Las hormigas que recorren en fila el tronco de un árbol frutal no suelen estar allí por pura casualidad. Su presencia muchas veces está relacionada con los pulgones, pequeños insectos que se alimentan de la savia y producen una sustancia dulce conocida como melaza. Los insectos aprovechan ese alimento y, a cambio, protegen a los pulgones de depredadores naturales como las mariquitas y las crisopas.

Esa relación puede favorecer la aparición de grandes colonias de pulgones, capaces de debilitar las plantas y afectar la producción de frutos. Frente a este problema, distintos pueblos desarrollaron métodos que buscaban interrumpir el paso de insectos sin recurrir necesariamente a productos químicos. Entre ellos, aparecen prácticas atribuidas a agricultores romanos, mayas y andinos.

Una de las técnicas mencionadas en el antiguo tratado agrícola De re rustica, escrito por Columela durante el siglo I, consistía en colocar una banda de tela gruesa alrededor del tronco, a unos 40 centímetros del suelo.

El material podía impregnarse con una mezcla de ceniza húmeda y arcilla, creando una superficie difícil de atravesar para las hormigas. La barrera debía renovarse después de las lluvias.

Cómo funciona la “pez negra” para evitar el tránsito de las hormigas en las plantas

Otra alternativa consistía en utilizar una sustancia resinosa conocida como “pez negra”, derivada de la madera de pino. Aplicada sobre el tronco, generaba una superficie pegajosa que impedía el avance de los insectos.

La misma lógica aparece en antiguas prácticas mesoamericanas, donde se empleaba resina de copal alrededor de los árboles para dificultar el acceso hacia las ramas.

Una versión sencilla de esta estrategia puede aplicarse actualmente en el jardín mediante una banda de tela o arpillera impregnada con vaselina. El material debe colocarse alrededor del tronco, procurando que ninguna rama, pared u otro elemento cercano permita a las hormigas encontrar un camino alternativo. La capa puede revisarse periódicamente y renovarse cuando pierda adherencia.

El manejo de estos insectos también puede efectuarse modificando el entorno del cultivo. Algunas prácticas tradicionales buscaban crear zonas que resultaran poco atractivas para las hormigas mediante determinadas plantas. El epazote, por ejemplo, era utilizado en huertos mesoamericanos por sus aceites esenciales, cuyo aroma puede actuar como repelente para distintas especies.

La caléndula también aparece vinculada a estas estrategias. Según el material analizado, agricultores de comunidades zapotecas la plantaban alrededor de árboles frutales como parte de una protección deliberada y no únicamente con fines ornamentales. Sus compuestos naturales fueron estudiados posteriormente por investigadores interesados en sus propiedades frente a distintos organismos.

Por qué no hay que eliminar a todos los insectos del jardín

Sin embargo, una de las claves consiste en no eliminar indiscriminadamente todos los insectos del jardín. Las mariquitas, las larvas de crisopa y determinadas avispas parasitoides pueden alimentarse de pulgones y convertirse en aliados naturales. Para favorecer su presencia, a menudo resulta útil conservar plantas con flores pequeñas, como cilantro, hinojo o zanahoria silvestre, especialmente cuando llegan a floración.

El último método mencionado utiliza un producto que normalmente termina en la basura: las cáscaras de cítricos. La técnica consiste en hervir durante unos 15 minutos cáscaras de naranja amarga o limón criollo, dejar enfriar el líquido y aplicarlo sobre el tronco, desde la base hasta la primera bifurcación de las ramas.

La explicación propuesta se relaciona con el limoneno presente en las cáscaras. El compuesto aromático puede interferir con los rastros químicos que las hormigas utilizan para orientarse y comunicarse. Según el contenido analizado, una investigación habría registrado una reducción del 84% en el tránsito de hormigas tras aplicaciones semanales de un extracto acuoso de cáscara de naranja.