Ensayar antes de hablar no vuelve a nadie menos auténtico. Preparar una intervención permite ordenar las ideas, evitar respuestas dominadas por los nervios y comunicar con mayor claridad, tanto en una reunión de trabajo como ante una audiencia política.
Sol Soldano, especialista en comunicación y oratoria explicó en Infobae A las Nueve que la exigencia de parecer espontáneo suele confundir rapidez con sinceridad. Durante un control migratorio en Norteamérica, un agente le preguntó a qué se dedicaba y vinculó su trabajo con enseñarles a mentir a los dirigentes políticos. La especialista rechazó esa definición y explicó que entrenar una intervención sirve para expresar mejor lo que una persona realmente piensa.
Esa presión tampoco alcanza solo a quienes ocupan cargos públicos. También aparece en oficinas, reuniones con clientes o exposiciones frente a equipos de trabajo. Incluso en grupos pequeños, muchas personas sienten que deben responder de inmediato, aunque todavía no hayan podido ordenar lo que quieren decir.

Los nervios pueden llevar a decir algo distinto de lo que se piensa
“La falta de preparación no es una garantía de verdad”, advirtió Soldano. Según explicó, los nervios pueden empujar a respuestas imprecisas, contradictorias con los propios intereses o dichas solo para agradar a quien está enfrente.
Para ilustrarlo, mencionó una situación cotidiana. En una reunión social, alguien puede asegurar que le gustan los perros para caer bien, aun cuando tiene alergia. La respuesta parece espontánea, pero no necesariamente expresa una idea genuina: muchas veces responde a la necesidad de adaptarse al momento.
Algunas personas necesitan más tiempo para organizar sus pensamientos y otras tienen mayor facilidad para hablar. Sin embargo, esa diferencia no define quién resulta más auténtico. “No es un problema” preparar una intervención antes de tomar la palabra, sostuvo.

Las redes sociales y la presión por mostrarlo todo
La planificación también atraviesa a las redes sociales. Allí, figuras públicas y usuarios conviven con lo que Soldano definió como una “tiranía de la autenticidad”, una presión constante por exhibir aspectos de la vida privada como si no existiera ninguna decisión detrás.
Antes había una separación más marcada entre el personaje público y el ámbito doméstico. Con las plataformas digitales, esa frontera se volvió más difusa. Desayunos, rutinas de cuidado personal y escenas familiares pasaron a formar parte de contenidos destinados a una audiencia.
“La vida privada también se convirtió en una escena a mostrar permanentemente”, dijo Soldano. Esas publicaciones pueden mostrar situaciones reales, aunque suelen requerir elecciones previas sobre qué registrar, qué dejar afuera y de qué manera presentar cada momento.
La especialista cuestionó, además, la idea de que la vida cotidiana deba entretener al público todo el tiempo. “Hay que montar una escena entretenida”, expresó. Esa puesta puede conservar elementos verdaderos, pero responde a una organización que muchas veces queda fuera de cámara.

El problema surge cuando esa producción se presenta como si hubiera ocurrido sin preparación. Soldano mencionó escenas difundidas como espontáneas que, sin embargo, dejan a la vista equipos de grabación y decisiones previas. Esa contradicción alimenta la idea de que ensayar y ser genuino son términos opuestos.
Los discursos políticos también requieren trabajo previo
El mismo prejuicio aparece en la política. Una intervención fluida, muchas veces, es el resultado de horas de escritura, revisión y ensayo. Soldano recordó una frase atribuida a Mark Twain: “A mí me lleva varias horas armar un discurso improvisado”.
Como ejemplo, mencionó a Michelle Obama, ex primera dama de Estados Unidos. Su método incluía reuniones con una persona encargada de escribir sus discursos, en las que trabajaban las ideas, el tono, el humor y los objetivos de cada presentación.

Después revisaba las versiones y ensayaba el texto antes de subir al escenario. “¿Dejó de ser auténtico por eso? No”, planteó Soldano. A su entender, ese proceso ayudaba a que una idea propia llegara al público de una forma más clara.
Al mismo tiempo citó a Raúl Alfonsín y Winston Churchill como referentes de discursos que conservaron fuerza con el paso del tiempo. Detrás de esas intervenciones hubo estudio, equipos de trabajo y preparación. La potencia de un mensaje, remarcó, no aparece necesariamente por azar.
Preparar una exposición tampoco significa limitarse a leer. Una persona puede llevar apuntes con cifras o datos técnicos, pero necesita comprender las ideas principales y poder explicarlas sin quedar atada al papel. La lectura permanente, señaló, dificulta el contacto con quienes escuchan.
“Uno comunica con todo”, expresó Soldano, al referirse a las palabras, los gestos, la mirada y la postura corporal. Por eso, su planteo apunta a combinar conocimiento, planificación y capacidad de explicación para sostener un vínculo con el público.

La especialista también cuestionó una lógica que premia las frases agresivas o disruptivas por encima del contenido. Algunos dirigentes reciben reconocimiento por hablar sin filtros, aunque esa actitud no pruebe que estén diciendo la verdad ni que tengan una respuesta elaborada.
“La autenticidad se convirtió en un valor en sí mismo”, sostuvo. Soldano vinculó esa tendencia con el desgaste del discurso político y con la frustración de quienes esperan respuestas concretas en entrevistas o declaraciones públicas.
Al final, recordó una idea atribuida a Yuval Noah Harari: “Yo no quiero políticos auténticos. Yo quiero políticos responsables”. Para Soldano, la frase no propone la falsedad, sino la necesidad de que quienes ocupan cargos públicos piensen antes de hablar.
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