
El acoso escolar no necesariamente termina cuando un adolescente sale del colegio. Con un teléfono móvil, las redes sociales, los grupos de mensajería y hasta los videojuegos, una agresión puede continuar dentro de su propia habitación y extenderse durante las 24 horas del día. Para quien la vive, esto puede hacer que incluso su casa deje de sentirse como un lugar seguro.
En el marco del Día Mundial de la Prevención del Suicidio, la salud emocional de niños y adolescentes cobra especial relevancia. En el Perú, la violencia escolar y los problemas de salud mental, como la ansiedad y la depresión, forman parte de las preocupaciones que enfrentan las familias.
En este contexto, el ciberacoso puede tener un impacto que va más allá del momento en que ocurre la agresión. La exposición permanente puede mantener al adolescente en un estado de alerta constante y generar ansiedad, problemas de sueño, dificultades para concentrarse, irritabilidad y sensación de indefensión, explica Isabel Hernández, directora del Departamento de Psicología de Universidad Europea de Andalucía.
Durante la adolescencia, el impacto puede ser especialmente relevante porque la identidad y la autoestima todavía están en construcción, mientras que la aceptación del grupo tiene un peso significativo.
El ciberacoso puede continuar fuera del colegio
A diferencia del acoso escolar tradicional, el ciberacoso no está limitado al espacio ni al horario escolar. Un mensaje, una publicación o un contenido compartido puede llegar al adolescente incluso cuando ya se encuentra en casa.
Además, la víctima puede perder el control sobre quién accede al contenido, cuántas veces se comparte o cuánto tiempo permanecerá disponible. En situaciones de humillación intensa puede aparecer una “visión en túnel”, en la que resulta difícil imaginar que la situación pueda cambiar o encontrar alternativas para detener el sufrimiento.
“La percepción de que ‘esto nunca va a acabar’ puede ser mucho más peligrosa que la propia magnitud objetiva de lo ocurrido”, señala Hernández. Por ello, considera necesario que los adultos ayuden a romper esa sensación de irreversibilidad y devuelvan al adolescente alternativas, protección y control sobre la situación.

Las señales de alerta también pueden aparecer en el celular
Los cambios bruscos en el comportamiento digital pueden convertirse en una primera advertencia para padres y profesores. Ponerse especialmente nervioso cuando recibe una notificación, ocultar la pantalla, eliminar sus redes sociales o cambiar de número son algunas conductas que deberían observarse.
También puede comenzar a evitar repentinamente a determinados compañeros o presentar cambios que trascienden el uso del teléfono. El aislamiento, la irritabilidad, el insomnio, la pérdida de interés por actividades habituales y un descenso significativo del rendimiento académico pueden ser otras señales de alerta.
No todas estas conductas necesariamente significan que un adolescente esté sufriendo ciberacoso, pero un cambio repentino en su comportamiento merece atención, especialmente cuando se presenta junto con otras señales.
Sextorsión: otras señales que deben llamar la atención
Cuando el ciberacoso está relacionado con situaciones de sextorsión, pueden aparecer señales adicionales. Entre ellas se encuentran un miedo intenso relacionado con el teléfono, una necesidad inexplicable y urgente de conseguir dinero, transferencias desconocidas o angustia cuando se mencionan fotografías y videos.

Las expresiones relacionadas con querer desaparecer, no seguir viviendo o sentirse una carga deben tomarse siempre en serio. Estas manifestaciones pueden revelar un nivel de sufrimiento que requiere atención inmediata.
Cómo hablar con un adolescente que está sufriendo
Frente a estas señales, las especialistas recomiendan hablar directamente con el adolescente y hacerlo sin juzgarlo. Preguntar de manera cuidadosa por pensamientos suicidas no significa “dar ideas”; por el contrario, puede ayudar a detectar un sufrimiento que de otra manera permanecería oculto y facilitar una intervención temprana.
Si un adolescente manifiesta que no quiere vivir, la primera respuesta debe ser escucharlo, permanecer a su lado y buscar ayuda. Minimizar lo que siente con frases como “no es para tanto”, compararlo con personas que atraviesan situaciones consideradas peores o decirle que busca llamar la atención puede aumentar su aislamiento y culpa.
Ante un riesgo inmediato, la recomendación es no dejar sola a la persona y activar ayuda profesional y los servicios de emergencia.
El colegio también debe contar con mecanismos de respuesta
La prevención no depende únicamente de las familias. Los centros educativos deberían contar previamente con canales confidenciales de comunicación y responsables identificados para atender este tipo de situaciones.
También resulta necesario disponer de mecanismos rápidos para valorar el riesgo y establecer una coordinación entre docentes, orientación, familias y profesionales de salud mental.
El objetivo, señalan las expertas, no debería ser esperar a que el sufrimiento se convierta en una crisis, sino identificar las primeras señales y actuar antes de que la situación avance.



