El 24 de septiembre de 1896 nacía en San Pablo, Minnesota, el escritor que retrataría como ningún otro los destellos y las ruinas de la prosperidad americana. A 130 años de su nacimiento, F. Scott Fitzgerald sigue siendo la figura más representativa de la Era del Jazz, ese período de los años veinte marcado por el optimismo desenfrenado, el cambio social acelerado y la ilusión de que la fiesta podía durar para siempre.
Fitzgerald tenía una obsesión: escribir, triunfar y acceder a ese universo reservado para los acomodados y los célebres. En 1920, con apenas 24 años, publicó A este lado del paraíso, una revelación de la nueva moralidad de los jóvenes que lo hizo famoso de la noche a la mañana. La fama le abrió las puertas de revistas de prestigio literario como Scribner’s y de publicaciones populares y bien pagas como The Saturday Evening Post.
Ese mismo año se casó con Zelda Sayre, hija de un juez de la Corte Suprema de Alabama a quien había conocido mientras prestaba servicio militar. Juntos comenzaron a vivir como si el dinero y la atención fueran infinitos. Ring Lardner los llamó “el príncipe y la princesa de su generación”, y la prensa los presentó como una de las parejas más brillantes de los años veinte.
El problema era que los ingresos desaparecían con la misma velocidad con la que llegaban. Las fiestas derivaron en excesos, y en el matrimonio empezaron a surgir los celos y las disputas. Fitzgerald bebía cada vez más; Zelda, por su parte, retomó con obsesión el ballet, una afición de la infancia, hasta que en 1930 sufrió un colapso nervioso del que nunca se recuperó por completo.
Fue en ese contexto de esplendor y fractura donde el escritor hizo algo que marcaría su obra para siempre: convirtió ese mundo en literatura.

‘El gran Gatsby’ capturó el sueño americano
En 1924, la familia Fitzgerald —que ya incluía a la hija del matrimonio, Frances, apodada “Scottie”, nacida en 1921— se trasladó a Francia, donde integraron un grupo de expatriados norteamericanos cuyo estilo marcaban Gerald y Sara Murphy. Poco después de instalarse en la Riviera francesa, Fitzgerald terminó su obra maestra.
El gran Gatsby, publicada en 1925, condensa toda la dualidad del autor: el hombre del Medio Oeste encendido por las promesas del sueño americano, encarnado en Jay Gatsby, y la mirada compasiva del narrador, Nick Carraway. El objeto del deseo de Gatsby, la bella y adinerada Daisy Buchanan, representa el arquetipo de la mujer liberada de los años veinte y encarna, en cierta medida, tanto a Ginevra King —el gran amor de juventud de Fitzgerald— como a la propia Zelda.
La novela también aborda el consumismo y las contradicciones de la prosperidad y la moral norteamericanas, y ha sido considerada la “Gran Novela Americana”. Al final del relato, Fitzgerald vincula el sueño de Gatsby con el sueño original de los descubridores de América.
Tras el éxito de Gatsby, Fitzgerald tardó casi una década en publicar otro libro. Suave es la noche (1934) narra la historia de un psiquiatra que se casa con una de sus pacientes: mientras ella se recupera, él se agota hasta quedar, en palabras del propio autor, como “un homme épuisé”, un hombre consumido. Es su novela más conmovedora, aunque fue un fracaso comercial.
Con el naufragio de Suave es la noche y el deterioro de su compañera, Fitzgerald cayó en la autodestrucción. En 1936 publicó en Esquire “The Crack-Up”, un ensayo en el que documentó su propia caída. “Dejé mi capacidad de esperanza en los caminos que llevaban al sanatorio de Zelda”, escribió.
En 1937, logró reponerse lo suficiente como para trabajar como guionista en Hollywood, donde conoció a Sheilah Graham, una reconocida columnista de chismes del mundo del cine con quien vivió sus últimos años. En octubre de 1939 comenzó El último magnate, una novela sobre Hollywood cuyo protagonista, Monroe Stahr, está basado en el productor Irving Thalberg.
Murió de un ataque al corazón el 21 de diciembre de 1940, en Hollywood, a los 44 años, con la novela a mitad de camino. Había conseguido entrar al mundo que soñaba. Después descubrió que también podía quedar atrapado dentro de él.




