Una visitante contempla relieves y esculturas de madera expuestos durante la feria de arte BADA. (BADA)

BADA tiene algo singular: alrededor de 300 artistas muestran y venden su obra sin intermediarios. A veces solos, a veces compartiendo un pequeño espacio entre dos o tres, son ellos mismos quienes cuelgan, explican, conversan y venden, en general a precios bastante razonables y accesibles. Hay pintura, fotografía, cerámica, dibujo, objetos y también trabajos que se acercan más a una artesanía sofisticada. Hay de todo, naturalmente.

Pero este año hubo además algo imposible de ignorar: la cantidad de gente era enorme. En algunos sectores apenas se podía caminar. Y eso, antes de empezar cualquier discusión estética, ya es un éxito. Ver familias enteras, chicos, jóvenes y gente de todas las edades dedicando horas a mirar arte no es un dato menor. En un momento en que tantas veces se habla de la distancia entre el público y el arte contemporáneo, BADA consigue exactamente lo contrario: meter a una multitud adentro.

Para quien recorre exposiciones habitualmente, semejante concentración de obras puede resultar abrumadora. Y aparece además una situación bastante particular: muchos artistas quieren mostrarte lo que hacen, conocer tu opinión, saber qué pensás. No siempre es fácil ser sincero sin desalentar a alguien que está empezando o que ha puesto mucho de sí en aquello que muestra. Pero esa cercanía tiene también su lado extraordinario: las conversaciones, el entusiasmo y, cada tanto, el descubrimiento. Porque entre 300 artistas es prácticamente imposible que no aparezca algo que obligue a detenerse.

Algunos conocidos

Están, por supuesto, algunos nombres ya conocidos. Sara Stewart Brown, Fabiana Barreda y el inefable Milo Lockett, que sigue presentándose allí como uno más: habla con la gente, muestra, vende y hace su trabajo sin ponerse por encima de la feria. Pero lo más interesante, al menos para mí, sigue siendo encontrar aquello que no conocía.

Entre esos hallazgos está Sofía Lochícero. En su pintura, una flor monumental, casi abstracta, hace que pétalos, manchas y pliegues adquieran una apariencia orgánica y corporal. El contraste entre amarillos luminosos y rojos intensos produce una imagen sensual, vital y al mismo tiempo inquietante. Hay algo que inevitablemente remite a Georgia O’Keeffe, aunque la diferencia es importante: mientras O’Keeffe trabaja la flor desde la sensualidad, la ampliación y la síntesis, en Locicero la imagen se vuelve más visceral, intensa y perturbadora.

Sofía Locicero - BADA (Sofía Locicero)

Muy distinto es el trabajo de Majo Ríos Copelo. A primera vista, uno podría encontrarse frente a una superficie abstracta, ordenada y armónica. Pero está hecha con saquitos de té consumidos por su propia familia, que la artista guardó, vació, limpió y tiñó. La repetición transforma ese residuo cotidiano en trama y en geometría. Debajo de la abstracción queda, sin embargo, una historia doméstica: tiempo compartido, hábitos familiares, pequeños restos de una vida que sobreviven bajo la superficie de la obra.

Majo Rios Copello - BADA (Majo Rios Copello - BADA)

En Laura Cicka, la economía de recursos es justamente lo que da fuerza al trabajo. Sus tintas, inspiradas en el monte chaqueño, transforman la vegetación en una trama orgánica de líneas, densidades y vacíos. La ausencia de color no vuelve menos viva la imagen; por el contrario, concentra la mirada en la estructura, el ritmo y la aspereza del monte. No intenta describirlo minuciosamente: lo condensa.

Laura Cicka - BADA (Laura Cicka - BADA)

Cande Méndez Córdoba trabaja desde otra tradición. Su obra cruza claramente la impronta oriental con un lenguaje contemporáneo. En las cerámicas aparece la referencia a las antiguas botellas de peregrino chinas, pero la forma histórica es llevada progresivamente hacia la síntesis y la abstracción. En la pintura, la relación con la estampa china aparece en la línea, el ornamento, la repetición de motivos naturales y la manera de organizar el espacio. No se trata de copiar una tradición sino de usarla como punto de partida para construir otra cosa.

Cande Méndez Córdoba - BADA

En las cerámicas de Nadina Villaverde, en cambio, el punto de partida es el cuerpo. Torsos, manos y fragmentos anatómicos son reducidos a formas esenciales. La cerámica transforma el cuerpo en volumen, curva, tensión y fragmento. Hay una carga erótica evidente, pero convive con algo más crudo y descarnado. Los cuerpos no están idealizados: están resumidos, deformados, interrumpidos. Esa ambigüedad entre figuración y abstracción es precisamente lo que les da presencia.

Nadia Villaverde - BADA (Nadia Villaverde - BADA)

Una querida sorpresa

Y me sorprendió especialmente Bárbara Lanata, cuya obra no conocía. Sus fotografías de paisajes urbanos están muy bien compuestas, pero no es solamente una cuestión formal. Hay puntos de vista inesperados, encuadres que evitan la postal y una capacidad para encontrar una imagen propia en lugares que podrían resultar familiares. No conocía su trabajo y fue, justamente, uno de esos descubrimientos que justifican caminar durante horas esta feria.

Bárbara Lanata - BADA (Bárbara Lanata - BADA)

Eso es, finalmente, lo interesante de BADA. No que todo sea bueno, porque no podría serlo, ni que haya que celebrar indiscriminadamente cualquier cosa que se presente como arte. Su valor está en otra parte: en la enorme circulación de gente, en el contacto directo entre artistas y público y en la posibilidad real de encontrar, en medio de cientos de propuestas, algunas obras y algunos artistas que hacen que uno se detenga, mire otra vez y quiera saber qué van a hacer después.