
En su reporte “El auge de la SHEconomy”, Morgan Stanley proyectó que el 45% de las mujeres estadounidenses de entre 25 y 44 años estarían solteras —es decir, no casadas— para 2030. La estimación forma parte de un análisis sobre los cambios en los hábitos de consumo y en la participación económica de las mujeres.
Aunque la proyección fue publicada en 2019, volvió a ser replicada en los últimos días por medios estadounidenses, que recuperaron la cifra al hablar sobre las tendencias de matrimonio y soltería en Estados Unidos.
También, el matrimonio registra una paradoja que los datos exponen con claridad: quienes están casados son entre dos y tres veces más felices que sus pares solteros y sin hijos, según cifras recogidas en el libro Get Married, de Brad Wilcox, profesor de sociología y director del National Marriage Project de la Universidad de Virginia. Sin embargo, cada año menos adultos jóvenes deciden dar ese paso.
El fenómeno no ocurre en el vacío. En paralelo, un número creciente de mujeres en edad laboral está redefiniendo su posición en la economía del país como fuerza de trabajo independiente y como factor de gastos.

El 45% de las mujeres estaría soltera en 2030
Con base en datos históricos de la Oficina del Censo y proyecciones de Morgan Stanley, el 45% de las mujeres en edad laboral será soltera para 2030, la proporción más alta registrada, frente al 41% de 2018.
La investigadora Lauren Cassel, analista de Retail Equity de Morgan Stanley, señaló que las mujeres solteras gastan más que el hogar promedio en categorías como indumentaria, cuidado personal, gastronomía y automóviles de lujo y eléctricos.
Las mujeres ya aportan cerca de USD 7.000 millones anuales al producto bruto interno de Estados Unidos, según el Center for American Progress, y son las compradoras principales en el 72% de los hogares, de acuerdo con encuestas de MRI-Simmons.
Son también las principales sostén económico en casi el 40% del total de hogares del país. A medida que crezca la proporción de mujeres solteras con ingresos en alza, ese peso en el consumo discrecional se profundizará.

La brecha salarial se redujo pero la maternidad sigue siendo el factor determinante
En 1980, las mujeres ganaban 64 centavos por cada dólar que percibía un hombre, según la Oficina de Estadísticas Laborales (BLS). Hoy esa cifra oscila entre 77 y 85 centavos.
Ellen Zentner, economista jefe para Estados Unidos de Morgan Stanley, atribuye la brecha que persiste principalmente a la maternidad: “Hoy, la maternidad es, por lejos, el mayor factor que contribuye a la brecha salarial, dado que las mujeres que se convierten en madres con frecuencia eligen dejar de trabajar o reducir sus horas”.
El aumento proyectado de mujeres solteras en la fuerza laboral podría presionar al alza los salarios femeninos. Las mujeres que optan por no casarse o que postergan el matrimonio tienden a trabajar a tiempo completo durante períodos más prolongados, lo que eleva la tasa de participación laboral femenina y, en consecuencia, su poder de negociación salarial.

Cada vez menos jóvenes eligen casarse en Estados Unidos
La cantidad de adultos solteros en Estados Unidos pasó de 70 millones en 1990 a cerca de 111 millones en 2023, según datos del Pew Research Center citados por The New York Times. La tasa de matrimonios del país tocó en 2019 su nivel más bajo en 140 años y, pese a una leve recuperación posterior, no logró volver a los valores previos de manera sostenida.
“Antes decíamos que no sabíamos si el matrimonio se estaba postergando o directamente se estaba dejando de lado. Creo que ahora la evidencia es bastante clara: no se trata solo de que los adultos posterguen el matrimonio”, señaló Richard Fry, investigador de tendencias sociales y demográficas de Pew. Según Fry, cada vez más personas optan directamente por descartarlo.
El fenómeno atraviesa a distintas generaciones por motivos diferentes. Shani Silver, de 43 años, autora del libro What If We Never Get Married? A Happily Ever Answer y conductora del podcast A Single Serving Podcast, sostuvo que su generación creció con la expectativa de que el matrimonio y la formación de una familia llegarían de manera natural.
“Como millennials, llegamos a la edad en la que nos habían prometido que todo esto pasaría, y nunca pasó”, dijo la autora al The New York Times.
Silver también apuntó a una asimetría entre los géneros a la hora de asumir el compromiso. “Trabajamos en nosotras mismas durante toda la vida para convertirnos en las parejas deseables que nos dijeron que debíamos ser, pero los hombres no evolucionaron al mismo ritmo. Se estancaron”, afirmó.
Para la generación más joven, la disyuntiva se mantiene abierta. Alia Rose Ginevra, de 22 años, describió a la generación Z como más reacia al riesgo que sus antecesoras, lo que —según planteó en una columna para el diario estudiantil de la Universidad de Toronto— podría traducirse en una mayor postergación o directamente en el abandono del matrimonio como proyecto de vida.
Al mismo tiempo, reconoció que otro sector de sus pares aspira a casarse en busca de estabilidad, cansado de la dinámica de las aplicaciones de citas.

No todos los especialistas interpretan estos datos como el fin del matrimonio como institución.
Wendy D. Manning, codirectora del National Center for Family and Marriage Research de la Universidad Estatal de Bowling Green, consideró que el descenso responde en gran medida al aumento de la edad promedio al primer matrimonio, no a un rechazo generalizado.
“El matrimonio sigue siendo enormemente valorado”, sostuvo Manning al The New York Times, y agregó que un tercio de los matrimonios actuales incluyen al menos a un cónyuge que ya estuvo casado antes, un dato que refleja el atractivo que la institución conserva incluso después de una primera experiencia fallida.
La paradoja del matrimonio: percibido negativamente pero con resultados positivos
Frente a estos cambios demográficos y económicos, Wilcox sostiene que el matrimonio sigue siendo el arreglo que más consistentemente se asocia con el bienestar.
En una entrevista con el podcast Make It Make Sense de The Washington Post, el académico describió lo que denomina “la paradoja del matrimonio”: la reputación pública de la institución declina mientras la experiencia real de quienes están casados muestra niveles altos —y posiblemente crecientes— de satisfacción.
Entre 60 y 65% de las personas casadas en Estados Unidos declaran ser muy felices en su matrimonio, según cifras citadas por Wilcox. Estar casado eleva en un 151% las probabilidades de ser muy feliz; estar en un matrimonio muy feliz, en un 545%. Tener un empleo estable mejora esas probabilidades en un 145%.

Narrativa dominante en medios y redes contradice los datos sobre el matrimonio
Wilcox identificó como uno de los principales obstáculos para el matrimonio la forma en que los medios y las plataformas digitales retratan la institución.
Citó como ejemplo un artículo de The New York Times que describía el matrimonio y la maternidad como caminos hacia la infelicidad. “La mayoría de las mujeres jóvenes percibe el matrimonio y la maternidad como transiciones de pérdida, no de ganancia”, afirmó en la entrevista.
El académico también analizó el debate político en torno al matrimonio. Advirtió que el movimiento “tradwife” (“esposa tradicional”) y otras corrientes de la derecha pueden resultar contraproducentes, especialmente entre mujeres jóvenes y progresistas.
“Hay mensajes de la derecha que pueden resultar disuasivos, en particular para mujeres más jóvenes y con posiciones progresistas. No hay duda de eso”, señaló Wilcox.
En contraste, destacó la existencia de voces del campo progresista —como la psicóloga Darby Saxbe, de la Universidad del Sur de California (USC)— que también reivindican los beneficios de la familia y la paternidad desde una perspectiva secular.
Casarse joven tiene ventajas pero también mayor riesgo de divorcio
Sobre la edad ideal para casarse, Wilcox reconoció que las parejas que lo hacen a mediados de los 20 tienden a ser algo más felices —en parte porque crecen juntas— y maximizan la ventana para tener hijos. Pero aclaró que la evidencia señala que casarse a finales de los 20 o a comienzos de los 30 es el patrón más estable.

Para quienes ya están casados, el académico subrayó el papel del entorno social: rodearse de parejas que valoran el matrimonio y la familia influye, según los datos, en la calidad y durabilidad del vínculo.
Repasó investigaciones de su colega Wendy Wang que indican que las parejas que se conocen en persona —en ambientes como la universidad, iglesias o clubes deportivos— tienen más probabilidades de tener un matrimonio estable que quienes se conectan a través de aplicaciones.




