
Los fríos hombros de la IA
Cada vez son más los usuarios que consultan a las IA terapéuticas, cuando aparecen las preocupaciones que aprietan por demás el corazón. Las ofertas para resolver, desde problemas domésticos hasta el mal de amores, las tenemos al alcance de la yema del dedo en nuestro celular. Estos sistemas conversacionales automatizados, están diseñados para proporcionar apoyo y orientación emocional, mediante intervenciones con un lenguaje natural, respondiendo sin demoras, a toda hora y en cualquier lugar. Un “otro” que aparece con indicaciones generales, esquivando el encuentro con la diferencia, que ofrece respuestas permanentes, sin cansancio, sin incomodar, sin dislikes y por supuesto, ¡pareciendo no fallar! Es así, como la IA emocional, acude velozmente en nuestra ayuda con su disfraz de alivio. Pero ¿qué nos pasa con las angustias de nuestros hijos? ¿las depositamos sobre los hombros de un algoritmo?
Soporte artificial del sufrimiento
Los efectos de las consultas a la IA por las angustias de los niños, los vemos los terapeutas en el consultorio, ya que están acarreando dificultades en el desarrollo en edades cada vez más tempranas. Sabemos que, a menor edad, mayor es el riesgo de una desnutrición emocional, porque la constitución y el desarrollo de un niño, se pone en juego en la cancha de la primera infancia. ¿Por qué llora tanto, si lo tengo en brazos? ¿Cuándo va a jugar solito o con otros? ¿Por qué pega y muerde si es tan chiquito? En los últimos años se han multiplicado las familias que llegan al consultorio, después de haber hecho un recorrido previo de consultas con la IA, con indicaciones, diagnósticos bajo el brazo y prósperos tratamientos. Este derrotero algorítmico, no es sin efectos, ya que genera un alto costo psíquico sobre la familia y por ende sobre su hijo, aumentando el malestar y el quantum de sufrimiento. El soporte artificial de la IA los deja en soledad, sin una mirada amorosa que acompaña y sostiene. Al dilatarse el pedido en la consulta terapéutica con un profesional, sobre todo en edades tempranas, pueden aparecer riesgos psíquicos, ya que, el sufrimiento emocional va en aumento. Vemos niños con un mayor déficit en su juego espontaneo, con repliegues en su desarrollo, dificultades en la comunicación, en las adquisiciones cognitivas y en la constitución del lenguaje. ¿Con quienes nos encontramos? Nos encontramos con padres emocionalmente agotados y con sus hijos con síntomas incrementados y acentuados, que no solo se manifiestan en seno del hogar, sino también, con un malestar extendido hacia otros ámbitos como el del colegio, el club y las casas de amigos. Las respuestas de la IA frente a las preguntas de los padres indicando lo que deben hacer con sus hijos, no produce alivio al sufrimiento. Lo que sucede es un “como si” artificial de sostén que obtura la angustia y la incrementa. Este canto de sirenas IA, produce una ilusión de sostén y de escucha, para arrastrarnos sin aviso, hacia el choque de las rocas del dolor emocional y la soledad.
Algoritmo ¿algo o alguien?
El algoritmo con “prosodia humana” que sale del celular, carece de valor afectivo. La IA no puede sustituir un espacio terapéutico, no tiene conciencia de sí, ni vida inconsciente, desconoce lo que es la incertidumbre como angustia ante el tiempo, no puede soñar, no conoce el lapsus, ni la fragilidad de la persona humana. No es capaz de pensarse y principalmente es incapaz de amar. ¿Teme a lo desconocido o se angustia con el sufrimiento? Por supuesto que no, porque solo es un sistema tecnológico que combina algoritmos, álgebras y grandes cantidades de datos para imitar el razonamiento humano. Al registrar nuestros gustos, nos endulza con suaves soluciones, sin transpirar la camiseta con nosotros y sin acompañarnos amorosamente para trabajar con las costuras de nuestra propia historia. La escucha activa por la angustia de un hijo, no puede ser un simulacro de empatía y contención. Es por eso que la mirada terapéutica requiere de la presencia ineludible de un otro real que sostiene, para construir juntos el camino propio de acompañamiento.
La clínica es soberana
La práctica clínica implica un proceso, un recorrido, un trayecto de compañía y contención. La clínica es “la práctica y el arte de inclinarse al pie de la cama del paciente” ¿Esto que implica? El orden de lo humano debe estar presente, para contener y abordar los problemas de ese niño y su familia. Es en la escucha activa, donde “el alma y el corazón del otro se tocan con las yemas de los dedos”
Donald Winnicott, aquel pediatra especialista en el desarrollo infantil, sostenía que el niño no existe de forma aislada porque depende absolutamente de su ambiente facilitador, de sus figuras de cuidado. Es por eso que, consideraba fundamental consultar a un terapeuta por las angustias de los hijos porque su sufrimiento no puede entenderse de forma separada, sino como un síntoma de fallas o tensiones en su entorno familiar y afectivo. La clínica con niños pequeños busca ofrecer un ambiente facilitador y seguro que permita al niño continuar su proceso de maduración, construyendo desde el juego como operador clínico por excelencia en la infancia, desde un trabajo interdisciplinario necesario para esa familia y ese niño en particular.
¿Quién cuida al que cuida?
Sobre estas escenas de todos los días, hay un otro, un entorno, un clima familiar, que están implicados, que son ineludibles y que no da igual, no da lo mismo, cómo está o cómo se siente la mamá o el papá, o aquel que cuida, en el momento donde están arrullando a su hijo, dándole de comer o haciéndole upa a su llanto. Es por eso que tiene una enorme importancia la energía psíquica del cuidador, que, por cierto, no es inagotable. Aquí se hace necesaria la presencia, los relevos y el sostén del gran equipo familiar o de esos otros que sostienen al que sostiene, de un espacio terapéutico para acompañar, alojar y por, sobre todo, para abrir la puerta para ir a jugar.



