Clásica, universitaria y... reincidente
...qué idioma es? Qué ruido hablas? Qué es lo que tengo que decir? Las manos no sirven para arreglar, esas cosas que no se ven!!! Sticks & Stones. Pequeña Orquesta de Reincidentes Hay que volver a las mil palabras... dejar de suponer que la gente va a terminar de leer un texto para salir a ver una p

...qué idioma es? Qué ruido hablas? Qué es lo que tengo que decir?
Las manos no sirven para arreglar, esas cosas que no se ven!!!
Sticks & Stones. Pequeña Orquesta de Reincidentes
Hay que volver a las mil palabras... dejar de suponer que la gente va a terminar de leer un texto para salir a ver una película como Río Conchos, entender que todo tiene un límite, pero, tal vez, a lo mejor (como dicen en el pueblo), no vive en algún futuro imaginado que probablemente no veremos porque todos moriremos tarde o temprano, sino en aquel individualizante recircular sobre el pasado de lo que efectivamente ya hicimos con resultado feliz; quizá, no valga la pena cambiar tanto para amoldarse, si el enemigo no está dispuesto a cumplir con la ley: ¿esas temerarias impresiones del pasado, pueden constituirse ahora en guía para enderezar una vida predeciblemente aburrida?
Este último es un interrogante que puede llevarnos muy lejos antes de caer al precipicio, en todo caso, será muy divertido descubrir si puede venderse con modo de verdad en algún momento u otro. Tal vez, como ése de hace 20 años, cuando el cómplice del pueblo de ayer trasmutado hoy en justiciero editor de aquel pasado, aparece de la nada en la ciudad, con ideas y auto rojo (no había necesidad de pasar desapercibido en aquellos días) para conducirnos a todos borrachos, desde la Nueva Córdoba llena de departamentos de conocidos de siempre, al irremediablemente enigmático 9.90 Club, sito en una de las callejuelas más surrealistas que existió alguna vez al pie de viaducto, a media cuadra de otro puente ferroviario majestuosamente oxidado, que destellaba con el verde amarillento de los carteles de Pritty limón, y terrores de noche cerrada, oscura, lluviosa e impredecible. Adentro, esperan formados en la barra los vasos de vidrio inefablemente cortos, del infaltable fernet con coca cola (2x1-4x3-10x Nada, si te portabas mal e ibas a parar con la mufa al callejón hasta la próxima), con el acaso único mérito gastronómico, de asegurar que hasta el último trago se apure a bajar por la garganta frío, antes de pedir otro, otro y otro más, antes... de que toque una banda que se llama Pequeña Orquesta de Reincidentes y que podemos suponer, recorriendo el lugar en crescendo de ansiedad, llevará adelante su performance alrededor de un contrabajo imponente, que reina en el escenario desbordado de instrumentos increpándonos, incluyendo porvenir de extraños sonidos extraídos de las vibraciones de un serrucho. Si nadie esperaba nada y por el contrario se encontró con casi todo, o creía que solamente había una banda de rock nacional para escuchar y se llenó de blues hasta las orejas, pero también, géneros folclóricos rioplatenses de los más diversos, ejecutados con maestría totalmente inhabitual, la reincidencia quedará justificada de por vida y remachada consiguientemente, con impresiones de otra noche fantásticamente difícil de explicar.
Que, por su parte, vuelve a aparecer irrefrenablemente todos los veranos a partir de allí, ahora en la cuadra de la panadería del pueblo y a todo volumen hasta que el viejo pega el primer grito, mientras, tratamos de explicarles a todos los que oyen, que aquella es efectivamente una banda medio uruguaya y argentina, que nunca se hizo famosa, pero que encanta como pocas, mezclando todo tipo de géneros e instrumentos en clave rockera, sintonizando con los mejores de sus contemporáneos: Versuit, Los Piojos, Fabulosos Cadillacs, Redonditos de Ricota, Divididos, Las pelotas. Igual, aunque estas señas parecen suficientes, las letras desesperan aquí sin piedad y la atención a su melancolía infinita, nos hunde sin remedio en una amargura tan evocativa como casi adictiva, apuntando entre otras cosas: miserables y rutinarias vidas cotidianas bajo el imperecedero peligro de derrumbe inminente (Miguita de pan), traslados forzados, por circunstancias aterradoramente desintegradoras (Mudanza), la alienación de las ciudades y sus bares repletos de habladores y tramposos, que ya no pueden escucharse ni reconocerse (Cruz); finalmente, pérdidas amorosas dolorosísimas, con potencia suficiente como para descomponer hasta la naturaleza misma, que parece por una vez no poder desplazarse por su mundo sin tenernos en cuenta (Negro y Amarillo), narradas con retóricas, santos, señas -y saña- de principios del siglo XX, y otra introducción musical que impacta en la mejor forma (Desconsuelo).
De golpe, el tiempo pasa rápido junto a la banda de aquella cordobesa noche imperdible, y ahora el monumento a la melancolía que compone implacablemente, pieza a pieza y con sonido sincopado merced de un bajista soberbio, empieza a adquirir toda la contundencia de un inquietante clima de época, mezclándose impiadosamente con la adultez paralizante sin emociones de las que valen, del argumento de otra película superlativa del tándem Rebella-Stoll, Whisky (2004). Es como si la genuina cultura popular, empeñada porfiadamente en negar a la pequeña orquesta y cinco gigantes que la animan, lugar entre placeres y comodidades de la fama esterilizadora de los medios de comunicación masiva, no pudiera prescindir de necesarios tonos amargos que arrojan sus decenas de canciones desplegándose con virtuosismo conmovedor.
Volver...ni a palos, concluían las acidificantes letras de Diego Arnedo y Ricardo Mollo, en una canción burlándose de sus tangueras raíces artísticas y existenciales, quizá para seguir sin reconocer influencias que, seguramente, no fueron todo lo malas que satiriza su letra o enaltece este presente de Zeroville; por el contrario, los reincidentes y las suyas, parecen no vivir en tiempo preciso alguno, pulverizadas por el contrario en galaxias de sonidos y modos de ser de un siglo XX que exhuman con pasión de taxidermistas, presentándose sin pudores producto de un complejo tan ecléctico como azaroso, que al menos en este caso, no podría haber hecho mejor las cosas, articulando músicos con tradiciones contrapuestas y poéticas evidentemente alternativas, para resultar en puñado de discos que escucharemos por siempre. Después de todo, reincidir, volviendo a aquello que ya descubrimos como bueno para épocas pretéritas, puede presentarse manera muy legítima a la hora de tratar reconocernos simplemente como algo único, consecuencia de nosotros mismos y nuestras representaciones más valiosas (permanentes), y no rejunte de muchas otras que nunca quisimos y tratan de imponernos todos los días un poco con algún sospechoso descuento de temporada, aunque para eso, tengamos que jugar impunemente con algo tan potencialmente devastador como la melancolía y sus noches pasadas (A Night Like This), irremediablemente frías y oscuras en la memoria, tal vez por llegar preñadas y a punto de parir estallando, otra de las impresiones que alumbrará convenientemente nuestras oscurísimas décadas por venir, aunque más no sea, con tonos amarillentamente lánguidos de infames carteles que dejaron de existir, proyectando todavía extrañas sombras enrarecidas, sobre la majestuosa estructura ferroviaria residual de la ciudad, que seguro tardará mucho más en hacer eso mismo.



