La primera vez que lo vio, no imaginó todo lo que iba a pasar después. El viejo trolebús estaba en un desarmadero, lejos de parecerse al estudio de tatuajes en el que terminaría convertido. Era enorme, estaba abandonado y llevaba consigo una historia que a Matías le llamó la atención desde el primer momento. Él solo tenía US$200 en el bolsillo. No mucho más. Ni mucho menos.

“Quería algo distinto. Le dije al hombre del desarmadero si me lo vendía y me dijo que sí, que me lo llevara”, recordó Matías en diálogo con TN.

El hombre de 32 años no sabía, pero en ese momento estaba poniendo en marcha un sueño: convertir aquel vehículo de unos 15 metros de largo en uno de los espacios más particulares de su proyecto en Chacras de Coria, Mendoza.

El comienzo del sueño

Algo de su infancia quedó marcado en aquel lugar que construyó. Quizás sean los árboles, las paredes pintadas o esa sensación de que en cada rincón hay algo que alguien hizo con sus propias manos. Cuando era chico, la propiedad estaba lejos de ser el emprendimiento que es ahora.

Sus padres la habían comprado y durante una década allí funcionó una escuela de verano que ellos mismos habían creado. Matías creció viendo entrar y salir gente todo el tiempo. Incluso había días en los que se despertaba y se encontraba con cerca de cien chicos en el predio. Ese movimiento terminó siendo parte de él.

El proceso de transformación del trolebús. (Foto: gentileza Matías Romeri)
El proceso de transformación del trolebús. (Foto: gentileza Matías Romeri)

A sus 19 años, sus padres alquilaron el lugar para que funcionara como geriátrico. Pero cuando el contrato terminó, tres años después, Matías sintió que quería volver a darle vida a ese espacio. Tenía 22 y una idea que, para muchos, parecía demasiado grande: abrir un hostel en una zona que no parecía ser la más adecuada.

No tenía detrás una gran inversión ni un proyecto empresarial armado. Lo que tenía era el lugar, algunas ideas y una necesidad que lo había acompañado desde siempre: hacer cosas con las manos. Desde chico dibujaba en la escuela, sobre los bancos y en cualquier superficie que encontrara. Le gustaban las manualidades, pintar y construir. Así que decidió que, si iba a abrir un hostel, no quería que se pareciera a ningún otro. Quería que se pareciera a él.

Empezó a pintar las paredes. Hizo un mural de Frida Kahlo después de leer un libro sobre ella y otro de Gustavo Cerati, uno de los músicos que escuchaba. Cada pared empezó a convertirse en una parte de su historia y, casi sin darse cuenta, el hostel fue tomando una identidad propia.

Lo llamó Lemon Tree (IG @lemontree_hostel), inspirado en The Beatles. El logo lo imaginó como una guitarra eléctrica de la que crece un limonero.

Con el tiempo, el lugar comenzó a recibir cada vez más turistas. Y aquello que había empezado casi como una apuesta personal terminó dándole el respaldo económico que necesitaba para seguir soñando. Porque Matías nunca dejó de hacerlo.

Una idea

Además de emprendedor, Matías había incursionado en el muralismo y se estaba especializando en tatuajes. Después de unos tres años de haber abierto el lugar empezó a pensar en sumar un estudio. La idea tenía sentido: muchos de los turistas que llegaban podían llevarse de Mendoza un recuerdo que los acompañara durante toda la vida.

Pero había una condición: uno de los tatuadores que lo había guiado le explicó que no podía improvisar el espacio. El estudio tenía que ser exclusivo, sin gente entrando y saliendo, y debía cumplir con todas las condiciones de bioseguridad y esterilidad necesarias para trabajar.

Matías y el trolebús canadiense reconvertido en estudio de tatuajes. (Foto: gentileza Matías Romeri)
Matías y el trolebús canadiense reconvertido en estudio de tatuajes. (Foto: gentileza Matías Romeri)

Matías pensó en una habitación del hostel, pero enseguida entendió que no era suficiente. Si iba a hacerlo, quería hacerlo de una manera que nadie esperara. Fue entonces cuando apareció aquel trolebús.

Alrededor de 2018, el joven fue a un desarmadero y se encontró con uno de los viejos trolebuses que habían llegado desde Canadá. La provincia los había comprado, pero no funcionaron y terminaron en desuso, abandonados en distintos desarmaderos. Uno de ellos estaba allí, esperando que alguien decidiera qué hacer con él. Matías lo vio y empezó a imaginar.

Era un vehículo de unos 15 metros de largo, enorme, fuera de funcionamiento y sin siquiera dos de sus ruedas. Para cualquier otra persona podía ser un problema. Para él era exactamente lo contrario: podía convertirse en el espacio que estaba buscando.

Había, sin embargo, un detalle bastante importante: Matías tenía apenas US$200. Eran los únicos que llevaba encima ese día. Le preguntó al hombre del desarmadero cuánto quería por el trolebús y terminó comprándolo con ese dinero.

Después de encontrarlo, todavía tenía que resolver cómo llevar semejante vehículo hasta su propiedad. “Llamé a una grúa y le pedí a mi papá que me prestara plata para pagarla. Vino la grúa con un camión, con un chasis bajo, lo levantamos y lo llevamos hasta el hostel”, explicó.

El trolebús viajó en un camión hasta Chacras de Coria y quedó estacionado en la calle, detrás del terreno. Ahí apareció el segundo problema: no había manera de meterlo adentro.

El estudio de tatuajes dentro del jardín. (Foto: gentileza Matías Romeri)
El estudio de tatuajes dentro del jardín. (Foto: gentileza Matías Romeri)

El trolebús no funcionaba y tenía unas dimensiones que hacían imposible moverlo como si fuera un vehículo cualquiera: “Al otro día me puse a buscar en Google cómo hacían los vikingos en la serie para mover cosas pesadas. Pensé: si ellos lo hacían hace 100 años, yo también puedo”.

Consiguió madera en un aserradero y una retroexcavadora. Entre todos fueron levantando el vehículo y colocándolo sobre los troncos para hacerlo avanzar poco a poco. Fue una escena casi absurda: un viejo trolebús canadiense avanzando sobre troncos para entrar al jardín de una propiedad de Chacras de Coria. “Fue una odisea entrarlo”, recordó entre risas.

Cuando finalmente entró, Matías sintió que había conseguido lo más difícil. Pero en realidad recién empezaba. “Cuando lo metí estaba feliz de tener semejante bicho, sobre todo por la historia que tenía. Quería reutilizarlo, no quería que quedara abandonado”, expresó.

Sin embargo no fue fácil. El trolebús pasó aproximadamente un año sin convertirse en nada. Lo utilizaba como depósito mientras el hostel seguía funcionando. Cada vez que podía juntar algo de dinero, volvía a invertir en él. Sacó todos los asientos, trabajó sobre el piso, primero con cerámicos y después con porcelanato, modificó las ventanas y empezó a fabricar los muebles junto con familiares y amigos. “Fue remar en dulce de leche”, aseguró.

Un primo que trabaja con metal lo ayudó con parte del mobiliario. Otros amigos fueron colaborando en distintas tareas. Matías aprendió mientras hacía. Y así pasaron los años.

La restauración completa llevó alrededor de ocho años. A los tres, sin embargo, el lugar ya estaba lo suficientemente avanzado como para que pudiera empezar a trabajar allí.

Hasta los detalles más pequeños llevaron tiempo: las luces delanteras y traseras, distintas partes de la carrocería y hasta una bocina inspirada en Los Dukes de Hazzard. Nada parecía demasiado pequeño como para no dedicarle horas. “Yo no tenía idea, mi vida se maneja de forma improvisada”, recordó Matías al recordar aquel proceso. Pero esa improvisación tenía una regla: hacerlo despacio y hacerlo bien.

Hoy, cuando alguien entra al estudio, cuesta imaginar que alguna vez aquel lugar fue simplemente un vehículo abandonado en un desarmadero.

El trolebús conserva por fuera buena parte de su aspecto original. Es largo, ancho y mantiene la estética de fábrica. En uno de sus laterales, la inscripción que alguna vez decía “Empresa provincial de Mendoza” fue reemplazada por una mucho más acorde con su nueva vida: “tatuajes”.

Matías trabajó durante años para acondicionar el estudio. (Foto: gentileza Matías Romeri)
Matías trabajó durante años para acondicionar el estudio. (Foto: gentileza Matías Romeri)

Adentro hay espacio para hasta seis tatuadores, una sala de espera y un baño. Detrás, Matías construyó además un galpón que conectó con el vehículo.

Para quienes llegan, la sorpresa empieza mucho antes. Primero recorren el hostel, donde todavía están las paredes que Matías fue pintando durante años. Después pueden pasar por el restobar, ambientado con personajes y referencias de películas y series. Y finalmente llegan al trolebús.

Al joven emprendedor le gusta ese recorrido porque sabe lo que sucede cuando abre la puerta. “Es como un portal en el tiempo, vos entrás y parece que el tiempo no pasa”, resaltó sobre su lugar de trabajo (IG @lemontree_tattoo).

En él, afirmó, también encontró una comunidad. Tatuadores de Buenos Aires, Chile y otras partes del país llegan durante las temporadas para trabajar allí. Algunos tienen hasta 25 años de experiencia y con varios terminó formando una relación que describe como una hermandad.

Mientras tanto, él sigue aprendiendo. Sigue pintando, arreglando cosas, imaginando nuevos espacios y pensando en cómo llevar Lemon Tree más lejos. Ya participa en eventos vinculados al tatuaje y tiene el objetivo de posicionar la marca a nivel internacional.

Pero cuando habla de todo lo que construyó, no pone el foco en el dinero ni en el tamaño del proyecto. Habla del tiempo.

El estudio de tatuajes convertido en sueño. (Foto: gentileza Matías Romeri)
El estudio de tatuajes convertido en sueño. (Foto: gentileza Matías Romeri)

De los días en los que cortó el pasto, pintó una pared, arregló una parte del hostel o trabajó sobre el trolebús. De todas esas pequeñas cosas que, tomadas por separado, parecían insignificantes y que después de diez años terminaron transformando completamente el lugar. “Lo humano es vital”, sostuvo.

Cuando abrió el hostel, ocho de cada diez personas le decían que no iba a funcionar. El primer año prácticamente no generó ingresos y el apoyo de su familia fue fundamental para que pudiera continuar. Sin embargo, Matías nunca sintió que tuviera demasiado miedo de fracasar.

Siempre encontró algo más para hacer: un mural, una reparación, una nueva idea. Una manera de acercarse un poco más a lo que imaginaba.

A los 32 años, todavía habla de sus objetivos como si estuvieran un poco más adelante. Quiere que Lemon Tree llegue a estar entre los estudios de tatuajes más reconocidos y sueña con llevar su proyecto a otros lugares del mundo. “Son metas que voy teniendo y sé que voy por buen camino, haciendo las cosas tranquilas y despacito”, aseguró.

Matías trabajó durante años para acondicionar el estudio. (Foto: gentileza Matías Romeri)
Matías trabajó durante años para acondicionar el estudio. (Foto: gentileza Matías Romeri)

Quizás por eso, cuando recuerda aquel día en el desarmadero, los US$200 parecen mucho más que el precio que pagó por un viejo trolebús. Fueron el comienzo de otra parte de la historia.

Porque Matías no estaba comprando solamente un vehículo abandonado. Estaba comprando la posibilidad de hacer realidad una idea que todavía no sabía exactamente cómo iba a concretar.

Ocho años después, ese trolebús está lleno de tatuadores, turistas, amigos y personas que llegan desde distintos lugares para conocerlo. Y aquel chico que de niño dibujaba sobre los bancos de la escuela todavía sigue haciendo lo mismo que entonces: encontrar un espacio vacío y transformarlo en algo que antes no existía.

“No quiero ser alguien más, no quiero que me pagues te haga un tatuaje rápido y te vayas, la filosofía es hacer algo diferente y que te llene el alma”, completó.