino y abeto de los valles pirenaicos albergaban la materia prima que necesitaba gran parte de España: madera para construir los barcos de la Armada real, para levantar palacios como el de Olite y para calentar los hogares de las grandes ciudades.

El problema era llevarla hasta allí. La solución fue el oficio de almadiero: hombres que transformaban los ríos en rutas de transporte, cabalgando sobre balsas de troncos desde las cimas de la montaña hasta el Mediterráneo.

Los almadieros pirenaicos transportaron madera por los ríos de Navarra, Aragón y Cataluña durante siglos

Conocidos como almadieros en Navarra, raiers en Cataluña y nabateros en Aragón, estos trabajadores construían sus embarcaciones sin un solo clavo. Los troncos se unían mediante vergas, ramas de avellano maceradas en agua para darles flexibilidad. El resultado era una balsa articulada que podía serpentear por los meandros del río y que, al mismo tiempo, era tanto el vehículo como la mercancía transportada.

El ciclo de trabajo comenzaba en invierno y terminaba meses después, a pie

La vida del almadiero seguía el ritmo de las estaciones. Durante el invierno, las cuadrillas se adentraban en los valles del Roncal, Salazar y Aézkoa para talar árboles y arrastrarlos con mulas hasta las orillas de los ríos. Con el deshielo primaveral y el aumento del caudal en ríos como el Esca, el Irati o el Noguera Pallaresa, llegaba el momento de ensamblar las balsas y comenzar el descenso.

Cada almadía estaba gobernada por al menos dos roles: los “punteros”, que manejaban los remos delanteros, y los “coderos”, que dirigían la parte trasera. Un error podía significar caer a aguas heladas bajo toneladas de madera. Los viajes duraban semanas o meses, llevando la madera desde el alto Pirineo navarro o aragonés hasta Zaragoza, o desde Lleida hasta Tortosa, en la desembocadura del Ebro. El regreso, una vez vendida la carga, era a pie y recorría cientos de kilómetros de vuelta a los valles de origen.

Presas hidroeléctricas y camiones firmaron el fin del último descenso comercial en 1953

La madera de los bosques pirenaicos abasteció a la Armada real, a palacios como el de Olite y a las grandes ciudades de España (Imagen Ilustrativa Infobae)

La llegada de la Revolución Industrial, la mejora de las redes viales y los camiones motorizados fueron erosionando la viabilidad económica del oficio. Pero el golpe final lo dieron las grandes obras hidráulicas: la construcción de presas hidroeléctricas, como el embalse de Yesa en la década de 1950, levantó barreras de hormigón que cortaron de forma permanente aquellas rutas fluviales. En 1953, las últimas almadías comerciales descendieron por el río Esca, cerrando un ciclo de siglos en la historia pirenaica.

Desde 1979, las fiestas anuales mantienen viva la memoria de este oficio

La recuperación del oficio como patrimonio cultural partió de los propios pueblos de la región. En 1979, la localidad leridana de La Pobla de Segur comenzó a celebrar la Diada dels Raiers, con descensos de balsas por el Noguera Pallaresa.

En 1993, el pueblo navarro de Burgui instituyó el Día de la Almadía, una fiesta que convoca a miles de personas cada primavera y en la que los vecinos se visten con la indumentaria tradicional y descienden por la presa del pueblo en homenaje a quienes perdieron la vida en el río.

Las presas hidroeléctricas, la Revolución Industrial y los camiones pusieron fin al oficio, y el último descenso comercial se realizó en 1953 por el río Esca (Imagen Ilustrativa Infobae)

El trabajo conjunto de asociaciones navarras, aragonesas, catalanas y europeas impulsó el reconocimiento de la UNESCO: declaró este oficio tradicional Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad y consolidó la protección de una práctica que la industrialización había llevado casi al olvido completo.