
Los hongos viven de forma natural en nuestro cuerpo: en la piel, en los pliegues húmedos y en las vías respiratorias; así como en el tracto gastrointestinal y zonas mucosas como parte de la flora normal. Durante años, estos microorganismos se han estudiado por su influencia sobre la digestión, el sistema inmunitario y el metabolismo, pero una nueva investigación apunta a un papel mucho más inesperado: algunos hongos intestinales podrían ayudar al organismo a resistir el daño provocado por la radiación.
El protagonista de este descubrimiento es Mucor racemosus, un hongo filamentoso capaz de establecer una relación metabólica con las bacterias intestinales y con las propias células del huésped. El estudio llevado a cabo por investigadores chinos pone el foco en una parte de la microbiota que, hasta ahora, había recibido mucha menos atención: la microbiota intestinal, es decir, el conjunto de hongos que viven en el aparato digestivo. Mientras que buena parte de la investigación se ha concentrado en las levaduras, los autores señalan que los hongos filamentosos podrían desempeñar funciones activas en la regulación de la fisiología intestinal.
En este caso, Mucor racemosus parece actuar como un auténtico intermediario dentro del ecosistema intestinal. Los investigadores observaron que el hongo produce varios aminoácidos, entre ellos L-glutamato, L-aspartato y DL-lisina. Estas moléculas pueden ser aprovechadas por el organismo y, según los resultados del trabajo, contribuyen a mejorar la reparación del ADN en las células del epitelio intestinal después de la exposición a la radiación.
El mecanismo descrito por los expertos resulta especialmente relevante porque la radiación puede provocar daños en el ADN de las células. Cuando estos daños son demasiado numerosos o no se reparan correctamente, pueden comprometer la supervivencia y el funcionamiento de los tejidos. Por ello, cualquier mecanismo biológico capaz de favorecer la reparación celular podría tener interés para la investigación sobre radioprotección.
Los hongos y las bacterias intestinales
El hallazgo no termina en el propio hongo. Los científicos identificaron también una segunda vía de actuación basada en su interacción con las bacterias intestinales. M. racemosus produce metiltioadenosina, una molécula que parece modificar la composición y actividad de la comunidad bacteriana, favoreciendo especialmente a Limosilactobacillus reuteri.
El aumento de esta bacteria estaría relacionado con una modificación del metabolismo del azufre y con una mayor producción de metionina, un aminoácido que en el estudio aparece asociado a efectos protectores frente a la radiación. De esta manera, el hongo no actuaría únicamente sobre las células intestinales, sino que pondría en marcha una especie de cadena metabólica en la que participan diferentes miembros del ecosistema intestinal.
Los resultados fueron respaldados además mediante experimentos en animales. Según el estudio, la administración de queso fermentado con M. racemosus proporcionó protección frente a los efectos de la radiación. Este resultado refuerza la hipótesis de que el hongo puede influir de manera funcional en la resistencia del intestino al estrés provocado por la radiación.

Una nueva protección frente a la radiación
El descubrimiento abre una nueva línea de investigación sobre la relación entre hongos, bacterias y organismo. Hasta ahora, los hongos filamentosos intestinales se habían considerado en gran medida habitantes secundarios del microbioma. Los nuevos datos sugieren, en cambio, que pueden actuar como auténticos reguladores metabólicos.
Aun así, el hallazgo debe interpretarse con cautela. Que un mecanismo funcione en modelos experimentales no significa que pueda utilizarse ya para proteger a las personas frente a la radiación. Será necesario determinar cómo funciona exactamente en humanos, qué dosis serían seguras y eficaces y si los efectos observados pueden reproducirse fuera de las condiciones experimentales.
Por ahora, Mucor racemosus representa una sorprendente pieza del complejo ecosistema intestinal y plantea una posibilidad fascinante: que la protección frente a uno de los agentes físicos más dañinos pueda depender, al menos en parte, de los microorganismos que viven dentro de nuestro propio cuerpo.

