
Este lunes, 31 de agosto, se cumplen 29 años de la muerte de Diana de Gales. Casi tres décadas después de aquel accidente que conmocionó al mundo, la figura de Lady Di continúa formando parte del imaginario colectivo. Su nombre permanece ligado a una manera diferente de entender la realeza, basada en la cercanía, la espontaneidad y una exposición pública que, lejos de limitarse a las obligaciones de palacio, terminó convirtiéndose en una poderosa herramienta para visibilizar causas sociales.
La efeméride llega, además, en un momento en el que su hijo menor, el príncipe Harry, vuelve a situarse en el centro de la actualidad británica tras regresar al Reino Unido junto a su familia después de varios años viviendo en Estados Unidos. Su historia, marcada también por el distanciamiento de la institución, inevitablemente recuerda a la de una mujer que décadas antes decidió desafiar buena parte de las expectativas que acompañaban a su posición.
Para Ana Jiménez, experta en protocolo y marca de autoridad, una de las claves del fenómeno de Diana estuvo precisamente en su capacidad para cuestionar las reglas no escritas de la monarquía. Sin embargo, considera que el éxito de aquella estrategia no estuvo simplemente en saltarse el protocolo.
“Lo verdaderamente importante es qué puso en su lugar”, explica. Diana comprendió que una figura institucional podía ejercer autoridad sin necesidad de mantener siempre una barrera con el ciudadano. Frente a la solemnidad tradicional de la Corona, introdujo gestos de afecto, emoción y naturalidad que hicieron que millones de personas sintieran que podían identificarse con ella.

El protocolo dejó de ser una barrera
La princesa de Gales convirtió muchos de sus gestos cotidianos en auténticos mensajes. Abrazar, estrechar una mano, mostrar preocupación o acercarse físicamente a personas que atravesaban situaciones difíciles podían parecer acciones sencillas, pero adquirían una enorme repercusión cuando las realizaba una de las mujeres más fotografiadas del planeta.
Uno de los ejemplos más recordados llegó durante la crisis del VIH y el sida. En una época en la que todavía existía un profundo desconocimiento sobre la enfermedad y numerosos prejuicios hacia quienes la padecían, Diana estrechó públicamente la mano de personas con VIH. “Se acercó a asuntos incómodos, cuestionó determinados códigos y tomó decisiones sabiendo que podían generar críticas”, indica.

Para Jiménez, aquella escena demuestra hasta qué punto un gesto puede superar el impacto de un discurso. “Hay momentos en los que lo que haces comunica muchísimo más que lo que dices, y además lo hacía desde una posición especialmente poderosa”, señala. La princesa no necesitó pronunciar un largo alegato para cuestionar el estigma: su comportamiento transmitió un mensaje de normalidad en cuestión de segundos.
Además, Diana consiguió algo todavía más importante: utilizar una atención mediática que inicialmente se centraba en ella para dirigir el foco hacia otras personas. Su popularidad pasó así de ser una característica personal a convertirse en una herramienta de influencia. “No era una activista desconocida intentando llamar la atención sobre una causa; era una de las mujeres más observadas del planeta. Por eso, cuando ella normalizaba ese contacto, estaba utilizando toda su visibilidad y toda su influencia para cuestionar un prejuicio social”, reflexiona la experta.
De princesa a ‘princesa del pueblo’
La transformación de Diana también quedó reflejada en el sobrenombre que terminó acompañándola: ‘la princesa del pueblo’. Para Ana Jiménez, la diferencia entre ambos conceptos es fundamental. Mientras que el título de princesa procedía de la institución, aquella nueva denominación fue otorgada por la ciudadanía. “Fue un lugar que le dio la gente”, explica. En ese momento, la relevancia de Diana dejó de depender exclusivamente de su pertenencia a la familia real británica.
Su nombre comenzó a representar una serie de valores: empatía, humanidad, valentía y proximidad. Había logrado construir una identidad pública reconocible incluso más allá de su matrimonio con el entonces príncipe Carlos y de sus obligaciones oficiales.

Una marca construida sobre cuatro pilares
En términos de marca personal, esa transformación “consiguió algo dificilísimo: que su nombre empezara a representar una idea”. La Corona le proporcionó inicialmente visibilidad y autoridad, pero fue la conexión emocional con la sociedad la que consolidó su reputación. “Diana ya no era importante solamente por quién era o con quién se había casado, sino por aquello que la gente sentía que representaba. Pero la legitimidad emocional se la dio el público”, indica Jiménez.
La experta identifica cuatro elementos fundamentales para comprender el fenómeno Diana: humanidad, coherencia, valentía y propósito. La humanidad fue probablemente el rasgo más evidente. Diana permitía mostrar emociones y reducía la distancia que tradicionalmente separaba a la realeza de la ciudadanía. Pero esa cercanía no habría tenido el mismo efecto sin coherencia. Sus gestos debían estar respaldados por comportamientos continuados y por un compromiso real con las cuestiones que defendía.
A ello se sumó la valentía para adentrarse en terrenos incómodos y asumir posibles críticas. Y, finalmente, el propósito: utilizar su enorme exposición para llamar la atención sobre colectivos y problemas que necesitaban visibilidad. “Diana no consiguió únicamente que la gente supiera quién era. Consiguió que supiera qué representaba”, resume Jiménez. Ahí estaría, precisamente, la razón por la que su imagen continúa teniendo fuerza 29 años después de su muerte.
Harry y Meghan, ¿los herederos de su ruptura?
La trayectoria del príncipe Harry y Meghan Markle también ha provocado comparaciones inevitables con Diana. Los “tres cuestionaron el papel que se esperaba que desempeñaran y tomaron decisiones personales aun sabiendo que tendrían un enorme coste público. Desde ese punto de vista, hay una reivindicación de la libertad individual y del derecho a construir una vida fuera de las expectativas de la institución”, reflexiona.
Sin embargo, Jiménez considera que la comparación tiene límites. Romper con la institución no significa automáticamente continuar el legado de Diana. La gran diferencia está en aquello que cada uno construye después de la ruptura.

En el caso de Diana, su enfrentamiento con determinadas normas terminó quedando eclipsado por un propósito público mucho más amplio. En Harry y Meghan, en cambio, la relación con la familia real continúa teniendo un peso considerable en su identidad pública: “Hay quienes interpretan sus decisiones como valentía y defensa de su bienestar, y quienes consideran que existe una contradicción entre querer alejarse de la institución y continuar utilizando públicamente parte del capital de notoriedad asociado a ella”.
“No puedes construir tu marca eternamente en oposición a aquello que has dejado atrás”, apunta la experta. Por ello, explica que su principal desafío será lograr que sus proyectos, valores y causas tengan suficiente entidad para definirlos por sí mismos: “Si la conversación continúa dependiendo principalmente de la familia real, esa independencia de marca nunca será completa”.