
Ai Weiwei, el artista chino más conocido del mundo, presentó en el puerto de Sidney una instalación de 40 metros compuesta por 500 cascos de combate de hierro fundido, obra que reflexiona sobre la guerra, la muerte y la amnesia colectiva frente a los conflictos armados. La pieza se llama Mushrooms —“hongos”, en inglés— y es el encargo de este año para el espacio exterior del Museo de Arte Contemporáneo (MCA) de la ciudad australiana. El título alude al parecido visual entre las tapas de los hongos y la forma de los yelmos militares, pero también a las asociaciones del reino fungal con la descomposición, la muerte y la fragilidad de la vida que la guerra destruye.
Ai Weiwei concibió la obra tras el estallido de la invasión rusa de Ucrania en 2022, cuando el gobierno alemán ofreció a las fuerzas ucranianas apenas 5.000 cascos militares. La reacción del artista, según relató en una entrevista publicada por The Guardian, fue inmediata: “Me reí. Pensé: vaya, qué interesante. Al inicio del conflicto, se puede decir que Alemania o Europa no entendían la naturaleza de la guerra”.
Esa ironía —5.000 cascos para una guerra que requería artillería— disparó una investigación de dos años sobre el complejo militar industrial: quién diseña las bombas, cómo se fabrican los arsenales, de qué manera se despliegan en los campos de batalla. El artista llegó incluso a visitar cuatro veces las líneas del frente en Ucrania el año pasado. En su teléfono guarda imágenes y vídeos de esos viajes: él mismo aprendiendo a disparar un fusil, soldados con uniformes bordados con girasoles —motivo que el artista chino les encargó—. Ese material formará parte de un próximo documental.

Frente a la Ópera de Sídney: paz y destrucción
La localización de Mushrooms no es fortuita. La instalación se despliega sobre una plataforma elevada con vista directa al Ópera de Sidney, uno de los edificios más emblemáticos del mundo. Ai Weiwei lo eligió deliberadamente: “Ese edificio representa el disfrute racional y pacífico… pero al mismo tiempo hay que re-anunciar que hay guerras en curso y que la paz es esencial para cualquier sociedad civilizada”, afirmó. Ese verbo —“re-anunciar”— resume la inquietud central que atraviesa toda su obra reciente. Ai Weiwei se muestra preocupado por lo que describe como una amnesia colectiva frente al estado de la geopolítica mundial, o directamente una negativa a mirar: “No podemos ser ciegos, no podemos decir que no sabemos la situación. Sabés la situación y simplemente fingís que no la sabés”, señaló.
En la misma conversación, Ai abordó el genocidio en Gaza y articuló una preocupación más amplia sobre la falta de solidaridad en la modernidad: el fracaso colectivo para entender que “si la injusticia le ocurre a una persona, le ocurre a toda la humanidad”. Sus visitas a los campos de batalla de Járkiv, en Ucrania, forman parte de ese mismo impulso: restablecer un vínculo real con otros seres humanos, por difícil y peligroso que resulte.

El 90% del arte contemporáneo es “basura”
Sobre el papel del arte como fuente de esperanza, Ai fue tajante. El arte contemporáneo está “muy corrompido”: “El 90% de lo que vemos en la mayoría de las instituciones, o en los llamados círculos artísticos, no es más que basura. El arte real cuestiona el orden existente. El arte no consiste en representar la llamada belleza, sino en cuestionar el juicio existente sobre todo: en política, en la vida, en las relaciones personales, en el juicio individual. Pero ese tipo de arte nunca es alentado. La gente quiere que te portes bien, que seas un tipo simpático, agradable, alegre, que disfrutes de la vida. Y así la mayoría de lo que vemos en los museos es muy decorativo y sentimental, sin ninguna relación con la lucha humana y nuestra realidad”.
Ai Weiwei, que reside desde hace seis años en una granja en el Alentejo, Portugal, recibió al periodista de The Guardian en un edificio que él mismo describió como réplica de su antiguo estudio de Shanghái, demolido de forma polémica. El espacio, de dimensiones catedralicias y sin obra expuesta en sus paredes, resume su filosofía: “La gente pregunta, ¿para qué sirve este edificio? Para qué. A la mierda eso. Quizás no sirve para nada. Está vacío. Y el vacío es algo que la gente no puede aceptar”. El artista disidente con el régimen de su país, señaló que su proceso creativo nace de la “curiosidad” y del “aburrimiento”, y que nunca prepara su vida para hacer una obra ni hace obras para su vida. Tampoco tiene “metas” para el futuro. “Lo único que deberíamos intentar hacer”, concluyó, “es vivir una vida que pueda capturar la luz de forma natural”.




