En una de las zonas más tradicionales de Retiro, sobre Esmeralda al 1300, existe un edificio que durante décadas quedó a la sombra de su vecino más famoso. Comparte apellido, lenguaje arquitectónico y una fuerte impronta francesa, aunque no forma parte del célebre Palacio Estrugamou de Juncal y Esmeralda.
Es el Petit Estrugamou, también conocido como el “Estrugamou Chico”, una construcción independiente que conserva buena parte del espíritu de los grandes edificios de renta que transformaron Buenos Aires durante las primeras décadas del siglo XX.
La diferencia entre ambos también explica su apodo. El Palacio Estrugamou fue concebido como una construcción monumental, mientras que el edificio de Esmeralda tiene una escala más íntima y departamentos de superficies más contenidas. Comparten, sin embargo, una misma idea: interiores amplios, materiales nobles, detalles de época y una arquitectura destinada a familias que buscaban mantener cierto estatus aun cuando dejaban las grandes casas individuales para mudarse a departamentos.
Hoy, 100 años después de aquella transformación de Buenos Aires, una unidad del Petit Estrugamou aparece en el mercado por US$550.000. Tiene 153 m2 cubiertos, cuatro ambientes, tres dormitorios y dependencia. Otras unidades del edificio también se ofrecen por encima de los US$400.000.
Un apellido ligado a la tierra y a Buenos Aires
Para entender por qué este edificio lleva el apellido Estrugamou hay que retroceder hasta una familia de origen vasco-francés que construyó buena parte de su patrimonio en la Argentina a través de la actividad agropecuaria y las inversiones inmobiliarias.

Alejandro Fernando Estrugamou Larrart nació en Rosario el 10 de julio de 1855 y murió el 24 de octubre de 1937. Fue una figura importante en el desarrollo de Venado Tuerto, Santa Fe, y en la expansión productiva de su zona de influencia. Casado con Rosa Isabel Turner Casey, tuvo cinco hijos.
La familia extendió sus negocios a la actividad lechera y ganadera, además de incorporar grandes extensiones de tierra y propiedades. Ese patrimonio también encontró una vía de inversión en Buenos Aires, donde las tierras urbanas comenzaban a adquirir un valor cada vez mayor.
El Palacio Estrugamou nació dentro de ese proceso. La construcción comenzó en 1924 y quedó inaugurada en 1929. El proyecto estuvo a cargo de Eduardo Sauze, arquitecto argentino formado en la École des Beaux-Arts de París, y Auguste Huguier, profesional francés que había llegado al país en 1910.
Mariana Lucángeli, arquitecta y especialista en Real Estate, ubica la obra dentro de un momento decisivo para el desarrollo urbano porteño. Durante la década de 1920 comenzaron a aparecer, aunque todavía de manera aislada, grandes edificios de renta en altura en los sectores de mayor valor de Buenos Aires.
El cambio respondió a cuestiones económicas y sociales. La valorización de la tierra urbana abrió una oportunidad para productores agropecuarios de distintas regiones del país, que comenzaron a invertir en terrenos de la Capital con la expectativa de obtener ingresos a través de alquileres.
También cambió la manera de vivir de los sectores de mayores recursos. Hasta entonces, las familias más acomodadas tenían como referencia las grandes casas individuales. Pero la modernización de la ciudad comenzó a instalar otra posibilidad: vivir en departamentos amplios, con servicios y ubicación privilegiada, sin resignar representación social.

El edificio de renta ofrecía además una ventaja concreta frente a una residencia particular: menor necesidad de mantenimiento para sus habitantes.
La arquitectura como símbolo de estatus
En ese contexto, el academicismo francés no fue una elección decorativa casual. La arquitectura debía convencer a los potenciales inquilinos de que mudarse a un departamento no implicaba perder jerarquía.
El Palacio Estrugamou fue concebido como una gran residencia colectiva. Sus fachadas, accesos, escalinatas, mansardas y espacios interiores recuperaban recursos propios de las grandes casas aristocráticas europeas.
“Los inversores no querían que los inquilinos sintieran que estaban bajando de rango al mudarse allí; querían ofrecerles una experiencia similar a vivir en una gran mansión”, resumió Lucángeli.

La concepción se extendió a cada detalle: herrajes y picaportes de bronce franceses, pisos de roble de Eslavonia, mármoles europeos, ascensores principales y de servicio, palieres privados con boiserie y grandes arañas. Cada planta reunía cuatro departamentos similares, una organización que, según Lucángeli, generaba la idea de un edificio de “iguales”, sin diferencias entre sus habitantes.
El proyecto también tuvo una particularidad urbana: Estrugamou logró sumar dos pisos a cambio de ceder espacio público, lo que permitió retirar la construcción de la línea municipal y reforzar su presencia. La obra coincidió con el crack económico de 1929: hasta entonces utilizó numerosos materiales importados que llegaban en barcos desde Europa, pero la crisis redujo ese flujo y favoreció el uso de insumos locales y terminaciones más simples.
El Petit, la versión más íntima del apellido
El edificio de Esmeralda al 1300 debe leerse dentro de ese mismo proceso, aunque sin confundirlo con el Palacio. El Petit Estrugamou es independiente, tiene acceso propio y no mantiene comunicación interna con el edificio de Juncal y Esmeralda. Tampoco permite ingresar al famoso patio central del Palacio.

Eleonora Molina, de Barnes International Realty Buenos Aires, explicó que el apodo “Estrugamou Chico” o “Petit Estrugamou” surgió justamente por su relación visual y urbana con el edificio monumental. La escala es diferente. En Esmeralda aparece una versión más contenida de aquella arquitectura residencial de alta gama: ambientes generosos, molduras, carpinterías, pisos de madera y materiales que remiten a la misma época.
La propiedad que actualmente se ofrece por US$550.000 conserva buena parte de esos elementos. El departamento fue reciclado recientemente, pero mantiene pisos de madera, molduras, puertas y carpinterías de época, junto con techos altos y calefacción central por radiadores.

La distribución incluye living comedor, tres dormitorios, dependencia con baño, lavadero y espacios de guardado. La cocina fue actualizada con mobiliario blanco, superficies de trabajo, estantes abiertos y piso calcáreo. Los baños incorporan equipamiento actual sin romper con la estética clásica de la unidad.
Molina acotó: “Uno de los principales atributos está en su ubicación dentro del edificio. Es un contrafrente, con los ambientes orientados hacia un amplio pulmón interno, lo que reduce el ruido del tránsito de Esmeralda”.
También cuenta con patio propio, que aporta luz natural, además de un espacio tipo atelier en la terraza y un cuarto de chofer en el último piso.

Las expensas superan los $620.000 mensuales y el inmueble dispone de servicio de portería y monitoreo.
El valor de vivir en un edificio con historia
La cercanía con el Palacio Estrugamou también convirtió al Petit en parte de un relato que incluye a algunas figuras conocidas de la Argentina. Pero es importante hacer una precisión: el periodista Jorge Lanata vivió en el Palacio Estrugamou, no en el Petit.
El edificio de Juncal y Esmeralda también estuvo vinculado con y su esposa Regina Pacini, además del arquitectoMarcelo Torcuato de Alvear Justo Solsona y el exministro Domingo Cavallo. Distintas crónicas también relacionaron el inmueble con Carlos Gardel y diplomáticos.
El Petit tiene una historia menos documentada y no necesita apropiarse de nombres para explicar su atractivo. Su valor está precisamente en conservar, en una escala más doméstica, el modelo residencial que representó aquella época.

Molina observó que el comprador actual de este tipo de propiedades no necesariamente busca los atributos habituales de una torre moderna. La prioridad puede estar en la identidad del inmueble, sus proporciones, los materiales originales y la posibilidad de habitar una construcción con una historia reconocible.
Ese perfil aparece entre profesionales, personas vinculadas con el arte y el diseño y compradores extranjeros que buscan una vivienda en una zona céntrica y con fuerte identidad arquitectónica. También puede funcionar como pied-à-terre para quienes viven parte del año en el norte del Gran Buenos Aires y quieren conservar una residencia en la Capital.
El entorno suma otro atractivo. El Petit está cerca de Plaza San Martín y del corredor de avenida del Libertador, con acceso rápido hacia Recoleta y el centro. A pocas cuadras, la calle Arroyo consolidó una oferta de galerías, hoteles, restaurantes y propuestas gastronómicas que volvió a darle actividad al sector.

Para Molina, el comprador que elige una propiedad así no busca solamente metros cuadrados. La diferencia está en aquello que resulta más difícil de reproducir en una obra nueva: la escala de los ambientes, las molduras, las carpinterías, los materiales y la relación entre el edificio y la historia del barrio.
El Palacio y el Petit Estrugamou quedaron unidos por un apellido y por una misma etapa de la arquitectura porteña, pero representan dos escalas diferentes. Uno fue concebido como una pieza monumental destinada a convertirse en referencia urbana; el otro mantiene una dimensión más íntima, con departamentos que todavía conservan la impronta de los edificios de renta de principios del siglo XX.
La construcción de estas propiedades también modificó el mercado inmobiliario porteño. Los edificios de renta permitieron trasladar parte de la vida de las grandes residencias hacia departamentos ubicados en sectores estratégicos como Retiro, Palermo, Recoleta y Belgrano, entre otros.
Lucángeli concluyó que el Estrugamou representa uno de los casos más claros de aquella transformación: “una inversión de capitales vinculados con la tierra que encontró en la ciudad una nueva oportunidad, pero que al mismo tiempo necesitó construir una arquitectura capaz de convencer a las élites de que el departamento podía ofrecerles el mismo estatus que una gran residencia”.




