
Aquel martes 11 de septiembre de 2001, Iván Almendares tenía 26 años y una vida entera construyéndose por delante. De origen nicaragüense, se encontraba en el sótano del World Trade Center, en las oficinas de la empresa IBM ubicadas en la Torre 1 (la Torre Norte), cuando el tiempo y la estructura misma de Manhattan parecieron fracturarse.
Eran exactamente las 8:46 de la mañana cuando el vuelo 11 de American Airlines impactó de lleno contra los pisos 93 al 99 del rascacielos. Sin embargo, en la profundidad del sótano, el origen de la sacudida era un misterio aterrador. Para Iván y sus compañeros, la tierra simplemente crujió. La sensación violenta fue similar a la de un terremoto devastador. De repente, entre el polvo e incertidumbre, la orden de su supervisor fue rotunda: «Vámonos».
Poco después comprenderían que la onda expansiva de las explosiones había destruido los pozos de los ascensores. Saltando entre montículos de escombros, Iván, su supervisor y su compañero William Rodríguez lograron rescatar a un hombre gravemente quemado para sacarlo a la superficie. Al salir a la calle y alzar la vista, el joven observó la enorme herida abierta en el edificio. Los transeúntes aterrorizados le confirmaron la pesadilla: un avión comercial acababa de estrellarse contra la estructura.
Sin embargo, el instinto y la conmoción llevaron a Iván a intentar regresar al vestíbulo de la Torre Norte para alertar a las personas de los locales comerciales. Fue en ese preciso instante cuando un compañero de trabajo lo detuvo en seco.
Con una frase simple pero contundente, le salvó la vida: «No, tú no vas para ninguna parte. Tu mujer está embarazada». Aquellas palabras funcionaron como un ancla a la realidad. Iván detuvo sus pasos; de no haber sido por esa intervención, habría quedado atrapado en la inminente e inevitable destrucción total del vestíbulo.
A las 9:03 de la mañana, la tragedia escaló aún más cuando el vuelo 175 de United se incrustó en la Torre Sur ante la mirada atónita de Iván. Vio la explosión y la bola de fuego impactar contra el segundo coloso. Minutos más tarde, a las 9:59 a.m., se escuchó un estruendo ensordecedor: la Torre Sur se desplomaba.
El retorno a pie hacia el norte de Manhattan
Escuchando las transmisiones de radio de los equipos de rescate, Iván caminó hacia el puente de Brooklyn cuando, de pronto, las señales se cortaron por completo: la Torre Norte también había caído. Lleno de polvo y escombros de pies a cabeza, logró llegar a la sede de su sindicato, en Canal Street y la Avenida de las Américas. Sus compañeros lo recibieron entre abrazos e incredulidad, asegurando que parecía que veían a un fantasma.
Sin embargo, el único pensamiento de Iván era regresar a su hogar. Con los teléfonos fuera de servicio, los trenes paralizados y el tráfico detenido en toda la ciudad, la única opción era caminar. Con graves lesiones en la espalda, el cuello, la rodilla izquierda y una pierna herida, emprendió una travesía a pie de once millas.
Al llegar finalmente a su edificio, los vecinos lo miraron con asombro; muchos sabían que trabajaba en el World Trade Center. Iván juntó sus últimas fuerzas para tocar la puerta de su casa y, al abrirse, se desmayó en los brazos de su esposa y de su madre.
El impacto del 11 de septiembre no terminó ese día para Iván Almendares. Además de las secuelas físicas y una severa infección pulmonar desarrollada una semana después, el trauma psicológico lo sumió en un estado de shock prolongado. El remordimiento del superviviente lo persiguió durante años.
Al cumplirse 25 años de aquella jornada trágica, Iván ha rehecho su vida y hoy comparte con su hija de once años la historia de cómo sobrevivió antes de que ella naciera. Sin embargo, el dolor persiste intocado.
Iván confiesa que jamás ha regresado al lugar donde estuvieron las Torres Gemelas. Para él, Ground Zero es un sitio sagrado y un golpe emocional demasiado pesado que no podría soportar sin romper en llanto, guardando el recuerdo diario de los amigos que allí perdió para siempre.




