
El sábado 6 de abril de 1811 los habitantes de Buenos Aires amanecieron con la Plaza Mayor colmada de agricultores, labradores y artesanos, y llamó la atención la presencia de tropas de infantería, caballería y artillería, de casi toda la guarnición de la ciudad. Solo faltaba el regimiento de América, que había sido la primera unidad militar nacida después del 25 de mayo de 1810 y que estaba al mando del morenista Domingo French.
Cuando se le preguntaban a esos hombres por qué habían ido, qué es lo que estaban haciendo, respondían que lo ignoraban, que hablasen con los que mandaban.

Eran “los orilleros”, la gente que vivía en las afueras, y que subsistían trabajando la tierra, elaborando artesanías o dedicándose a diversos oficios. Esta denominación los diferenciaba de los llamados “vecinos”, los habitantes considerados “respetables”, que acreditaban domicilio, casa propia, profesión y linaje.
Por entonces, Buenos Aires era una alejada aldea de casas chatas y calles de tierra llena de desperdicios, y que los visitantes que llegaban en barco solo distinguían los campanarios de las iglesias. Las edificaciones se levantaban en torno a la plaza cortada al medio por la recova, una construcción con cuarenta locales donde se vendía de todo y con una arcada en el centro. Se destacaban en torno a la plaza el fuerte, el Cabildo y la Catedral (no con el aspecto que presenta actualmente), y en sus alrededores. En las afueras, los pobladores solían quedar aislados cuando alguno de los arroyos que atravesaban la ciudad, desbordaba.
La ciudad se dividía en cuarteles y barrios, y en cada uno de ellos los alcaldes de barrios eran los encargados de velar por el orden, la seguridad y todo aquello que hacía a la organización urbana de esa comunidad. Ellos los habían movilizado en la noche del 5 y los habían llevado a los Corrales de Miserere, y a la medianoche aparecieron en la plaza, junto con la guarnición. Ese mismo día, el albañil Francisco Cañete y su gente comenzaban a excavar un pozo en la plaza, bien frente al cabildo, para fijar los cimientos de lo que sería la famosa Pirámide de Mayo, porque el gobierno quería festejar el primer año de revolución.

Cerca de las dos de la mañana, los funcionarios del Cabildo y los miembros de la Junta fueron al Fuerte a ver qué pretendían la cantidad de gente que se había apoderado de la plaza.
Ellos aún no lo sabían, pero estaban protagonizando la primera asonada popular después del 25 de mayo de 1810, fogoneada por dos saavedristas, Joaquín Campana y Tomás Grigera. Respondía a una grieta que había comenzado a manifestarse el año anterior con la puja entre morenistas y los que seguían al presidente de la Primera Junta.
En enero de 1811 el gobierno festejaba que por fin se había alcanzado “la unidad de ideas y conformidad de sentimientos” con la incorporación de los diputados del interior a la llamada Junta Grande. Los representantes provincianos se acomodarían cerca del saavedrismo.
Pero el nuevo gobierno carecía de un plan concreto de acción, matiz que enseguida percibió el sector morenista, y los ánimos se caldearon un poco más cuando se conoció la llegada a Montevideo de Francisco Javier de Elío, nombrado por la Regencia virrey del Río de la Plata.

No vinieron tan buenas noticias de la campaña de Manuel Belgrano al Paraguay, que había terminado con un armisticio y que dispararía un proceso que terminaría en una revolución en ese país, y en el ámbito local De Elío le declaró la guerra a la rebelde Buenos Aires. Luego de un breve combate naval en San Nicolás, el 2 de marzo, donde la incipiente escuadra patriota al mando de Juan Bautista Azopardo terminó derrotada por los realistas, y las fuerzas de Belgrano, que volvían del Paraguay, sitiaron, con el auxilio de tropas orientales, la ciudad de Montevideo.
El sentir popular era que estábamos librados a la buena de Dios. En ese panorama, los morenistas sintieron un volver a vivir y se sucedían las reuniones, donde la gente clamaba por acción.
La Junta no sabía qué hacer, y no tuvo mejor idea que decretar la expulsión de los españoles solteros, que ante cualquier conmoción interna, eran apuntados como los principales culpables. Luego del 25 de mayo de 1810 los españoles residentes en Buenos Aires eran vistos como el enemigo, y más los solteros, porque al no tener compromisos con una familia para mantener, estarían dispuestos a usar sus recursos para invertirlos en movimientos contrarrevolucionarios.

La medida provocó que diversas expresiones políticas coincidieran en la inoportunidad de la medida, y la Junta terminó cediendo a las protestas.
Entonces, el saavedrismo consideró oportuno desembarazarse de la oposición morenista. Para ello se valió del liderazgo y la ascendencia de la gente de las afueras, donde personalidades como Joaquín Campana y Tomás Grigera tenían gran influencia y predicamento.
Campana había nacido en Villa San Carlos, en la Banda Oriental, en 1782 y vivió en Montevideo. Estudió en el Real Colegio de San Carlos y en la Universidad de Córdoba se graduó de doctor en leyes. De padre irlandés, cambió su apellido Campbell por Campana. Peleó en las invasiones inglesas y en las jornadas de mayo de 1810 fue el secretario de Cornelio Saavedra.
Por su parte, Grigera, nacido en 1753, desde 1801 vivía en una chacra en lo que hoy es Lomas de Zamora. También luchó contra el invasor inglés, y en su terruño era famoso por su carácter componedor y conciliador entre los labradores, lo que le valió los apodos de “alcalde de las quintas” o “caudillo de los quinteros”. Era amigo personal de Saavedra.

Al mediodía del 6, finalmente el gobierno recibió un largo petitorio de 17 puntos, con la advertencia de que el pueblo no se movería hasta tanto no se diera curso a lo requerido.
Pedían la expulsión de los españoles solteros, una medida que la Junta había dejado en pausa. El sector morenista se había opuesto fuertemente a esta medida que el gobierno había anunciado en marzo.
En el mismo sentido, se exigía la separación de los miembros de la junta Vieytes, Rodríguez Peña, Azcuénaga y Larrea, que le devolviesen a Saavedra el poder militar, quitarle la jerarquía de brigadier a Manuel Belgrano y enjuiciarlo por su campaña al Paraguay.
La junta, acorralada, cedió, y Campana se convirtió en secretario de gobierno y de guerra, el mismo cargo que había ocupado Mariano Moreno en la Primera Junta. Belgrano, que estaba en la Banda Oriental, fue reemplazado por José Rondeau (A Belgrano se lo declararía luego libre de culpa y cargo) y se creó un Tribunal de seguridad pública, que se dedicó a perseguir a los enemigos del gobierno.
Los saavedristas aseguraron que el movimiento apuntaba contra los “hombres fanáticos” que querían establecer una “furiosa democracia” y subvertir el orden social y la religión. Dicho de otro modo, a los morenistas.
Saavedra se mostró sorprendido por la irrupción de este movimiento, así como uno de sus colaboradores, el Deán Gregorio Funes, a quien fueron a despertar para informarle de lo que estaba pasando.
Las medidas adoptadas no hicieron que echar más nafta al fuego, y los dardos de la oposición se centró en que el gobierno estaba copado por provincianos, en referencia a los diputados del interior.
El ambiente se agravó más cuando llegó la noticia de la derrota de Huaqui, ocurrida el 20 de junio, y la dispersión del famoso Ejército Auxiliador. Fue tal el golpe que Saavedra se dirigió al norte para reordenar a una tropa totalmente desmoralizada. El no lo sabía, pero ya no volvería nunca más al poder.
El gobierno, sintiéndose que todo se derrumbaba, optó por cruzar el charco y negociar con De Elío, quien había declarado a Montevideo capital del virreinato del Río de la Plata. En forma preliminar acordaron que Buenos Aires reconocía que las provincias a su mando formaban parte de España y se comprometían a enviar diputados a las cortes y ayuda a ese reino. Esto no hizo más que acrecentar la oposición. El conflicto entre la Junta y el Cabildo no se hizo esperar. Este último decidió ser el representante del sentir popular, recobrando el protagonismo que había tenido en la jornada de mayo del año anterior.
El gobierno cedió, y en la noche del 16 de septiembre una compañía de Húsares fue a buscarlo a Campana a su casa. El hombre pensó que lo matarían allí mismo. Fue desterrado a San Antonio de Areco.
Se decidió formar un poder ejecutivo provisorio, que se llamaría Primer Triunvirato. Estaría conformado por Feliciano Chiclana, Manuel de Sarratea y Juan José Paso. El resto de los miembros de la junta permanecería como una suerte de cuerpo legislativo, aunque sin funciones definidas, y quedarían agrupados en lo que se llamó Junta Consultiva.
Saavedra terminó separado del gobierno y cuando se planeaba detenerlo y confinarlo en San Juan, escapó con su hijo de 10 años a Chile. Pero en 1814, ante el avance de las tropas españolas en Copiapó, su esposa fue la que pidió se le permitiese regresar. El que dio autorización fue el gobernador de Cuyo, José de San Martín.
Ya con otro gobierno se le devolvió el grado militar, se lo designó en un cargo menor en el ejército y la muerte lo sorprendió en su campo en Zárate, el 29 de marzo de 1829.
Grigera también fue detenido, y cuando una disposición de la Asamblea General Constituyente lo liberó en 1813, se retiró de la vida pública. Se dedicó al trabajo en el campo con tal intensidad, que en 1819 el gobierno le editó un Manual de Agricultura, que en sus 45 páginas incluye un calendario anual de siembra y consejos para los cultivos. Es el primer tratado sobre la materia escrito e impreso en el país.
Con Campana hubo ensañamiento. Después de haber permanecido confinado en Areco, se mudó con la familia a Chascomús, con la prohibición de regresar a la ciudad. En 1829 decidió radicarse en Montevideo, donde vivió del ejercicio de su profesión. También fue legislador en varias oportunidades, miembro del Superior Tribunal de Justicia e Inspector General de Instrucción Pública.
Cuando los vientos políticos cambiaron en su país, regresó a Buenos Aires, donde el 12 de septiembre de 1847 falleció uno de los protagonistas de la primera insurrección popular llevada a cabo por la gente de las orillas, esas a las que se les dificultaba llegar a la plaza cuando el arroyo desbordaba.



