En estos tiempos en que la palabra “desregulación” está en boca de todos —se debaten decretos a diario y hasta existe un Ministerio dedicado al tema—, la Ciudad de Buenos Aires no se queda atrás. En un proceso silencioso, casi imperceptible, se fue deshaciendo de insólitas ordenanzas y antiguos decretos: una verdadera legislación “hojarasca” legislativa que quedó obsoleta mucho antes de su derogación formal.
Detrás de cada prohibición que cae, queda una radiografía desopilante de las fobias morales, los miedos urbanos y las obsesiones de la Buenos Aires de antes. A continuación, un repaso por lo que durante años estuvo insólitamente prohibido en la Capital.
Martillos chillones y la “guerra” contra el confeti
A mediados de los años 70, la Ordenanza Nº30.976 declaró la guerra a un clásico de las fiestas de pueblo: el “martillo de carnaval”, ese juguete de plástico con fuelle que emitía un chirrido insoportable al golpear cabezas ajenas.
Para los inspectores de la época, no se trataba de cotillón inofensivo, sino de una amenaza pública capaz de desatar batallas campales entre transeúntes acalorados, por lo que ordenaron su confiscación inmediata y multas a los comerciantes.

Algo similar ocurrió con el papel picado. En la década del 30, el Carnaval movilizaba toneladas de confeti, pero la falta de estandarización llevaba a la gente a arrojar recortes metálicos o cartones duros que (dice el decreto que los prohibía) “causaban serias lesiones oculares”.
Además, las tintas baratas teñían la ropa con la lluvia y el papel colapsaba las bocas de tormenta. El Decreto del 4 de junio de 1936 facultó a la Dirección de Abasto e Higiene a realizar redadas e incinerar el material “no reglamentario”.
Tango entre varones y la prohibición de vestirse de obispo
En las primeras décadas del siglo XX, para aprender a bailar el tango era condición casi obligatoria que los hombres ensayaran los pasos entre sí en veredas y patios. Sin embargo, en 1916, un Decreto de Policía de Costumbres juzgó la práctica como una muestra “inmoral” contra el pudor público. ¿La solución de la época? Obligar a los salones de baile a colgar carteles prohibiendo que dos varones tiraran unos cortes juntos, bajo amenaza de clausura.

En esa misma línea de control social, durante la Década Infame, el Decreto del 11 de febrero de 1938 buscó neutralizar la sátira política y religiosa prohibiendo los disfraces de Carnaval que parodiaran uniformes oficiales, vestimentas eclesiásticas o autoridades judiciales. Salir a festejar vestido de obispo, militar o juez significaba la detención en la comisaría. Con el retorno de la democracia y la consolidación de la libertad de expresión, la norma quedó desprovista de toda aplicabilidad.
Barmaids vetadas y el “límite” de ruido para las calesitas
A finales de los años 40, bajo el pretexto de “proteger la moral femenina”, el Decreto Nº3846/1948 le prohibió a las mujeres trabajar detrás de las barras o despachar bebidas alcohólicas en boliches y cabarets. Esta tutela discriminatoria fue cediendo terreno con la incorporación masiva de las mujeres al trabajo, hasta ser borrada del mapa legal por la Ley Nº451 de la Ciudad.

Pocos años después, en los 50, la llegada de los primeros altavoces provocó que los calesiteros de barrio compitieran a todo volumen por atraer a los chicos. Las denuncias de los vecinos por ruidos molestos llevaron al Decreto Nº782/1953, que fijó decibeles máximos y exigió que las calesitas pasaran únicamente música infantil o instrumental suave, prohibiendo ritmos estruendosos a la hora de la siesta.
Pánico a los videojuegos y cortinas de pana en los videoclubes
A fines de los noventa, la incipiente Legislatura porteña entró en pánico por la llegada de Carmageddon, el polémico juego de PC donde el objetivo era sumar puntos atropellando peatones. Mediante la Ley 16, se impusieron multas y la incautación de disquetes a los comercios que vendieran juegos de “extrema violencia vial”. Poco tiempo después, la llegada de Internet y las descargas digitales dejaron la prohibición física en el plano de lo ridículo.
Un destino similar sufrió la Ordenanza Nº49.283 de 1995. En el auge de los videoclubes, la norma obligaba a esconder los VHS para adultos detrás de cortinas de pana negra o mostrarlos solo en catálogos impresos para evitar que los menores vieran las carátulas. Con la desaparición de las cintas y la llegada del streaming, las restricciones a las cajas de plástico terminaron convertidas en una simple anécdota del pasado.


