La dermatitis atópica es una enfermedad inflamatoria crónica de la piel que causa sequedad, picazón e inflamación, alterna brotes y períodos de alivio, y no es contagiosa. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Cuando Jonathan tenía apenas unos meses, una lesión en el cuello llamó la atención de sus padres. La recuerdan con una imagen precisa: parecía “piel de cocodrilo”. El pediatra indicó una crema con corticoides, pero el diagnóstico de dermatitis atópica llegó recién cuando tenía 19 años, tras una infancia y adolescencia en las que los síntomas tuvieron otra explicación para su familia.

La dermatitis atópica, también conocida como eccema, es una enfermedad inflamatoria crónica que puede causar sequedad, picazón e inflamación en la piel. Es frecuente en niños pequeños, aunque puede presentarse a cualquier edad, y suele alternar períodos de alivio con brotes. No es contagiosa.

En muchos casos, las consecuencias exceden las lesiones visibles. La picazón persistente puede alterar el sueño, afectar el estado de ánimo, limitar actividades y modificar los vínculos sociales y laborales. Según se detalla en una nota reciente de Infobae, al menos el 10% de los niños y adolescentes en la Argentina convive con esta afección y, en cerca del 30% de los casos, los síntomas continúan en la adultez.

Jonathan recibió el diagnóstico de dermatitis atópica a los 19 años, después de que durante su infancia y adolescencia la familia atribuyera los síntomas a una alergia. (Gtlza. Jonathan)

“Durante toda mi infancia y adolescencia, mi familia y yo creíamos que tenía una alergia a los ácaros. Recién a los 19 años me dijeron el nombre y apellido de lo que tenía: dermatitis atópica”, reconoció Jonathan.

El diagnóstico abrió un recorrido con un dermatólogo y un alergista. Mantuvo la consulta dermatológica durante tres años y, en paralelo, realizó hasta los 28 años un tratamiento indicado por alergia que requería asistir a un centro médico cada 15 días. Sin embargo, ninguna de esas alternativas logró controlar de forma sostenida la enfermedad.

“Llegó un momento en que sentí que el dermatólogo me había soltado la mano. Me dijo que volviera cuando realmente lo necesitara, porque ya no sabía qué más hacer conmigo. Con el alergista seguí muchos años más, aunque sin demasiado éxito”, sostuvo.

Después de esos intentos, Jonathan abandonó el seguimiento médico durante tres años y comenzó a automedicarse con corticoides orales. Con el tiempo, desarrolló dependencia de esa medicación y el alivio fue cada vez menor.

“Llegué a un punto en el que ya no podía más y entendí que necesitaba volver a pedir ayuda profesional”, admitió.

Al menos el 10% de los niños y adolescentes en la Argentina convive con dermatitis atópica y en cerca del 30% de los casos los síntomas continúan en la adultez. (Imagen Ilustrativa Infobae)

La enfermedad impactaba en cada momento del día. Convivía con picazón, heridas y noches con escaso descanso. A la mañana, las sábanas podían mostrar las consecuencias del rascado durante el sueño.

“Me costaba muchísimo dormir. Pero no era solamente lo físico. Veía todo oscuro, me irritaba por cualquier cosa, estaba enojado con la vida y no me gustaba la persona que veía reflejada en el espejo”, confió.

El aislamiento también alcanzó su vida laboral. Jonathan fue preceptor, tuvo distintos empleos y luego empezó a trabajar como encargado de edificio. En una etapa se desempeñó durante la noche como sereno y vigilador. Ese turno reducía el contacto con otras personas cuando los brotes eran más intensos.

“Cuando estaba muy brotado tenía heridas en la cara y no quería que me vieran así, por lo que trabajar de noche me ayudaba ya que prácticamente no circulaba nadie. Hoy me doy cuenta de hasta qué punto la enfermedad condicionaba mi vida sin que quizás yo mismo lo advirtiera”.

La dermatitis atópica, una enfermedad crónica inflamatoria de la piel, afecta al menos al 10% de niños y adolescentes en Argentina, persistiendo en la adultez en un 30% de los casos y deteriorando la calidad de vida de los pacientes. (Imagen Ilustrativa Infobae)

A los 31 años, una nueva consulta abrió otra posibilidad de tratamiento

A los 31 años, Jonathan decidió volver a consultar. Acudió a una nueva dermatóloga y comenzó un tratamiento con un medicamento biológico. En julio de 2026 se cumplieron cinco años desde ese momento.

El cambio incluyó más que la evolución de las lesiones. Después de organizar gran parte de su vida alrededor de los brotes, las heridas y el temor a la mirada de los demás, empezó a recuperar actividades y espacios que había dejado de lado.

“Poder controlar la enfermedad significó empezar a mirar mi vida de otra manera, sin pensar todo el tiempo en esconderme, en las heridas o en cómo me están mirando los demás. Es haber recuperado mi vida”, explicó.

Hoy Jonathan trabaja de día como encargado de edificio. Ya no necesita elegir horarios con poca circulación para evitar que otras personas vean las lesiones en su rostro, ni atraviesa las noches que antes quedaban marcadas por el prurito y la falta de descanso.

La Dra. Paula Luna, médica dermatopediatra del Hospital Alemán y presidenta de la Sociedad de Dermatología Pediátrica para Latinoamérica, señaló que las alternativas disponibles cambiaron el panorama para algunos pacientes con cuadros de mayor complejidad.

La picazón persistente de la dermatitis atópica puede alterar el sueño, afectar el estado de ánimo, limitar actividades y modificar los vínculos sociales y laborales. (Hospital Ruber Internacional/Europa Press)

“Hoy podemos ofrecerles respuestas a los pacientes con dermatitis atópica severa que no existían tiempo atrás. La evidencia científica del uso de los medicamentos modernos demostró que pueden lograrse reducciones muy significativas de la frecuencia e intensidad de los brotes, y sostener ese efecto en el tiempo, lo que realmente impacta en su calidad de vida”, sostuvo.

La dermatitis atópica puede provocar picazón, heridas e insomnio

De acuerdo con Mayo Clinic, la dermatitis atópica puede producir piel seca y agrietada, picazón, erupciones, pequeñas protuberancias, exudado, costras y zonas sensibles por el rascado. Los síntomas pueden aparecer en distintas partes del cuerpo y varían entre las personas.

La picazón persistente puede interferir con el descanso nocturno y dificultar las actividades cotidianas. El rascado repetido puede provocar llagas y grietas en la piel, lo que incrementa el riesgo de infecciones.

La enfermedad se asocia también con otras afecciones, entre ellas alergias alimentarias, rinitis alérgica y asma. Su origen es multifactorial: intervienen factores genéticos y ambientales que pueden afectar la barrera protectora de la piel y favorecer la inflamación.

Los problemas para dormir y la exposición constante a lesiones también pueden afectar la salud mental. La ansiedad, la depresión y el aislamiento social son parte de las consecuencias que pueden experimentar quienes atraviesan cuadros que no logran controlar.

La dermatitis atópica puede provocar piel seca y agrietada, erupciones, costras, heridas e insomnio, y el rascado aumenta el riesgo de infecciones en la piel. (Freepik)

El cuidado de la piel y el tratamiento deben ajustarse a cada paciente

De acuerdo a Mayo Clinic, la humectación regular, el uso de limpiadores suaves y las duchas breves con agua tibia forman parte de las recomendaciones para el cuidado cotidiano de la piel. Identificar los factores que desencadenan o agravan los brotes también puede ayudar a reducir su frecuencia.

Entre esos factores pueden aparecer el estrés, la sudoración, el calor, la piel seca, los ácaros, el humo de tabaco, algunos productos de limpieza, las fragancias y determinados tejidos. En niños, ciertos alimentos también pueden estar vinculados con las exacerbaciones.

La consulta médica resulta necesaria si los síntomas impiden dormir o realizar las actividades habituales, si aparecen signos de infección —como pus, costras amarillentas o fiebre— o si las medidas de cuidado personal no alcanzan para aliviar el cuadro.

El abordaje puede incluir tratamientos tópicos, medidas de cuidado de la piel y, de acuerdo con la gravedad y las características de cada caso, terapias sistémicas. La coordinación entre dermatología y alergia permite evaluar los antecedentes de cada paciente y definir la estrategia más adecuada.