
Por Gerardo Grieco, director general del Teatro Colón.
En una misma jornada, el Teatro Colón puede recibir a más de 1.700 alumnos de escuelas públicas, entregar los primeros diplomas oficiales de su Instituto Superior de Arte a Julio Bocca y Paloma Herrera, y cerrar la noche con una función de Otello. No es casualidad, es una estrategia que en un solo día se deja ver.
Esta estrategia consta de cuatro ejes —ampliar públicos, formar talento, trabajar en red con la Ciudad y para la Ciudad, y coproducir con excelencia y proyección internacional— que persiguen un solo objetivo: que el Colón sea de más personas y llegue más lejos.
Diez y media de la mañana. Las plateas, palcos y tertulias se llenan con estudiantes de toda la Ciudad. Muchos de ellos ven por primera vez la gran sala lírica encendida especialmente para ellos. El motivo es visibilizar el trabajo del Programa de Orquestas Infantiles y Juveniles del Ministerio de Educación de la Ciudad y la idea que lo sostiene desde hace casi 28 años, que la educación pública a través de la música puede transformar vidas.

El programa tiene una escala que impresiona: 20 orquestas, más de 2.000 estudiantes, 18 sedes en distintos barrios y más de 25.000 chicos que ya pasaron por sus filas.
Pero lo más significativo de la mañana es otra cosa: la Orquesta TAM, que reúne a los estudiantes más avanzados, comparte escenario con la Orquesta Académica del Instituto Superior de Arte, el Coro de Niños del Teatro Colón —creado en 1908, el mismo año en que se inauguró la sala— y las voces del ISA (Instituto Superior de Arte).

Juntos hacen de la música un acto capaz de reunir en una misma sala a niños, jóvenes y artistas. La imagen más potente de la mañana es una sala entera, de pie, cantando “Aurora”. Después, el “Va, pensiero” de Verdi. Por una mañana, el Colón se vuelve una escuela. Las políticas públicas se explican con datos, pero se entienden con personas.

Entre la música, el encuentro dejó dos historias. La de Jessica Juárez, que creció en Villa Lugano. Quería tocar el violonchelo y terminó abrazando el contrabajo por sugerencia de su maestro, Carlos Vega. Fue profesora y solista, pasó por la Orquesta Sinfónica Nacional y hoy forma parte de la vida artística del Colón.
Y la de Joaquín Zanabria, que empezó con la trompeta a los 11 años en la Orquesta Escuela de Villa Lugano, giró por Uruguay, Brasil y Japón, se formó en la Universidad Nacional de las Artes y en el ISA, y el año pasado ganó por concurso su lugar en la Orquesta Estable del Teatro Colón como tercer trompeta y solista de piccolo.

Dos caminos que confirman lo mismo: una orquesta puede empezar en un barrio, lejos de un teatro y, aun así, su proyección no tiene techo.
Hacia el mediodía, en el Salón Dorado, se entregaron los primeros diplomas oficiales del Instituto Superior de Arte a Julio Bocca y Paloma Herrera, dos referentes universales de la danza que, tras alcanzar la cima de sus carreras, regresaron al primer coliseo para transmitir su experiencia a las nuevas generaciones de artistas. La ceremonia fue mucho más que un homenaje.

Hace unos meses, el Ministerio de Educación de la Ciudad reconoció oficialmente los títulos del ISA. Ese reconocimiento —un logro concreto de esta gestión— le da respaldo académico a una excelencia que el Colón construyó durante generaciones y la lleva a una nueva dimensión.
Lo que antes era prestigio, hoy es también título con validez oficial. Cada vez que el Colón premia la excelencia de sus artistas reafirma el compromiso centenario de sus fundadores, que es formar y recibir a los mejores del mundo.

Desde sus aulas, salas y escenarios se han proyectado miles de bailarines, músicos, cantantes, directores, escenógrafos y técnicos. Una multitud de trayectorias que cuentan la misma historia que la de Julio y Paloma, una formación que les permitió alcanzar la excelencia y hoy recibe a cambio su regreso para enseñar, dirigir y transmitir.
Formar talento y sostener al Colón como cuna de artistas es el principal pilar de esta gestión. No se trata de administrar una herencia, sino de renovar una convicción. Como resumió la ministra de Cultura Gabriela Ricardes, “el honor es nuestro”. En esa misma línea crece la expectativa por la nueva sede del ISA, con obras que tienen fecha de inauguración para fin de año.

Por la tarde, nada se detiene. Hay capacitaciones internas, ensayos del ballet y de los próximos estrenos, y el trabajo a pleno de los talleres de vestuario, escenografía, utilería, maquinaria. Todo eso se traduce en resultados extraordinarios. Más tarde, el preestreno de “La Ópera de Tres Centavos” en el Teatro Alvear. Y al caer la noche, una función de Otello.
La ópera Otello es una coproducción con el Auditorio de Tenerife y representa buena parte del nuevo rumbo del Teatro, impulsado por el jefe de Gobierno Jorge Macri. Se trata de entender al Colón no solo como una plataforma para mostrar nuestro talento al mundo, sino también para trabajar junto a grandes teatros, compartir los costos y la titularidad para hacer que la obra viaje.

A partir del año próximo esta producción recorrerá Europa y se convertirá, así, en un activo del Teatro —cultural y económico— que multiplica su alcance y fortalece su matriz de financiamiento. Buenos Aires deja de ser solo una sala que recibe. Pasa a ser un teatro que produce para el mundo.
La crítica acompaña el rumbo ubicando esta producción entre las grandes del Colón, un Verdi imponente que —escribió— “confirma… el buen rumbo en que está embarcado el primer coliseo”.

Una jornada así es la expresión de una misma estrategia: ampliar y formar públicos, abriendo la sala a quienes nunca habían entrado; formar talento, sosteniendo al Colón como cuna de artistas y dándole respaldo académico a esa tarea; trabajar en red con la Ciudad, articulando con sus políticas públicas de educación y cultura; y alcanzar la máxima excelencia artística con proyección internacional, haciendo de cada gran producción un activo que fortalece al Teatro.

Son cuatro ejes que persiguen una sola cosa: que el Colón sea de más personas y llegue más lejos. Pero, ¿quiénes sostienen todo esto? Detrás de una producción de la magnitud de Otello —y detrás de cualquier jornada— hay una comunidad de trabajo que la institución quiere reconocer especialmente.
Los talleres y los equipos de escenotecnia superaron todas las dificultades y alcanzaron un resultado excepcional. Los equipos de Archivo Musical, Servicios Auxiliares y escenario hicieron posible, además, la gala a beneficio del Hospital de Niños y resolvieron cada cambio con profesionalismo.

El personal de Sala recibió a públicos tan distintos —los niños de la mañana, el de la gala, el de la ópera— con la misma excelencia y la misma dedicación de siempre.
Y el equipo de Producción coordinó con precisión una multiplicidad de acciones simultáneas. Cada integrante del Colón hace posible el día a día. Bertolt Brecht distinguía a quienes luchan un día, a quienes luchan un año y a quienes luchan toda la vida. A estos últimos los llamaba los imprescindibles.

En cada costura, en cada escena, en cada nota, en cada ensayo y en cada función, el Teatro Colón está hecho de imprescindibles. Por ellos, donde empieza una orquesta, un ballet, una ópera —y donde empieza el trabajo de todos— empieza un futuro.



