
Al caer la tarde, una zozobra pesada y ahogante se apodera de Cuba. Con el sol retirándose, las calles se vacían de golpe y las familias se refugian a oscuras en sus casas. La isla se sumerge noche tras noche en la penumbra de extensos apagones que han dejado de ser una simple contingencia para convertirse en una tortura psicológica cotidiana.
La vida de millones de cubanos transcurre hoy bajo un estado de estrés postraumático colectivo, empujado por el colapso sistemático de la red eléctrica nacional. En este escenario reportado por la periodista Indira Navarro para el medio Univisión, el bienestar emocional de toda una nación se desmorona en medio del calor sofocante, la incertidumbre y la zozobra.
Vivir sin electricidad en Cuba no significa únicamente apagar un interruptor; implica pausar la existencia. En medio de esta crisis energética extrema en 2026, el testimonio de Ángela Ortega, una residente habanera entrevistada por Univisión, expone la crudeza de una rutina quebrantada por desconexiones masivas.
Cuando la electricidad regresa efímeramente, la tranquilidad no vuelve. Las viviendas se convierten en un escenario agitado donde cada segundo cuenta. “Es muy fuerte porque te vas sin luz, te acuestas sin luz. Si llegas entonces es una carrera contra el tiempo: la cocina, el lavado, el que tiene bebé, el que tiene un anciano...”, expresó Ortega ante las cámaras de Univisión.
Esta dinámica despiadada provoca que la comida se eche a perder, los servicios de agua se detengan, los teléfonos pierdan señal y la delincuencia se multiplique al amparo de la oscuridad. Sin embargo, la secuela más dolorosa está ocurriendo en la mente de los ciudadanos.
Una crisis de salud mental bajo el peso de un sistema colapsado
El insomnio, la ansiedad crónica y la desesperanza han alcanzado niveles críticos. La propia Ángela confiesa que la oscuridad prolongada sabotea el descanso diario, obligando a muchos a recurrir a fármacos para encontrar algo de paz:
“A veces dependo de tabletas para poder dormir, porque te acuestas y empiezas a generar pensamientos negativos, que son los que generan la situación”.
La desesperación sobrepasa las paredes de los hogares y ahoga a las instituciones básicas del país. El colapso es de tal magnitud que en los propios centros de salud la falta de luz amenaza la supervivencia.
Tal como relató la habitante en su testimonio para Univisión, la precariedad obliga al personal médico a tomar medidas extremas: “Y no solo en las casas, en los hospitales también está faltando la luz. Hay médicos con el celular operando”. Para los ciudadanos, los sueños de progreso se han diluido en una pesadilla interminable a oscuras.
El origen de esta tragedia no es un evento fortuito. Si bien Cuba sufre problemas eléctricos desde hace 67 años, la situación se ha agravado exponencialmente por la infraestructura obsoleta y la falta crónica de inversión en generadores por parte del régimen cubano.
A este panorama desolador se suma el corte definitivo en el suministro de petróleos aliados tras la captura de Nicolás Maduro y la aplicación de nuevas sanciones de Estados Unidos. Las propias estimaciones del Ministerio de Energía advierten que se necesitan al menos ocho buques petroleros mensuales para poder encender el país, una meta que hoy luce remota e inalcanzable.
En La Habana y a lo largo de toda la isla, la población continúa atrapada en este ciclo de desgaste emocional. Mientras la infraestructura colapsa, la salud mental de los cubanos se consolida como la víctima más silenciosa, profunda y devastadora de esta crisis permanente.