Cuenta que hace pocos días salió del estudio y comenzó a caminar. En algún momento escuchó una voz que lo llamaba: “¡Walter, Walter!”. Se acercó y descubrió que era Miguel Ángel Solá. El encuentro lo dejó sin palabras. “Le digo: ‘No, me voy a poner a llorar’”, recuerda. Y no se trataba solamente de la emoción de cruzarse con un colega querido. Para Quiroz había algo más. Algo que todavía no puede explicar del todo, pero que siente con una intensidad enorme: la certeza de que, después de muchos años, algunas cosas de su vida estaban empezando a ponerse nuevamente en valor.
Poco después ocurrió algo parecido con Betiana Blum. Quiroz había trabajado con ella cuando era muy joven y, después del primer ensayo, la actriz le dijo: “Nos volveremos a encontrar”. La frase volvió a tocarlo en un lugar profundo. Dos personas de su historia artística reaparecían casi al mismo tiempo, como si el pasado hubiera decidido presentarse delante suyo sin previo aviso.

“Lo que me está pasando es eso, que siento que me acaba de pasar algo”, explica. Y entonces aparece una palabra que va a repetirse durante toda la conversación: reencuentro.
“Siento que es como el reencuentro con la familia, ¿no? Con esta familia artística”, dice. Para él, volver al teatro no significa únicamente volver a interpretar un personaje. Significa volver a encontrarse con sus pares, con personas que fueron importantes en su recorrido, con aquellos que alguna vez le enseñaron algo y con quienes hoy pueden seguir enseñándole. Es una idea que se vuelve cada vez más poderosa a medida que habla: el escenario como un lugar de comunión, de encuentro y de humanidad.
Por eso, aunque La ratonera sea una obra construida sobre el suspenso, los secretos y el misterio, lo que verdaderamente le interesa está en otra parte: “Estamos ensayando una Agatha Christie, que es un clásico del suspenso, pero una de las cosas que pienso todo el tiempo y que hoy hablaba con Manuel es lo humano”, explica.
Y vuelve sobre esa idea como quien encontró allí una respuesta: “Si hacemos pie en lo humano, entonces está contado”.
Tal vez esa frase sea también una manera de explicar su propia historia. Porque Walter regresó a la actuación después de haber pasado años intentando comprender justamente aquello que había debajo de la superficie. Lo que no se veía. Lo que no se decía. Lo que había quedado guardado.

Fueron siete años sin trabajar. Siete años en los que, según cuenta, sus padres murieron y él tuvo la posibilidad de acompañarlos durante un período especialmente doloroso. “Fueron unos años duros porque viví la muerte de mis padres”, rememorò.
Pero incluso al hablar de uno de los momentos más difíciles de su vida consigue encontrar una mirada diferente. No niega el dolor. No intenta maquillarlo. Tampoco lo convierte en una historia de superación fácil. Lo que hace es reconocer que aquel tiempo también le permitió estar cerca de sus padres, acompañar sus últimos momentos y disponer de un espacio que, de otro modo, quizás no habría tenido.
“Fue una gran oportunidad haber vivido, tener el espacio, el tiempo para dedicar a la agonía de estos seres”, dice.
La frase tiene una crudeza particular. Habla de la muerte sin eufemismos, pero también habla del privilegio doloroso de poder estar allí. Mientras su carrera quedaba en pausa, su vida estaba atravesando una de esas etapas que cambian para siempre la manera de mirar el mundo.
Fue entonces cuando comenzó a acercarse a la espiritualidad. Y la historia tiene un punto de partida inesperado: “Descubrí a mi maestro por YouTube”, cuenta. Una noche encontró un video y sintió que aquel hombre que hablaba desde una pantalla parecía estar hablándole directamente a él. No fue una curiosidad pasajera. Volvió a escucharlo. Y después otra vez. Y otra. “Todas las noches”, recordó.
Comenzó a seguir sus enseñanzas, escribió y fue entrando poco a poco en un universo que hasta entonces parecía lejano. Incluso comenzó a prepararse con la ayuda de una persona que estaba en Nepal. El proceso fue creciendo hasta llevarlo a conocer al Lama Rinchen, a quien describe como un maestro severo, pero también profundamente amoroso.

“Un maestro muy severo, con la autoridad necesaria como para decirme cosas que tal vez otra persona no me había dicho nunca”, explicò. Pero esa severidad, aclara, convivía con otra cualidad indispensable: “El amor suficiente como para guiarme en una dirección para poder enfrentarme a lo que tenía, a cosas que tenía que enfrentarme”.
El resultado, dice, fue contundente: “Me cambió la realidad, porque me hizo volver a mí”. Volver a sí mismo. Esa parece ser la verdadera definición de aquellos siete años.
No fue una huida del mundo. Fue, según lo cuenta ahora, una búsqueda de un lugar interior desde el cual pudiera volver a habitarlo.
Y entonces, cuando todavía estaba en ese proceso, apareció un llamado que volvería a modificar el rumbo de su vida.
Ingrid Pelicori se comunicó con él para hacer El zoo de cristal, de Tennessee Williams. La propuesta tenía una dificultad enorme: había que preparar el personaje en apenas diez días: “Mirá, tengo una locura para ofrecerte que es hacer El zoo de cristal, pero lo tenés que hacer en diez días”, recuerda.

La primera reacción fue pensar que era imposible. Pero había algo que hacía que esa propuesta fuera diferente. Era una obra que ya conocía y un personaje que deseaba hacer. Y, además, quien se lo estaba ofreciendo era Ingrid: “Si no fuera imposible, te tendría que decir que no”.
Pero antes de ese llamado había sucedido algo todavía más significativo.
Su maestro le había dicho que tenía que regresar: “Usted tiene que volver. Y tiene que decir sí. Y va a pasar esto, esto y esto”, recuerda que le dijo. Quiroz volvió. Y dijo que sí.
A partir de entonces, todo comenzò a suceder de una manera que todavía le resulta difícil de explicar: “Se abrieron las puertas de todo esto tan magnífico”, cuenta.
Él mismo lo llama “la serendipia de la vida”. Una sucesión de casualidades, encuentros y reencuentros que parecen conectarse entre sí como si alguien hubiera trazado el recorrido mucho antes.
Miguel Ángel Solá aparece en el presente. Betiana Blum vuelve a cruzarse en su camino. Pino Solanas reaparece en sus recuerdos. Agustín Alezzo vuelve a ocupar un lugar fundamental. También aparecen productores, directores y compañeros con quienes trabajó durante distintas etapas de su carrera.

Todo parece conducir a todo. “Las migas de pan”, dice Quiroz. Como si cada experiencia hubiera dejado una pequeña señal y recién ahora pudiera mirar hacia atrás y descubrir el dibujo completo: “Todo lo sembrado está ahí”, afirma.
Uno de los encuentros que más lo conmocionó fue, justamente, el que tuvo con Miguel Ángel Solá. Mientras lo abrazaba, Quiroz sintió que entendía algo que había comenzado a aprender muchos años antes. La relación con los maestros, con los compañeros y con el otro no es lineal. No siempre hay alguien que ocupa el lugar de quien enseña y otro que ocupa el lugar de quien aprende.
A veces el maestro está enfrente. “Entendí, mientras lo abrazaba a Miguel, que la clase empezó hace mucho tiempo”, cuenta. Y esa clase, para él, no se termina nunca.
Recuerda incluso una escena de su adolescencia. Tenía apenas 16 o 17 años cuando había tenido un conflicto con Pino Solanas. Miguel Ángel Solá le había puesto un límite muy claro: “Si vos te peleás acá con este, yo dejo de ser tu amigo”. Con los años, aquella frase adquirió otra dimensión.
Quiroz entiende ahora que una parte de crecer consiste precisamente en aprender a escuchar. En respetarse. En acomodar la autoestima. En permitir que el ego deje de ocupar todo el espacio.
“Cuando vos te respetás y tenés la autoestima bien colocada, tu ego se baja, se calma, entonces podés entender que el maestro es el que tenés enfrente”, reflexiona.

Y enseguida profundiza todavía más: “El maestro es el otro”. El otro como espejo. El otro como guía. El otro como oportunidad. El otro como alguien que puede decirnos aquello que necesitamos escuchar. Es una idea que conecta directamente con su presente artístico.
Ahora puede dejarse guiar por un director. Puede permitir que otro compañero genere algo. Puede soltar el control. Y eso, para alguien que durante buena parte de su vida estuvo acostumbrado a sostener una carrera y una exposición pública, parece ser también una forma de libertad.
Pero hubo otra revelación en ese camino espiritual que modificó profundamente la manera en que Quiroz entiende su propia historia.
Durante el proceso que inició junto a sus compañeros en el budismo, fueron sometidos a distintas evaluaciones y a un trabajo terapéutico relacionado con traumas profundos. Entre esas herramientas apareció el EMDR, un método asociado al procesamiento de experiencias traumáticas.
Y allí apareció una herida que había permanecido durante años. Walter decidió contarla públicamente por primera vez: “Solo tengo felicidades, quiero que sepas”, dice antes de hacer una pausa. Y entonces pronuncia una frase que cambia el tono de toda la conversación, con la voz entrecortada y los ojos llenos de recuerdos: “Sufrí un abuso cuando era chico”.

No lo dice como una revelación destinada a generar impacto. Lo dice desde un lugar de enorme vulnerabilidad. Como quien finalmente puede nombrar algo que durante demasiado tiempo había permanecido sin palabras: “Uno que ni siquiera sabía que existía”, agrega.
No significa que aquel episodio no hubiera dejado marcas. Las había dejado. Algunas se manifestaban de maneras que él mismo no lograba comprender: “Mucho autocastigo, autoflagelo, que no sabés de dónde ni por qué”, explica.
Ahora puede mirar esas conductas desde otro lugar. Entender que había una herida detrás. Que no todo era inexplicable. Que algunas respuestas del cuerpo y de la mente tenían una historia. Y que aquella historia podía ser trabajada.
Por eso insiste en que vale la pena hablar. Porque quizás del otro lado haya alguien que esté atravesando algo parecido: “Es la primera vez que hablo de esto públicamente y pienso que vale la pena”, reconoce.
No porque el dolor necesite convertirse en espectáculo, sino porque ponerlo en palabras puede abrir una puerta.
Después de atravesar ese proceso, Quiroz podría haber elegido hablar exclusivamente de sí mismo. De lo que sufrió. De lo que perdió. De aquello que descubrió. Sin embargo, cada vez que llega al final de una idea vuelve a mirar hacia afuera.
Hacia los demás. “La oferta es lo humano”, repite. Y entonces transforma su propia experiencia en un mensaje: “Que no dejes de soñar, que vayas a la búsqueda del otro, que escuches a tu gente, que busques un maestro, que levantes la mano, que quieras aprender, que investigues, que te muevas, que conectes”.

No importa dónde esté cada uno. No importa si se trata de un escenario, una oficina, una casa, una escuela o cualquier otro lugar. Para Quiroz, el camino comienza cuando uno deja de cerrarse: “El gol es ahí”, sentencia.
Hay algo profundamente coherente entre ese mensaje y la historia de su propia vida. Porque cuando era chico también levantó la mano. Vio películas en blanco y negro junto a su abuela correntina, Tita Varela. Después de hacer los deberes, compartían una hora de Cine Nacional. Él miraba aquellas historias y algo comenzó a crecer.
Hasta que un día volvió a su casa y dijo lo que sentía: “Mamá, yo quiero hacer eso”. Su madre le respondió que nadie iba a venir a buscarlo. Entonces Walter miró hacia la calle, vio pasar el colectivo 60 y tomó una decisión. Se subió. Se fue al viejo ATC. Y volvió con trabajo: “Y no paré de trabajar nunca”.
Décadas después, aquella imagen del chico que se subió solo a un colectivo para perseguir un sueño adquiere una fuerza diferente. Porque, en cierto modo, Quiroz volvió a hacer exactamente lo mismo muchos años después. Volvió a subirse a su propio camino. Solo que esta vez no iba hacia un estudio. Iba hacia sí mismo.
Siente que algo se cerró definitivamente. Sus padres ya no están. Algunas etapas quedaron atrás. El hombre que alguna vez fue también cambió. Incluso se sorprendió al descubrir su propia edad. “Ahora recién me di cuenta de que tengo 53, pensé que tenía 55”, cuenta entre risas.
Y detrás de esa anécdota aparece una confesión más profunda: siente que recién ahora ingresó plenamente en su vida adulta: “Es lo loco, porque soy un viejo ya, pero siento eso, que definitivamente entré de lleno a mi vida adulta”, dice.

La frase parece contradictoria, pero en realidad describe exactamente el momento que atraviesa. Después de haber vivido décadas de carrera, éxitos, exposición, pérdidas y decisiones, siente que algo nuevo comienza.
“Esta otra parte nueva es tan mágica como el principio”, asegura. Y también cambió su vínculo con la gente. Antes existían fobias, incomodidades, distancias. Ahora, cuando alguien se acerca por la calle, cuando alguien le pide una foto o simplemente lo reconoce, lo vive de una manera diferente: “Si yo estoy trabajando, yo trabajo para vos”, piensa.
La frase tiene una sencillez enorme. Pero para él representa una transformación. “Estoy disfrutando mucho de eso, del sentido”, dice.
Y entonces llega a una de las definiciones más bellas de toda la conversación: “No hay nada que actuar”. Lo repite. “No hay nada que actuar”. Y vuelve a repetirlo. Para Walter Quiroz, esa es la felicidad.
Quizás por eso este regreso no se parece al intento de recuperar una carrera perdida. No está intentando volver a ser el actor que era antes de alejarse. Tampoco parece interesado en demostrar que todavía puede ocupar el mismo lugar.
Está en otro sitio. Más grande. Más consciente. Más vulnerable. Más dispuesto a escuchar: “Hay mucho más todavía para hacer, mucho más para ofrecer”, afirma.
Y en esa frase está probablemente la verdadera razón de su regreso. No volvió porque necesitara demostrar algo. Volvió porque tiene algo para ofrecer.
Mientras ensaya La ratonera, mientras vuelve a encontrarse con compañeros que fueron parte de su historia, mientras recibe llamados y propuestas, siente que todas aquellas pequeñas señales finalmente comienzan a tener sentido.
La obra es el escenario visible, pero debajo hay otra historia. La de un hombre que atravesó el duelo por sus padres, que se alejó del mundo para encontrarse consigo mismo, que buscó respuestas en la espiritualidad, que encontró maestros, que pudo ponerle nombre a un dolor de la infancia y que finalmente decidió hablar.
La de alguien que entendió que sanar no significa borrar el pasado, sino dejar de permitir que el pasado gobierne el presente. La de un actor que después de siete años vuelve a las tablas y descubre que no necesita interpretar una versión de sí mismo. Porque ya no siente que tenga que actuar.
Al final de la conversación, cuando parece que ya no queda nada más para decir, vuelve a la oscuridad. Reconoce que la vida es compleja, que hay momentos difíciles, que el dolor existe y que él mismo atravesó etapas en las que no encontraba respuestas.
Pero también insiste en que es posible salir. No promete soluciones mágicas. No habla desde un lugar de superioridad. Habla desde la experiencia: “El maltrato hacia uno mismo es adicción, lo no dicho es adicción”, sostiene.
Y después vuelve a decir aquello que parece haberse convertido en su mantra: “Salir de ahí puede ser una posibilidad”. Pausa. “Vale la pena”. Otra vez. “Vale la pena”. Y entonces se ríe.
Después de todo, quizás esa sea la imagen que mejor resume su presente: Walter Quiroz regresando al escenario después de años, con el dolor transformado en aprendizaje, el silencio convertido en palabra y el pasado convertido en una colección de maestros, encuentros y señales.
El actor que alguna vez se subió al colectivo 60 porque quería hacer aquello que veía en las películas vuelve ahora a caminar hacia las tablas.
Pero ya no es aquel chico. Tampoco intenta serlo. Ahora sabe que la vida tiene otras estaciones, que algunas puertas se cierran para siempre y otras se abren cuando uno menos las espera. Sabe que los maestros pueden aparecer en una pantalla, en un monasterio, en un director de teatro, en un compañero de elenco, en un amigo o incluso en un desconocido que nos llama por nuestro nombre en medio de la calle.
Sabe que el otro puede ser un maestro. Sabe que hay heridas que necesitan ser nombradas para dejar de doler. Sabe que el duelo no desaparece, pero puede transformarse. Y sabe, sobre todo, que después de atravesar la oscuridad todavía puede haber belleza.
“Hay mucha belleza alrededor, mucha generosidad”, había dicho al intentar explicar este presente. Por eso está de vuelta. Por eso ensaya. Por eso vuelve a mirar al público. Por eso se permite emocionarse cuando aparecen Miguel Ángel Solá o Betiana Blum. Por eso siente que está regresando a una familia. Porque quizá el verdadero regreso no sea a la actuación. Sea a la vida.
Y después de siete años de silencio, esa vida vuelve a ofrecerle un escenario. Él, esta vez, eligió decir que sí.