
Cristina Rivera Garza escribió el libro que miles de lectoras usan como espejo de su propio duelo y desconfía de que un libro pueda curar a nadie. Lo dijo en Buenos Aires, sentada en la biblioteca del Malba (Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires), la mañana anterior a la conferencia que cerraba su residencia en el museo. “Yo dudo de la capacidad terapéutica de la literatura. Creo que la sanación viene con la justicia, y me interesa mucho enfatizar que estamos en busca de justicia, que ese es un fin que no se nos olvida.”
La frase desarma buena parte de lo que se escribió sobre El invencible verano de Liliana desde que apareció, a fines de 2021, y sobre todo desde que ganó el Pulitzer en 2024. El libro reconstruye la vida de Liliana Rivera Garza, estudiante de Arquitectura de 20 años, asesinada por su exnovio en julio de 1990, a partir de sus cartas, sus cuadernos, las voces de sus amigos. La categoría con la que se lo suele leer —duelo, elaboración, reparación— es la que su autora acepta a medias. Lo que el libro transformó, dice, fue la calidad del duelo familiar: dejó de ser silencioso y pasó a hacerse en compañía. Sanar es otra cosa, y depende de un Estado.
Ese Estado sigue sin contestarle. En la entrevista contó el estado exacto del expediente. Existe una hipótesis de que Ángel González Ramos, sobre quien pesa una orden de aprehensión desde 1990, se ahogó el 2 de mayo de 2020 en California, bajo un nombre falso. Rivera Garza contrató a un detective, que confirmó que alguien con esas características murió ese día en esas circunstancias. Falta el paso que solo puede dar la justicia mexicana: comprobar que el hombre que murió con otro nombre era él. Escribió una carta oficial, larga, a la nueva fiscal. “No he recibido una respuesta ni positiva ni negativa, nada.” Su oferta era simple y le conviene a todo el mundo: confirmen la identidad y cerramos el caso.
Treinta y seis años después del femicidio, la familia no sabe si el acusado está vivo. La autora se negó a construir una posición sobre eso. “No puedo tener una posición respecto de algo que no ha ocurrido.” Y descartó de entrada la lectura personalizada del silencio: no es su caso, es el procedimiento. “De eso se hace la impunidad.”
Desde Argentina la escena se lee sin traducción. Acá también se cuenta el tiempo entre la denuncia y la sentencia en años, y también hay familias que aprendieron a redactar cartas oficiales que nadie contesta. La diferencia que ella marca no es entre países sino entre expectativas: pedirle a la literatura lo que se le está pidiendo a una fiscalía es una operación que a ella no la conforma.

De ahí viene lo más filoso de la conversación, que fue una discusión sobre la venganza. Ella contó que en el libro casi no aparece, porque su impulso entonces era esclarecer. Después siguió pensando. Cuando la impunidad es la única respuesta que ofrece quien podría dar justicia, la impotencia —personal y social— empuja hacia la venganza y hacia algo más viejo, la maldición. Citó una conferencia en la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México) donde escuchó una imagen que se le quedó: hay una bisagra que une a la víctima con el victimario, y mientras haya impunidad esa bisagra dura por los siglos de los siglos.
Le interesa la imagen y la rechaza al mismo tiempo, porque el castigo eterno ata a las dos partes. Lo que quiere para su hermana es lo contrario de una maldición: que Liliana, en su posvida, no tenga que estar nunca más cerca de la violencia ni del violentador. Y entonces desplaza la maldición a otro lado. “Creo que la maldición, en este caso, está encarnada en el libro mismo.” El libro obliga al victimario, a su familia, a los otros victimarios, a sus cómplices, a ver la historia desde un punto de vista que no eligieron. Es la única condena disponible, y no la dicta un juez.
El poder político del lenguaje
Nada de esto la lleva al territorio de la literatura como testimonio, que es donde el periodismo cultural tiende a ubicarla. Para ella el testimonio nunca es un original: viene mediado por acuerdos formales desde el primer minuto. Lo que le importa es otra cosa, más lenta y más técnica: la materia prima de este oficio es el lenguaje, y la escritura tiene la capacidad de subvertir narrativas que parecen establecidas. Habló de orfebrería. Habló de que ese trabajo minucioso sobre la forma produce efectos que exceden la forma, y que ahí la literatura se conecta con justicias que no son penales, las restaurativas, las que trabajan con la memoria colectiva.
Cuando le preguntaron si el poder político de un libro está en su mensaje, contestó que no. “No está en la elección obvia, no está en el mensaje, sino en esta cosa que es estructural, que es lo que está llamando a tu cuerpo: el lenguaje con sus ritmos, con sus espacios, con sus silencios.” Y remató con una definición de empatía que vale la pena discutir: si la empatía se produce así, deja de ser una cosa y adquiere rango de política.
Sobre la pregunta de quién tiene derecho a contar qué, dijo que la discusión se vuelve identitaria y que eso la empobrece. El permiso lo da la investigación, el cuidado puesto alrededor y a través de los materiales. No es el carácter personal lo que hace difícil un libro —todos sus libros son personales, incluidas las novelas—, es el terreno resbaladizo de escribir sobre la violencia. Su modo de no resbalar fueron las entrevistas, el trabajo de campo, los documentos, la decisión de estar físicamente en los lugares donde ocurrió lo que cuenta. Contó también la escena que organiza el libro entero, la de abrir las cajas con los papeles de su hermana y sentir que Liliana estaba al lado suyo. Se cuidó de que no se malinterprete: no era imaginación, no era realismo mágico, no era New Age. Estaba tocando documentos que Liliana había tocado. Cercanía material, no metafísica. Lo que quiso reproducir formalmente en el libro fue esa experiencia, no la historia.

Houston: el acoso y la violencia en los Estados Unidos
La segunda mitad de la entrevista transcurrió en otro registro, porque la escritora mexicana vive en Houston y dirige el primer doctorado en escritura creativa en español de los Estados Unidos, en una universidad pública cuyos estudiantes son latinoamericanos y, en buena parte, los primeros de sus familias en llegar a una universidad. Las autoridades les hicieron llegar un mensaje: si ICE se presenta en las puertas, hay que dejarlo entrar; si los agentes piden documentación, hay que dejarlos trabajar.
El 7 de julio, en Magnolia Park, un agente de ICE mató a tiros a Lorenzo Salgado Araujo, obrero de la construcción, 52 años, padre de tres hijos, que iba a una obra con su hermano y dos compañeros. La oficina forense del condado de Harris calificó la muerte como homicidio. “Ocurrió como a unas seis cuadras de donde yo vivo”, dijo Rivera Garza. La última vez que viajó, para el inicio del semestre, le recomendaron salir a la calle con el pasaporte encima. “Vivir así muestra el nivel de acoso y el nivel de violencia a los que se ha llegado en los Estados Unidos. Y eso que es Texas, un estado republicano, un estado rojo como el que más.”
Está con un año sabático, y explicó por qué con una frase que sonó familiar en el auditorio: el gobierno decidió que las universidades son “fábricas de izquierdistas”. Su diagnóstico de fondo no es sobre Trump sino sobre una demolición previa. El desmantelamiento de la educación pública y del espacio público fue, para ella, la pieza que hizo posible el ascenso de la derecha recalcitrante y de un racismo que es estructural en la historia norteamericana. En América Latina, dice, todavía discutimos de todo, todavía existe el cafecito de la esquina.
La entrevista terminó con una historia que ninguno de los presentes esperaba y que probablemente sea el próximo libro. Rivera Garza fue a Tijuana, se encontró por casualidad con un archivista y confirmó que Concha Urquiza, la poeta michoacana ahogada en Ensenada en 1945 a los 34 años, estuvo enterrada en Tijuana 25 años. Lleva un mes y medio de investigación en archivos.

“No sabía que iba a escribir un libro sobre esto, pero ahora estoy segura de que lo estoy haciendo.” La tradición archivó a Urquiza como poeta mística y religiosa, heredera de San Juan de la Cruz, la mejor después de Sor Juana según sus editores. Rivera Garza encontró otra cosa: una mujer sola, sin marido ni hijos, que vivía de lo que escribía, que se metió en problemas económicos, pidió ayuda a una congregación religiosa y aceptó un trabajo en Tijuana. En 1945 eso significaba un avión a Mexicali y 8 horas de tren. Como el colegio todavía no abría, se fue unos días a Ensenada y se ahogó en el mar. Al año siguiente un sacerdote armó la antología que fijó su imagen para siempre: sonetos religiosos y eróticos a la vez, de ahí la mística.
Lo que le interesa es lo que quedó afuera de esa antología, y sobre todo un texto en prosa, El reintegro, que ella describe como una novela inédita que solo tres investigadoras leyeron en la UNAM: multigénero, sin trama, con poesía y crónica y testimonio adentro, con escenas de lo que hoy llamaríamos sexualidad no binaria. Está gestionando su publicación. “Es el lado B de Concha.”
La operación es la misma que viene haciendo desde hace años, con su hermana y ahora con una poeta muerta hace ocho décadas. A las mujeres se las saca de circulación y además se las encierra en identidades muy chiquitas: la víctima, la mística. Sacarlas de ahí es un trabajo de archivo, no de consuelo.



