En una de las esquinas más reconocibles de Recoleta, donde la historia política y la arquitectura porteña se cruzan, salió al mercado una propiedad con una característica difícil de encontrar: se trata de un departamento de 162 m2 ubicado en el último piso de un edificio construido en 1925 y diseñado por Alejandro Christophersen, uno de los arquitectos más influyentes de la Buenos Aires de comienzos del siglo XX.
El inmueble está ubicado en Juncal 1399, en la esquina con Uruguay, frente al edificio donde se encontraba el departamento que perteneció a la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Pero más allá de esa referencia, el verdadero atractivo de la propiedad está en su historia arquitectónica y en el estado de conservación de buena parte de sus elementos originales.
El edificio pertenece a una etapa madura de Christophersen y responde al concepto de edificio de renta, una tipología que tuvo un fuerte desarrollo en Buenos Aires durante las primeras décadas del siglo pasado. Tiene baja densidad, con apenas 14 unidades, dos por piso, y una arquitectura de inspiración francesa que conserva detalles poco habituales en el mercado actual.
Uno de ellos aparece incluso en la fachada: unas cabezas de cabra talladas que forman parte de la ornamentación. Otro elemento singular es la firma visible del arquitecto sobre el frente del edificio.

Para el arquitecto Fernando Lorenzi, del Estudio INFILL, una de las principales características de Christophersen fue su capacidad para moverse dentro del eclecticismo y adaptar sus obras al entorno urbano en el que intervenía. “Fue de navegar dentro del eclecticismo produciendo obras sobresalientes en muchas estéticas y estilos”, explicó.
Lorenzi destacó además que el arquitecto tuvo la capacidad de construir ciudad a partir de distintos recursos, desde edificios emblemáticos hasta intervenciones que buscaban integrarse con una trama urbana más moderada.

El arquitecto había nacido en 1866 en Cádiz (España), era hijo de un diplomático noruego y dejó su sello en el mapa inmobiliario porteño (falleció en Buenos Aires en 1946. En ese recorrido aparecen obras como el Palacio Anchorena, actual sede de la Cancillería, y la Basílica de Santa Rosa de Lima, entre muchas otras como el mítico Café Tortoni.
Un departamento que conserva un siglo de historia
La unidad que está a la venta conserva buena parte de los elementos con los que fue construida hace un siglo. Entre ellos aparecen pisos originales de roble de Eslavonia, una chimenea en el living y techos de 4,5 metros de altura.
Son características que, según quienes comercializan la propiedad, explican buena parte de su atractivo dentro del mercado de viviendas de alta gama. “Estos elementos no solo tienen valor estético: reflejan un nivel de calidad constructiva que hoy resulta muy difícil de reproducir”, explicó Pablo Valencia Neira, de Valencia Neira Real Estate.
Para Lorenzi, esos recursos no deben analizarse solamente desde su valor patrimonial: “Todos factores y definiciones constructivas y espaciales que redundan en mejorar la calidad de vida de los moradores, fin último y primario del ejercicio de la arquitectura”.
La distribución también responde a otra época. El edificio fue concebido para generar departamentos amplios dentro de una estructura de baja densidad, con ambientes generosos y materiales que en aquel momento estaban asociados a viviendas de alta categoría.
Último piso, esquina y baja densidad
La unidad tiene además un diferencial inmobiliario concreto: ocupa el último piso y se encuentra en un edificio de esquina.

Los principales ambientes, entre ellos el living y los dormitorios, tienen salida directa hacia la calle a través de dos frentes. Esa configuración permite mayor ingreso de luz natural y ventilación cruzada, además de ofrecer perspectivas abiertas sobre el entorno.
El hecho de no tener vecinos arriba también suma privacidad y reduce el nivel de ruido respecto de las unidades ubicadas en pisos intermedios.
A esto se agrega la baja densidad del inmueble. Son solo 14 departamentos, dos por planta, una característica cada vez menos frecuente frente a los edificios contemporáneos de mayor cantidad de unidades.
Desde el punto de vista arquitectónico, Lorenzi considera que el último piso tiene un valor adicional. “La preservación de la nobleza de sus materiales originales, centenarios, el sello Christophersen, la riqueza espacial con que las vistas privilegiadas dotan a los ambientes, conjugados con ‘mirar desde arriba’, dotan a las unidades de coronamiento de una alta apreciación económica y arquitectónica”, sostuvo.
Qué se puede modificar y qué está protegido
Otro de los aspectos relevantes para un comprador es la protección patrimonial del edificio. Juncal 1399 cuenta con protección patrimonial de Nivel Estructural, otorgada por la Ley 4974 de 2014. Esta categoría busca preservar los valores arquitectónicos e histórico-urbanos del inmueble.

La protección implica que no se puede modificar libremente la fachada ni alterar la tipología exterior. Dentro de las unidades, en cambio, existe mayor margen para realizar reformas y modernizaciones, aunque requieren autorización previa del organismo de patrimonio de la Ciudad.
Una propiedad para un comprador específico
La particularidad del inmueble también determina el perfil de comprador. Chantal Edsberg, corredora inmobiliaria que trabaja junto con el equipo de Valencia Neira Real Estate, señaló que existen distintos perfiles interesados, aunque todos buscan algo en común: una vivienda con identidad y vocación de permanencia. Uno de ellos es el inversor patrimonial, que no necesariamente busca una renta inmediata, sino preservar un activo escaso.
“No es un departamento de estilo francés: es una obra de Alejandro Christophersen de 1925, con su tipología, sus proporciones y sus materiales originales intactos”, explicó Edsberg.
Otro perfil corresponde a compradores con sensibilidad por la arquitectura y el diseño. En este segmento aparecen artistas, arquitectos, escritores y músicos para quienes las características espaciales de la vivienda pueden tener un valor concreto.

Edseberg contó incluso el caso de una pianista que vive en el exterior y pasa parte del año en Buenos Aires. Durante una de las primeras visitas, buscaba un departamento donde pudiera instalar su piano de media cola. Los techos altos y las características acústicas del ambiente terminaron siendo un factor decisivo.
“En un mercado donde el lujo muchas veces se asocia a la cantidad de amenities o de ambientes, un clásico de 162 m2 con estas proporciones propone otra forma de entender la calidad de vida: más escala, más aire y más silencio”, explicó Valencia Neira.
El precio y el valor patrimonial
El valor de entrada también refleja la singularidad de la propiedad. Los 162 m2 se ofrecen por alrededor de US$490.000, equivalente a unos US$3000 por m2. Para el mercado de viviendas patrimoniales, el precio se ubica en un segmento que combina la ubicación en Recoleta con la autoría de un arquitecto reconocido y la conservación de elementos originales.

Para Chantal Edsberg, corredora inmobiliaria que participa en la comercialización, el atractivo excede la comparación tradicional entre precio y superficie. “Quien compra una obra de Christophersen no busca solamente metros cuadrados. Busca autenticidad, historia y una arquitectura que conserva su identidad después de un siglo. Ese stock es muy limitado y cada vez quedan menos unidades que mantengan intactos sus materiales y su tipología original”, sostuvo.
La propiedad también apunta a un público que valora características difíciles de replicar en la oferta actual. Inversores interesados en patrimonio, profesionales vinculados al arte y la cultura, compradores extranjeros y familias que priorizan viviendas amplias forman parte de los perfiles que pueden encontrar atractivo en este tipo de inmuebles. En ese sentido, el diferencial no pasa por sumar amenities, sino por preservar una arquitectura que fue concebida hace un siglo y que todavía conserva buena parte de su configuración original.
Para Pablo Valencia Neira, el valor de la unidad está precisamente en esa combinación entre autoría, estado de conservación y ubicación. Concluyó: “La preservación de la nobleza de sus materiales originales, centenarios, el sello Christophersen y la riqueza espacial que ofrecen las vistas privilegiadas, conjugados con la posibilidad de mirar desde arriba, dotan a las unidades de coronamiento de una alta apreciación económica y arquitectónica”.




