¿Por qué alguien espera frente a un semáforo en rojo en una calle completamente vacía? ¿Por qué respetamos determinadas normas aunque sepamos que nadie está observando y que probablemente no habrá castigo si las incumplimos? La psicología y la ciencia tienen las pistas.
Durante décadas, economistas, psicólogos y sociólogos discutieron distintas respuestas. Una posibilidad es que obedecemos porque tememos una sanción. Otra sostiene que nos interesa preservar nuestra reputación. También podría ocurrir que respetemos las normas para no perjudicar a los demás.
Pero una nueva investigación plantea que existe una razón todavía más básica. Muchas personas sienten que una regla debe respetarse simplemente porque es una regla.
El trabajo reunió a 14.034 participantes en cuatro series de experimentos y desarrolló un modelo denominado CRISP. Sus siglas representan cuatro fuerzas que pueden explicar el cumplimiento: respeto intrínseco por las reglas, incentivos externos, expectativas sociales y preferencias sociales relacionadas con el bienestar de otros.
Para separar esos factores, los investigadores diseñaron una situación deliberadamente artificial. Los participantes debían mover un círculo por una pantalla hasta una meta y recibían dinero dependiendo de cuánto tardaran.
En el camino aparecía un semáforo. La instrucción decía claramente que había que esperar hasta que cambiara de rojo a verde. Pero había una trampa, nadie los obligaba a hacerlo.
Podían atravesar inmediatamente el semáforo, llegar antes y ganar más dinero. Actuaban de manera anónima, solos y sin perjudicar a ninguna otra persona si decidían ignorar la regla. Aun así, una mayoría esperó.
Dependiendo de las condiciones experimentales, entre aproximadamente el 55% y el 70% de los participantes obedeció, llegando incluso a renunciar a una parte importante de sus posibles ganancias.
Para los investigadores, este comportamiento muestra que el miedo al castigo o el deseo de ayudar a otros no bastan para explicar por qué seguimos normas.
Ver a alguien romper una regla también cambia nuestra conducta
El estudio encontró, sin embargo, que ese respeto interno convive con aquello que creemos que los demás esperan de nosotros.
Cerca del 80% de los participantes consultados consideró que obedecer la regla era socialmente apropiado, mientras que alrededor del 90% veía su incumplimiento como inapropiado en algún grado.
Eso ocurría pese a que se trataba de una norma arbitraria dentro de un experimento y su incumplimiento no tenía víctimas.

La simple existencia de una regla parecía crear una expectativa sobre lo que “se supone” que debe hacerse. Los investigadores comprobaron también que observar a otras personas incumpliendo podía resultar contagioso.
En otra fase, algunos participantes vieron cómo supuestos compañeros atravesaban el semáforo sin esperar. Bastó observar a un solo infractor para que disminuyera de manera apreciable la probabilidad de obedecer.
Incluso cuando seis de seis compañeros rompían la regla, alrededor del 55% de los participantes seguía respetándola en algunas condiciones. Es decir, ver a todo el mundo desobedecer aumentaba las infracciones, pero no eliminaba completamente la tendencia a cumplir.
Además, la experiencia podía dejar huella. Quienes previamente habían observado a otros saltarse la norma mostraron después una mayor probabilidad de incumplirla cuando volvieron a realizar la tarea completamente solos.
El trabajo encontró también un grupo de que respetaba las reglas independientemente de lo que hicieran o pensaran los demás. Para los autores, representan la forma más clara de respeto intrínseco por una norma.
Eso no significa que cualquier regla sea buena ni que obedecer siempre sea necesariamente deseable. Lo que sí demuestra es algo básico sobre la conducta humana. Muchas veces no necesitamos un policía, una cámara ni una amenaza para obedecer.



