La cascada más alta del mundo triplica la altura del Empire State de Nueva York y supera al Burj Khalifa de Dubái, el edificio que ostenta el récord Guinness. Ubicada en el sureste de Venezuela, precisamente en la meseta de Guayana, en el estado Bolívar, este Patrimonio Mundial de la UNESCO fascina a los turistas por sus propias marcas: el Salto Ángel tiene una caída total de 979 metros y 150 metros de ancho en su base.
A pesar de que su acceso no es un asunto sencillo, debido a que la zona se encuentra aislada por la espesa selva y los tepuyes hacen peligrosa la navegación aérea, una pareja de argentinos emprendió la aventura de conocer una de las atracciones naturales más fascinantes de Sudamérica.
Para Carolina Fenoy, de 33 años, y Santiago Bertaina, de 37, la llegada al Salto Ángel implicó mucho más que contemplar una enorme caída de agua. “Fueron cinco horas de navegación, una hora de caminata, contacto extremo con la naturaleza, encuentros con comunidades indígenas y una noche en medio de la selva”, recodaron sobre su travesía. También hubo lluvia, humedad, mosquitos, piedras resbaladizas y momentos en los que el clima amenazó con esconder la cascada detrás de las nubes.
“Nosotros estuvimos cinco días, con lo cual nos permitió dedicarle dos días al Salto Ángel”, contaron a Infobae, quienes documentaron toda su travesía en su redes sociales @hakunamatataxelmundo.
Esa decisión fue fundamental: en lugar de hacer una excursión rápida y regresar en el día, eligieron quedarse en una noche en el campamento que hay frente a la cascada para tener tiempo de verla cambiar con las condiciones del cielo y vivir el lugar sin apuro.

Ellos están en pareja desde hace 8 años y en enero de 2020 decidieron dejar la vida de oficina para hacer turismo a bordo de un motohome. Se conocieron trabajando en una empresa alimenticia multinacional, en Córdoba, y al año de ponerse de novios surgió la idea de renunciar, vender sus pertenencias y recorrer el mundo.
Durante su recorrida por América, ingresaron en vehículo a Venezuela, lo dejaron en Caracas y volaron hacia Canaima -próxima a Brasil y muy alejada de los principales centros urbanos- para conocer el Parque Nacional y el Salto Ángel.
Su aislamiento geográfico es precisamente uno de los factores que hacen que llegar al Salto Ángel requiera una logística especial. “No existe una ruta terrestre que permita acceder directamente a Canaima. Sí o sí tenés que llegar en avión. Y una vez allí, los desplazamientos se realizan principalmente por agua”, explicó Santiago.
Canaima: el primer encuentro con un paisaje extraordinario
Canaima funciona como una especie de puerta de entrada a un territorio donde el paisaje es protagonista. Los guías locales organizan excursiones a diferentes saltos de agua, pozones naturales y sectores de la Gran Sabana.

Antes de emprender el viaje hacia la cascada, Carolina y Santiago tuvieron la posibilidad de recorrer los alrededores del lugar, que ya anticipaba lo que encontrarían durante los días siguientes: ríos, lagunas, cascadas y enormes formaciones rocosas.
Para Carolina, ese paisaje fue una de las grandes sorpresas del recorrido. “Los paisajes mientras uno va navegando son increíbles porque son todos tepuyes, que son todos así como rectos arriba, y con muchas caídas muy imponentes”, describió.
Una de las primeras experiencias fue acercarse a otras cascadas de la zona. Mientras los saltos El Sapo y El Hacha permite que los viajeros puedan caminar hasta colocarse detrás de la cortina de agua, el Salto Ucaima solo puede visitarse en canoa y el Salto Golondrina hace que el paisaje cambie según la fuerza del caudal.

“El recorrido depende de las condiciones del río y del nivel del agua. Por eso, se recomienda realizar la excursión durante la temporada de lluvias”, precisó Carolina, ya que cuando el caudal es bajo, algunas partes del recorrido dejan de ser navegables y los pasajeros deben bajar de la embarcación para continuar caminando.
El terreno, sin embargo, exige atención. Las piedras mojadas pueden ser resbaladizas y los guías recomiendan extremar las precauciones. Y más aún cuando la mirada está puesta en el escenario que conforma la Gran Sabana, donde aparecen enormes formaciones rocosas de paredes casi verticales y cumbres planas que parecen surgir desde la vegetación.
“Antes de llegar al destino final, la expedición también tuvo un componente cultural ya que visitamos la comunidad indígena de Mayupa, perteneciente al pueblo pemón”, contaron los argentinos.
El lugar permitió conocer otra dimensión de Canaima: la vida de las comunidades que habitan desde hace generaciones en ese territorio. “La comunidad cuenta con una escuela y una iglesia que funcionan como puntos de encuentro para familias que viven dispersas en una región extensa”, relataron.
Para los viajeros, esa parada permitió comprender que el Salto Ángel y el Parque Nacional no son solamente destinos turísticos, sino también territorios donde las comunidades indígenas mantienen su vínculo cotidiano con el ambiente.

Después de casi cinco horas de navegación, apareció el Salto Ángel
La primera impresión que tuvieron Carolina y Santiago fue la de encontrarse frente a una caída de agua descomunal, en un entorno prácticamente intacto y sin la infraestructura turística que caracteriza a otros grandes destinos naturales.
El acercamiento comienza incluso antes de desembarcar. “Mientras uno va paseando por el río, como en el último tramo de la navegación, también lo ves”, contó Carolina. Y cuando finalmente llegaron hasta la caída, la dimensión del lugar se hizo todavía más evidente.
“Cuando hacés esa caminata y llegás ahí, a la caída, levantás la cabeza y la tenés”, relató Carolina. La experiencia, además, no consiste simplemente en observarla desde un mirador: los visitantes llegan prácticamente hasta sus pies y sienten el agua que cae desde cientos de metros de altura.
Sin embargo, después de acercarse hasta la base, ellos decidieron alejarse un poco para conseguir una perspectiva más amplia. “Cuanto más lejos estás, mejor vista tenés”, remarcó.
Dormir frente a una de las maravillas naturales
La pareja eligió una modalidad que les permitió disfrutar del lugar durante más tiempo. En lugar de hacer la excursión de ida y vuelta en el mismo día, se quedaron a dormir frente al Salto Ángel, en un refugio donde pasaron la noche en hamacas colgadas.

La noche fue, para Carolina, uno de los momentos más especiales del viaje. La experiencia incluso se conectó con recuerdos de su infancia y de las películas que había visto años atrás, ya que en ese escenario se filmaron Up y Avatar.
Además, pasar la noche allí tuvo una ventaja fundamental: el clima. La zona es extremadamente húmeda y las nubes pueden cubrir parcialmente la cascada. “Si la excursión dura apenas unas horas, existe el riesgo de llegar justo cuando el Salto Ángel queda oculto por la neblina”, advirtió Carolina.
“Al quedarte a dormir enfrente, nosotros tuvimos, ponele que llegamos un día al mediodía, estuvimos todo ese día y al día siguiente toda la mañana. Entonces, en algún momento tenés más chance de que se despeje y que la puedas ver bien nítida”, explicó Santiago.
Así, la espera también formó parte de la aventura. No se trató solamente de llegar, sacar una foto y regresar, sino de permanecer allí hasta encontrar el momento en que las nubes permitieran apreciar la caída en toda su magnitud.
Sin pasarelas ni grandes miradores
Una de las particularidades que más sorprendió a la pareja fue la ausencia de infraestructura. A diferencia de otros grandes atractivos naturales, como las Cataratas del Iguazú, en el entorno del Salto Ángel no hay pasarelas, grandes miradores ni caminos preparados para los turistas. “Es un lugar como bastante inhóspito, donde todo se mantiene en estado natural”, explicó Santiago.

Por eso, una vez que llegan, los visitantes van buscando por su cuenta desde dónde contemplar mejor la cascada. De todos modos, la inmensidad del Salto Ángel hace que no sea necesario encontrar un único punto perfecto. “Como es tan imponente y tan grande, se ve desde muchísimos ángulos”, señaló Santiago.
Un lugar remoto y mayormente visitado por extranjeros
Los argentinos contaron que, a diferencia de la Garganta del Diablo -uno de los saltos que conforman las Cataratas del Iguazú-, la única forma de tener una visión panorámica desde arriba de la cascada es sobrevolar en helicóptero. “Por medio de la caminata convencional es imposible porque no hay senderos que te lleven a la cima”, detallaron.
La distancia y la logística hacen que la visita al Salto Ángel sea una experiencia costosa. Durante su recorrido, Carolina y Santiago se sorprendieron al comprobar que la mayoría de los visitantes que encontraron eran extranjeros.

“Hay muy poco turismo local porque la única forma es llegar en avión y para ellos es muy caro”, enfatizó Santiago, en alusión a que hoy en día el precio de un boleto de avión de Caracas a Canaima vale aproximadamente USD 250 por la aerolínea venezolana Conviasa.
Antes de despedirse de Canaima, la pareja aprovechó el último día para conocer otros atractivos de la región, entre ellos Pozo Azul, un espejo de agua de tonalidades intensas cuyo tono se acentúa con la luz del sol.
Tras navegar por el canal Moroko, un estrecho y sereno brazo del río Carrao, desembarcaron en tierra para iniciar una caminata de 30 minutos hasta llegar al pozo y disfrutar de un baño revitalizante.

Para Carolina y Santiago, visitar Canaima fue mucho más que una excursión turística. Fue una experiencia que exigió tiempo, paciencia y capacidad de adaptación. Porque en medio de la selva, la aventura no termina cuando aparece el destino. El viaje también está en el río, en los tepuyes, en las comunidades, en la lluvia, en la espera y en ese instante en que finalmente las nubes se abren y permiten ver, completa, una de las mayores maravillas naturales del planeta.