“Para nosotros (los argentinos) el privilegio no es poder irnos, sino poder volver. Hacés cuatro clicks en el teléfono y en 24-48 horas estás con tu familia y seres queridos. El problema son los que tienen que irse huyendo por conflictos bélicos o religiosos, guerras civiles, que se ven obligados a cruzar mares y desiertos para buscar un futuro mejor porque no tienen escapatoria, con el agravante de que tendrán que pasar mucho tiempo para poder volver o no volverán más. Entonces, ¿Qué miedo puedo tener de irme? A quien sueñe con estar un tiempo afuera, le recomiendo que se animen, métanle para adelante”.
Son las palabras son de Jorge Defeo, un ingeniero agrónomo argentino que hace unos años decidió irse a trabajar por los campos del mundo: Australia, Nueva Zelanda, Perú, Estados unidos, y tres países de África. Y a quien ahora, en España, le dan el crédito para escucharlo en sus reflexiones en una nueva historia de AgroExportados, “argentinos, por el mundo, vinculados al campo y la ruralidad”.

Es de Castelli, Buenos Aires, estudió agronomía en La Plata, se recibió en 2014, y en 2018 se fue de Argentina. “Un poco por una cuestión personal, que quería trabajar afuera, aprender idioma, lo cultural, la experiencia, y también porque no me iba tan bien con las ofertas laborales en Argentina”, cuenta Defeo.
El mayor impacto cultural se lo llevó de África. Estuvo en Ghana, Angola y Uganda, trabajando para dos empresas diferentes. Poco a poco se fue especializando en riego, algo que hoy, después de 5 años en el continente, quiere profundizar. Para eso se instaló en España, desde donde realizamos la entrevista.

-¿Tenías vínculo con el campo de chico?
-Lo más cerca que estuve del campo en mi infancia era que mis abuelos vivían en un paraje rural que se llama Cerro de la Gloria, cerca de Castelli, pero no vengo de familia de campo. Sí de una familia de tradiciones, donde me han inculcado siempre lo argentino. Eso fue lo que me terminó inclinando la balanza hacia la agronomía.
-¿Cómo, cuándo y en qué contexto te fuiste a trabajar afuera? ¿A dónde te fuiste y a hacer qué?
-Me recibí en 2014 y me costó mucho encontrar ofertas laborales en Argentina. Pero también es cierto que yo ya tenía la idea en la cabeza de probar nuevas culturas, países diferentes y aprender idiomas. Le apunté a Australia porque sabía que había oportunidades laborales.
-¿Cómo fue la gestión de la partida? Lo burocrático, permisos, etc…
-Tengo la ciudadanía italiana, que te abre más posibilidades y facilita todo para conseguir permisos de trabajo. Llegué a un campo en la que los propietarios querían aprender español, y me recibieron muy bien.

-¿Podés recordar las sensaciones que tenías en Ezeiza esperando ese avión a Australia? ¿Tuviste miedos o incertidumbre?
-Sí, mucho de las dos cosas, porque si bien yo me había ido del pueblo cuando me fui a estudiar a La Plata, y ya tenía 28 o 29 años, esto era distinto. Me estaba yendo a un país del que ni hablaba el idioma. Los primeros meses fueron complicados.
-¿Qué cosas de la vida te llamaron la atención al llegar a Australia? ¿Y qué del campo?
-Yo llegué a Brisbane. De ahí me fui al centro del país, una zona desértica, donde no crece el pasto, la carga animal por hectárea es extremadamente baja y se intentaba incrementarla con riego y pasturas adaptadas a esas condiciones. Se iban haciendo parcelas diarias y se les daba suplemento y fardos para complementar. Fue un proyecto novedoso. Y desde lo cultural, me gustó el sistema de trabajo que ellos tienen. Lo mismo en Nueva Zelanda, la estructura que tienen me formó porque lo aplico hasta el día de hoy.

-Después de un paso por Nueva Zelanda, algo en Perú y Estados Unidos en la pandemia, pudiste cumplir uno de tus sueños, qu era irte a trabajar a África. ¿Qué te quedó de esa experiencia en lo personal?
-África fue el mejor psicólogo que he tenido porque me di cuenta que los problemas que tenía como ser humano eran insignificantes para lo que veía allá. Después, cuando volvés al mundo occidental y te empezás a quejar de pequeños problemas te acordás de eso y bajás un cambio.
-¿Qué viste que te impactó?
-Por ejemplo, gente que no tiene agua, que vive en casas de adobe. El sistema de salud, los hospitales rudimentarios. Me ha pasado de gente que te quiere dar su hijo porque tiene una enfermedad que allá no se puede curar. Hay gente que camina kilómetros para trabajar. Y cuando nosotros, desde afuera, nos insertarnos en un sistema así también somos vulnerables: yo me infecté con malaria tres veces y tuve que arreglármelas para salir.

-¿Qué te quedó en lo profesional?
-Siempre rescato las habilidades blandas que uno aprende ahí y que son muy importantes: adaptarse, entender contextos, flexibilidad, resolver problemas con recursos limitados. En lo técnico, ahí uno va a enseñar más que a aprender. Son cosas básicas, con poquito que hagan hay mejora.
-¿Qué cosas, por ejemplo?
-Nosotros nos insertábamos en zonas donde la gente produce alimentos para autoconsumo e intentan generar un excedente para comercializarlo. Ese excedente se usa para tres cosas: volver a comprar los insumos para la siguiente campaña, porque si no siembran no comen; pagar la educación de los hijos; y una reserva por si tienen algún problema de salud. Entonces, por ejemplo, si empiezan a aplicar agroquímicos y ajustan fechas de siembra e incrementan los rendimientos, esas personas, tendrán más para comercializar y, por ende, más ingreso de dinero. Esa es la parte bonita. Pero la actividad agrícola es ingrata y en estos contextos vulnerables te toca una sequía o inundación o no llegaron los insumos porque cortaron la ruta por un conflicto político o religioso y la gente termina produciendo menos de lo que podía producir y quedan complicados. Y las emociones quedan a flor de piel: te podés emocionar porque una persona puede vender más maíz y llevó al hijo al hospital, o porque alguien perdió 50% de maíz por gusano cogollero y tiene que comer frutas silvestres.

-Hace poco estás en España, estudiando, capacitándote en riego, ¿Por qué le ponés fichas a eso?
-El riego es lo que más he trabajado en mi experiencia profesional tanto en Australia, en Nueva Zelanda como en Angola. Es un área que me interesa por los desafíos profesionales en sí pero también porque te permite tener más oportunidades internacionales. Con mi perfil nómade sigo con la intención de conocer más culturas y personas y siento que en esa área hay un abanico de posibilidades de empresas con proyectos en distintos países girando en torno al riego.
-¿Qué extrañás de tu vida en Argentina?
-Después de dos años sin ir, estuve para la última navidad y año nuevo. Me adapté bien a vivir lejos, pero se extraña la familia y los amigos. Más que nada mis viejos, que se van haciendo grandes. Con el tiempo empecé a entender que el tiempo va pasando. Cuando sos más joven no le das importancia a eso. Cada vez que voy o ellos vienen, los veo todo lo posible.
-¿Qué no extrañás de tu vida en Argentina?
-Creo que la inestabilidad. Tenes un gobierno cuatro años y después llega otro y hace todo diferente. No podés tener una línea de trabajo constante. Independientemente del partido estaría bueno que hubiera acuerdos generales constantes. Y después, más en lo personal, en Argentina me costó encontrar el rumbo de la profesión, no encontraba trabajo y me frustraba.

-¿Qué comidas extrañás?
-El asado y el pastel de papas.
-¿Qué comidas incorporaste?
-En África comía mangos y ananá, crecen silvestre o salen muy baratos, casi de regalo. Empecé a comer mandioca, pero sobre todo la parte de las hojas que se hacían unas comidas ricas en Angola. Y me acostumbré a comer pollo porque conseguir carne de res buena en África es difícil.
-¿De lo que has conocido, ¿Qué lugar recomendarías para un argentino que quiera ir para allá de turista?
-A mí me gusta mucho la montaña. Tuve la suerte de estar en Nepal, haciendo tracking, gente super amable, un paisaje espectacular. Uganda me encantó porque estas en contacto con la naturaleza, hay buena onda, tiene parques nacionales. Nos cruzábamos animales todo el tiempo. Vivís como en un cuento. Y si tuvieses que englobar todo, Australia es un país que tiene nieve, montaña y playas.

-¿Cómo te rinde la plata afuera?
-En Africa tenía todo incluido salvo la comida que es barata y ahí me rendía muy bien el dinero, pero no eran salarios tan buenos. En Australia tenés contratos que son muy buenos y yo vivía en zonas rurales y podía ahorrar muy bien.
-¿Qué le recomendarías a alguien que, como vos, esté pensando en ir a hacer una experiencia afuera?
-Me parece que si alguien tiene la inquietud de irse afuera, simplemente hay que analizarlo, buscar información, hablar con alguno que lo haya hecho y meterle, vencer el miedo y animarse. Y hay algo extremadamente importante, sobre todo si son argentinos: para nosotros el privilegio es poder volver. Hacés cuatro clicks en el teléfono y en 24 o 48 horas te podés volver con tu familia. El problema son los que tienen que irse obligados, escapando de conflictos bélicos, guerras civiles, conflictos religiosos, Y muchas personas no tienen la posibilidad de volver nunca más. ¿Qué miedo puedo tener de irme? Si puedo volver cuando quiera. No tengan miedo. Anímense y métanle para adelante. No va a pasar nada grave.

-¿Qué te dirías a vos mismos ese que estaba en el aeropuerto esperando el avión a Australia?
-Le diría “te tendrías que haber ido antes”. Siempre tuve en mi cabeza esto de vivir afuera pero me costó dos años animarme. Y me fui muy crudo, porque soy de un pueblo, la primera vez que me tomé un subte fue en Australia y no tenía ni idea de a dónde me estaba llevando.
-¿Cómo imaginás tu futuro? ¿Qué proyectas? ¿Volverías?
-Hoy estoy intentando buscar un nicho en el riego. Soy soltero, no tengo hijos, y tengo ganas de seguir conociendo culturas y distintas realidades, formándome como ser humano. Mi objetivo es encontrar una empresa que me permita ir moviéndome por distintos lugares. Y sobre volver, hoy no lo tengo en mente, pero en un futuro más lejano si. Me gustaría vivir en Argentina.