En un nuevo episodio de La Fórmula Podcast, la empresaria y creadora de contenido Delfina Ferro, fundadora de Diabla, repasó el proceso personal que la llevó a transformar su búsqueda de bienestar en un emprendimiento de suplementos y alimentos funcionales. A partir del diagnóstico de hipotiroidismo que recibió a los 16 años y de años de cansancio extremo, restricciones alimentarias y malestar, contó cómo modificó su alimentación y sus hábitos y comenzó a cambiar la relación consigo misma. Ese recorrido dio origen a Diabla, que lanzó su primer producto, Supergreens, en 2023 y cuyo stock inicial se agotó en apenas seis minutos.
Además, habló sobre emprender, liderar y aprender a pedir ayuda, explicó cómo organiza su tiempo y cómo decide qué oportunidades aceptar. Reflexionó sobre la importancia de cumplir con aquello que uno se promete para construir confianza en uno mismo y contó el difícil momento laboral que atravesó cuando fue estafada, una situación que la llevó a replantearse si quería continuar al frente de la compañía. El episodio completo puede escucharse en Spotify y YouTube.
Diabla es una marca argentina de alimentos y suplementos que, en tres años, logró posicionarse en el mercado del bienestar y cuenta con más de 200 puntos de venta. Su primer producto, Supergreens, tuvo un lanzamiento que superó las expectativas de la empresa y se convirtió en uno de sus principales hitos. La compañía nació a partir de la experiencia personal de Ferro y con el objetivo de desarrollar soluciones simples que permitan incorporar hábitos saludables a la vida cotidiana.

—¿Recordás momentos de tu infancia que te hayan marcado, a los que hoy volvés y que creés que te transformaron en quien sos?
—Sí, a lo que más vuelvo es a mi infancia. Yo tuve una infancia con todo dado, de alguna manera: una familia unida, feliz, con seguridad, con salud, pero con una guerra interna, un poco por el mandato de lo que yo tenía que ser y el molde en el que tenía que entrar, versus quien yo realmente sentía que era. Siento que desde que nací tuve una identidad muy marcada que nadie podía entender a mi alrededor.
Yo parecía siempre la que quería ser distinta, la que quería llamar la atención, pero no podía ser otra cosa que yo misma. Tuve una infancia re feliz a pesar de todo lo que me pasó. Recuerdo eso y vuelvo a la identidad fuerte con la que nací. Yo iba al colegio y teníamos uniforme, y cuando había cumpleaños después del colegio, le decía a mi mamá que viniera y me trajera una mochila con ropa, porque quería vestirme para ir a los cumpleaños. No quería estar con el uniforme que alguien decidía por mí. Siempre necesité tener control de mi vida y, a pesar de todo, ser fiel a mí misma.
Creo que ese es el común denominador de todas mis etapas. A mí, igual, lo que me pasa a los 13 o 14 años es que una psiquiatra me diagnostica bipolaridad en 20 minutos, algo que es un delirio. A partir de eso me tocó un año muy difícil: me internaron, me medicaron por mucho tiempo y me sacaron del colegio. Estuve un año sin ir a clases y, a fin de año, mi mamá se peleó con todo el Ministerio de Educación para que no me hicieran repetir y pudiera rendir todas las materias libres en diciembre.
Ese momento, creo, es uno de mis puntos de quiebre más grandes: decidí que iba a controlar el resto de mi vida y que nadie más tomaría una decisión por mí. Hasta hoy me cuesta ir a terapia por esto, porque es muy difícil para mí confiar en un profesional o en alguien que me diga qué hacer. Después sí empecé a darme cuenta de que, a partir de ese momento, se desató un poco mi enfermedad, porque fue mucha medicación y yo era chica: no la necesitaba.
—Cuando te referís a tu enfermedad, ¿te referís al hipotiroidismo?
—Sí. A partir de los 16 años se me desata el hipotiroidismo, algo que suele pasar cuando hay antecedentes femeninos en la familia: mi mamá lo tuvo, mi abuela paterna también. Entonces me decían: “Vos tenés la lotería, en algún momento se te prende”. Y a los 16 años me pasó eso. Fui a un curso de verano en Estados Unidos, engordé ocho kilos de la nada y, sobre todo, tenía mucho cansancio, se me caía el pelo y sentía mucha neblina mental. Fui al médico y me dijeron: “Sí, tenés hipotiroidismo. Listo, el resto de tu vida tomás una pastilla todos los días”. Ahí empezó también mi camino de medicarme, pero sin sentir que mejoraban mis síntomas en absoluto.
Fue en esa época cuando nos conocimos, a los 18 años, viviendo en Estados Unidos. Yo sentía que esa persona era yo, pero tenía un montón de síntomas que se notaban. Vivíamos juntas y a veces pasaba 24 horas sin salir de mi cuarto porque me dormía todo el día. Me acuerdo que vivíamos de a tres y me decían: “¿Estás bien? ¿Hay alguien ahí adentro?”. Dormía y había días en que no me podía levantar de la cama. Es muy feo cuando tenés 20 años, que es tu momento más vital, más loco, cuando estás viviendo un sueño como irte a vivir afuera con tus amigas, sentir que no lo podés disfrutar porque tu cuerpo es tu obstáculo, y tratar de explicarle eso a la gente de alrededor que no te entiende, porque no había una explicación. Para mí eso no era un síntoma, para mí eso era yo. Sentía que era una persona vaga, que todo me daba fiaca, que no tenía fuerza de voluntad. Esas son las cosas que uno se dice a sí mismo cuando es chico y tiene una condición como esta y nadie le explica que no es normal.
Llegué a pensar: “Esta vida no la puedo sostener, no me puedo sostener a mí misma y no me imagino un futuro sintiéndome como me siento ahora”. Y dije: “Bueno, voy a volver un tiempo, unos meses, a Argentina, a centrarme un poco”. Y en eso encontré en Instagram a un hombre cuestionable que recomendaba una dieta, todo cuestionable y atado con alambres. Pero la verdad es que ahí vi una posibilidad de sentirme mejor, de mejorar mis síntomas. Encontré a alguien que me dijo: “Cómo te sentís no es normal, no está bien, pero hay un montón de gente que se siente igual y puede ser parte de otra cosa que no sos vos”. Y me encontré con eso que fue mi luz al final del túnel: en su momento, el jugo de apio, el cambio en la alimentación y amigarme con un montón de alimentos que tenía recontra demonizados.
Empecé a vivir de la mano de mí misma y no en guerra todo el tiempo conmigo misma, porque siempre quise cosas grandes, quise ser dueña de mi propia vida y siempre yo era el obstáculo. Ahí viene más autoexigencia, más castigo, porque sabés que querés algo distinto, no lo hacés y te castigás más. Mi cabeza ya era un lugar tan negativo que, de repente, encontrarme con un hábito como tomar el jugo verde todas las mañanas, por simple que parezca, era para mí un sacrificio, algo que me costaba hacer, pero que sabía que tenía un único propósito: que me hiciera bien a mí, a mi cuerpo, y que era como un acto de autoamor para empezar el día. Con esa simpleza empecé a ver la luz al final del túnel.

—Los grandes cambios que empezaron a suceder fueron tu alimentación, tus hábitos y el diálogo interno. ¿Qué empezaste a transformar? Vamos uno por uno.
—En ese momento, mi manera de alimentarme era a través de la restricción máxima: solo comía proteínas, comía súper bajo en calorías. Era una dieta extrema que consideraba normal, con cero nutrientes para el cuerpo. O, si no, el otro extremo: el atracón. Todo lo que no me daba en el día a día, me lo aguantaba, lo restringía, y después venía el atracón de todo lo que no me permitía, fuera bueno o malo. Entonces el cuerpo estaba como diciendo: “No tengo energía para nada”. Sumale la neblina mental, no sentirte bien: es un cuerpo que no está bien nutrido.
Empecé por ahí, por darle realmente los nutrientes a mi cuerpo. Tenía demonizada la papa, o el atracón de papas fritas; no había lugar para una papa al horno, no había lugar para el balance, para el nutriente real. Fue un poco empezar a aprender qué significaba alimentar bien a mi cuerpo y entender que la comida es tu combustible, que es de lo que estás hecho. Lo escuchamos desde siempre: somos lo que comemos. Empecé a amigarme con los colores, con las verduras, a descubrir qué eran las legumbres; si me decían “legumbre”, no sabía de qué me estaban hablando.
Encontrar ese balance y aprender a tomar decisiones saludables y sostenibles en la alimentación fue muy importante para mí. Y ver esos cambios en mi cuerpo también, porque siempre digo que si hubiese empezado a tomar jugo verde, a cambiar mi alimentación, a comer la papa al horno, y hubiese engordado, creo que habría sido el fin: esa dieta se terminaba tan rápido como empezaba. Pero como empecé a alimentarme bien con cosas que disfrutaba comer y bajaba de peso, o al menos me sentía mejor y no aumentaba, vi ahí un camino que podía seguir desarrollando.

—¿Y en el caso de los hábitos?
—Vinieron acompañados de esto: hacer ejercicio, pero moderado, no el extremo de tres clases de gimnasia por día o dos semanas sin moverme. Yo venía de esos extremos, y encontrar el balance fue muy importante. Decir: “ni siete días ni cero, tres”. Dormir bien. El alcohol solo los fines de semana. Encontrar el compromiso que nadie nos había enseñado. Todos los médicos a los que había ido hasta ese momento me daban la dieta de los polvos —me la dieron como tres veces de chica, a los 16 años—, un polvo que se reconstituye con agua o que se mete en el microondas y se convierte en un brownie mágico de tres calorías. O dietas extremas como la cetogénica, donde el carbohidrato está demonizado.
Nadie me enseñaba el balance; eso lo tuve que ir aprendiendo por mi cuenta. Y, por último, el cambio del diálogo interno, que fue entender por qué lo estaba haciendo. Si tomo todas estas decisiones es para sentirme mejor, porque vale la pena que me sienta mejor. Sos una persona que vale, que tiene mucho para dar, que vale la pena darle a mi cuerpo las herramientas para lograr lo que quiero conseguir. Entender que no estaba teniendo el ambiente indicado para florecer: podés tener una semilla en la piedra y nunca va a crecer una flor. También hay que tener las condiciones dadas para poder lograr los objetivos. Eso es algo que hasta el día de hoy me quedó: la gente con la que te rodeás, las cosas que escuchás, lo que hacés todos los días, va a influir en quién te podés convertir.
—¿Sentís que tu diálogo interno mejoró una vez que empezaste a cambiar las cosas y a ver resultados, o fue al revés? ¿Tuviste que empezar a hablarte a vos misma de otra manera para que esos hábitos y esos cambios pudieran realmente sostenerse?
—Creo que las dos cosas pasaron un poco al mismo tiempo. Por un lado, empieza una decisión de querer sentirte mejor, de sincerarme conmigo misma y decir: “Hay una versión mejor de vos que vale la pena buscar, y hay un sacrificio que vale la pena hacer para descubrir esa versión”. Creo que empieza con esa decisión: vale la pena el esfuerzo para sentirme mejor, y hay algo adentro mío que quiere sentirse mejor y quiere florecer. Por otro lado, empezar con estos hábitos y ser constante también te da algo. Yo siempre digo que no hay mejor glow up que cumplir con las cosas que decís que ibas a hacer. Cuando te proponés algo y lo hacés, del otro lado hay una recompensa: sentís una especie de dopamina, un químico de la felicidad y de confianza en vos misma, y sentís que te comés el mundo.

—Muchas veces lo que nos hace bien, lo que nos genera bienestar y lo que después nos hace mirar para atrás y sentirnos orgullosas, tiene que ver con dar pasos en cosas que, a priori, parecen incómodas. En tu caso, ¿qué cosas encontraste que tuviste que hacer para pasar a ese otro lado?
—Creo que es como la gota que llena el vaso, todos los días: el pequeño sacrificio. Una médica me lo explicó con el ejemplo de dos huellas de auto en un camino. Si entrás con el auto en un camino que ya está marcado, lo más fácil es seguir esa huella; lo más difícil es armar una huella nueva. Nuestros pathways neuronales funcionan de la misma manera: un hábito se instala huella tras huella, y cuando querés instalar uno distinto, otro patrón de conducta, tenés que agarrar el volante más fuerte, con más esfuerzo.
Al principio es pura voluntad, pero eso lo hacés para que, con el tiempo, repetir esa acción se vuelva más automático y te cueste menos. Al principio son las decisiones. Para mí fue mucho poner límites, aprender a decir que no, decirme que no a mí misma, decir que no a otras tentaciones. Tuve que sacar a un montón de gente de mi vida también; naturalmente se fue dando que no tenían lugar, y aprender a soltar eso. Soltar mis hábitos dañinos también me costó, porque ese hábito instalado es tu lugar seguro. Esa conducta dañina, que en realidad empecé para protegerme a mí misma, tuve que dejarla ir; entender que ya no necesito esa protección, que estoy a salvo de otra manera. Fue mucho eso: si quiero lugar para algo nuevo, tengo que hacer lugar primero.
Creo que al principio fue revisar todo lo que tengo en mi vida, ver qué no me está sirviendo y dar el próximo paso. También identificar cuáles son las pequeñas cosas de todos los días que necesito para avanzar, y que no me gane la ansiedad de no llegar a la velocidad que me gustaría. Es todos los días un poquito. Terminar el día preguntándote: “¿Hice todo lo que podría haber hecho hoy para llegar a donde quiero llegar?”. “Sí”. “Bueno, listo, mañana quiero repetir lo mismo”. Y eventualmente las cosas se dan.
A nosotras nos pasa lo mismo: tenemos tan clara la idea de lo que queremos que sea nuestro proyecto, la razón por la cual trabajamos, tan claro el futuro, que es muy frustrante construirlo sin estar ahí todavía. Decís: “sé que de acá a un año quiero este lugar”, pero de acá a mañana estás lejísimos todavía de ese lugar. Entonces son todos los días: hay que bancarse los 365 días haciendo lo que hay que hacer para terminar el año en ese lugar. Y, para mí, lo más importante fue que te guste ese recorrido, que le encuentres el placer al proceso de hacer un poquito todos los días, el gusto de vivir esos días, porque al final llega el día 365 y sabés que hay otro año, otros 365 días en los que vas a querer construir otra cosa. Siempre va a haber otra zanahoria.

—De las cosas que más admiro de vos es tu capacidad de ejecución. Te ponés una idea en la cabeza y no solo tenés esa ambición y esa visión a largo plazo, sino que también sabés cómo llevarla a cabo. ¿Qué cosas te funcionan a vos para ejecutar bien?
—Me sirve mucho el plan de acción: “Queremos esto, ¿qué tiene que pasar para que se dé?”. Si este es el día 365, ¿qué tiene que pasar en el día 5? Trazar el plan hacia atrás, desde la idea final, me sirve mucho, y también me ayuda a entender qué no me sirve. Si tengo un norte claro, entiendo hoy qué me acerca y qué no me acerca a ese lugar; lo fui aprendiendo con el tiempo. Eso también me permitió no distraerme con todas las posibilidades, porque cuando abrís una puerta se empiezan a abrir un montón más y no sabés cuál te va a convenir o qué va a haber del otro lado.
Si sabés más o menos adónde querés ir, podés distinguir qué es una oportunidad y qué es una distracción, y eso para mí es importante. Y después está el sentarme en la silla, no dejar para mañana lo que puedo hacer hoy, y tener clara la lista de cosas que tengo que hacer. Eso es lo más valioso, aunque a veces cueste esa ética de trabajo: sentarte, hacerlo y mirar el problema a la cara. Aprendí a comerme el sapo a la mañana: hacer lo más difícil primero. Lo que tengo que hacer, esta lista de cosas, la voy a hacer hoy, no hay otra opción. Ahora tengo un equipo que funciona de la misma manera y todos empujamos para el mismo lado, pero a mí me gusta eso de resolver, de hacer, de solucionar y de que las cosas pasen: me da mucha satisfacción. Un poco busco eso.

—¿A qué cosas hoy te encontrás diciéndoles que no? ¿Qué hacés para proteger tu energía?
—Decido muy bien dónde dar mi tiempo, me parece que eso es importante. Tengo a mis amigos, los lugares que me dan felicidad fuera del trabajo, porque el trabajo ocupa la mayoría de mi tiempo. Mi marido, mi familia: son las cosas que, de alguna manera, hago el check de que tengo que cumplir. Semanalmente tengo que ver a mis amigos, tengo que ver a mi familia, tengo que pasar tiempo con mi pareja. A veces parece un poco robótico, pero la realidad es que a mí me funciona decir “esto lo tengo que hacer”. Y cuando estoy ahí, la paso bárbaro, y recuerdo que ese es mi lugar para recargar energía, aunque le haga lugar como si fuera una tarea de trabajo.
Después, dentro del trabajo, a todas las oportunidades que siento que son distracciones les digo que no con facilidad, y me hago primero esa pregunta: ¿oportunidad o distracción? En estos años saqué mucho la crítica: no me gusta criticar ni el victimismo. Si tenemos un problema del cual podemos aprender y que podemos solucionar, buenísimo; pero un problema por un problema, por ahogarnos en él, no me gusta.
Me gusta encontrarles la solución a las cosas. De hecho, con mi mamá a veces me pasa que viene con un problema y le digo: “bueno, lo solucionamos así, así y así”. Y me dice: “no quiero tu solución, quiero que me escuches”. A mí me cuesta, porque si estoy gastando tiempo en algo que tiene una energía negativa o pesada, no me gusta: quiero pasar a la siguiente cosa. Después está medirme la temperatura, saber cuándo estoy en un punto en el que necesito recargar, apagar un poco, cuando estoy muy adicta, muy metida en las redes, sin disfrutar lo que hago porque le estoy dando energía de más y no estoy recargando desde otro lado. Creo que esas serían las prioridades hoy.

—Hablemos un poco de Diabla. Cuando comenzaste tu camino con la marca, ¿cuál recordás que era el objetivo en ese momento y cómo se fue transformando hasta llegar a lo que es hoy?
—Creo que el propósito de la marca siempre fue el mismo y está muy en el centro: alcanzar soluciones simples para que una persona con una vida moderna tenga una vida más saludable. Eso se mantiene en el core de la marca, y creo que es importante porque la gente conecta con la historia de por qué existe y para quién está hecha. Después, creo que las posibilidades de Diabla en estos últimos dos o tres años se multiplicaron, superaron cualquier expectativa mía, porque la realidad es que fuimos los primeros en hacer esto.
Cuando me preguntan “¿qué referencia tenés?”, digo: “no hay una Diabla, no hay una cartera de productos como la nuestra, no hay una marca como la nuestra”. Pasamos casi dos años armando solo la marca, el branding. Soy muy detallista, ya me conocés, y para mí era importante que tuviera una identidad propia. Pero no me podría haber imaginado estar acá, dos años después, siendo top of mind de la categoría —todos estos términos que medimos y que decimos en un pitch—, pero que en realidad significan que la gente me conoce por la marca. Me parece una locura, no sé si lo hubiese imaginado.
Creo que ese hubiese sido mi deseo máximo: que Diabla esté en todos lados, que a cualquier persona argentina le preguntes “¿sabés qué es Diabla?” y te diga que sí. Hoy no pasa con toda la Argentina, pero toda la gente que forma parte de nuestra audiencia target escuchó la marca por algún lado, y eso es para mí el mayor honor y orgullo. Son historias que me motivan todos los días: los mensajes que recibo de gente que tiene el producto y que le cambió tal cosa. Eso también te mantiene muy humilde, porque en realidad estás afectando el día a día de una persona, y ese es el valor. Que no te confunda el número ni la nota en Forbes: para lo que trabajo es para que me llegue ese mensaje de Instagram de alguien a quien el producto le cambió una parte de su día a día.

—¿Qué cosas te sirven en momentos de mucha presión? ¿A quién llamás?
—Para mí fue muy importante aprender a pedir ayuda. Soy de las que piensan “lo puedo solucionar sola”, “mis problemas son míos y mis soluciones también”. Desde chica, desde esa primera vez a los 13 años que fui a un médico a pedir ayuda y me sentí traicionada por un profesional, me volví muy escéptica a la hora de pedir ayuda y de saber en quién confiar. Pero este camino me dio cachetazos que no dejan otra opción, porque también estás muy expuesto. Emprender, que de repente crezca tanto un proyecto cuando nunca lo hiciste antes y no tener a nadie de referencia.
No tengo socios, soy sola. Entonces la vida me tiró ese aprendizaje: pedir ayuda y también aprender a medir quién puede ayudarme con qué, ver quién da el mejor consejo. Si me pasa algo legal, mi hermano es abogado, sé que lo puedo llamar; en mi familia hay abogados, sé que ahí está mi ayuda. Pero mi familia no es el mejor lugar para que me ayuden a armar un equipo o a tomar decisiones de recursos humanos: ahí tengo que ir por otro lado. Lo mismo con los medios: sé que ahí puedo ir a mi amiga. Eso está bueno, entender dentro de tu pequeño círculo quién es la mejor persona para darte consejo en cada tema, que no sea siempre la misma, y también entender de dónde viene el consejo.
Hasta cuando me lo piden chicas más jóvenes les digo: “mirá, esto es solo una opinión, este es mi consejo, pero el camino es tuyo, tus aciertos son tuyos y tus errores también tienen que ser tuyos”. Es un desafío, porque después te equivocás y sos dueño de tu error. Para mí fue un aprendizaje rodearme de gente que admire, que me inspire, que sepa más que yo. Lo mismo en el trabajo: empezar a contratar gente con más experiencia, que sabe más, que me puede enseñar. Fue un momento importante en mi carrera cuando pude contratar a alguien con mucha más experiencia, que trajera al proyecto cosas que yo no le podía dar, distintas a las que tal vez yo querría. Creo que eso también fue parte de aprender a soltar y a trabajar en equipo, a colaborar con gente que te puede enseñar.

—¿Cuáles son las claves para construir tu confianza?
—Cumplir con las cosas que dije que iba a hacer. Cuando más confío en mí es cuando digo que voy a hacer algo y lo cumplo. Creo que eso le da mucho valor a mi palabra, y es algo que hoy me importa mucho, como persona, hacia mí misma y hacia el resto. También mi compromiso con el trabajo: en lo profesional, más en este país, ser alguien que dice que va a hacer algo y lo cumple tiene mucho valor. Eso construye mi confianza en mí misma más que nada.
—¿Qué libro te inspira? ¿Cuál recordás más o al que más volvés?
—Me gustó mucho el libro What I Know for Sure, no sé cómo se dice en español, “lo que sé con seguridad”, de Oprah Winfrey, conductora y empresaria estadounidense. Te va a encantar. Me dio mucha sabiduría desde un lugar de paz. Siento que a veces los libros de aprendizaje o de liderazgo me generan un poco de ansiedad por todo lo que no hice o todo lo que tengo que aprender. Este, en cambio, me da tranquilidad: a veces lo abro, leo unas páginas y me quedo con esas gotas de sabiduría de una mujer que hizo historia de verdad.
—¿Qué fue lo último que aprendiste y qué desaprendiste?
—Lo último que desaprendí es dar confianza por demás. Es un aprendizaje difícil, porque hay un lado optimista mío que quiere creer que todos tienen las mejores intenciones, y desaprendí ese patrón de entrar primero con confianza. Hoy entro un poco más con un contrato primero. Es una lástima ir aprendiendo que el mundo es como es, pero también es muy importante, cuando querés armar una carrera profesional, protegerte primero. Y lo que aprendí es a no dar por sentado lo que tenemos, las pequeñas cosas de todos los días: tener a mi abuela, tener a mis papás cerca, a mis hermanos unidos.
Si todo se termina mañana, ¿de qué me voy a arrepentir? Tal vez me arrepienta más de haber cancelado una cena con mi familia, de haber usado esas dos horas para seguir trabajando, que de cualquier otra cosa. Hoy más que nada me lo recuerdo, porque estamos llegando a los treinta años y vemos gente alrededor que ya no tiene esas cosas que uno da por sentadas: sus abuelos, sus padres, sus hermanos cerca. Tenemos un montón de amigos que se van a vivir afuera, su familia queda lejos, y de repente tener ese espacio cerca es, al final, lo que uno se da cuenta que más vale en la vida.

—¿Qué es el bienestar para vos?
—Es sentirme todos los días capaz, con un cuerpo hábil y una mente capaz de enfrentar el desafío que tenga ese día o en ese momento de la vida, y también estar en paz con mis decisiones. Quiero levantarme en paz con quien soy y dormirme en paz con lo que hice ese día.
—Te voy a despedir con la última pregunta que le hago a todos los invitados que pasan por acá: que nos dejes algo que en el último tiempo te haya gustado, emocionado, sorprendido o dejado pensando. Puede ser lo que quieras, lo que sientas que te gustaría dejar como último mensaje.
—Me parece que lo más importante que tenemos, y quiero repetírselo a todo el mundo ahora, es que no se comparen con la vida del resto. Estamos todos, nuestra generación, tan pegados al teléfono, y lo veo hasta en gente cercana: querer ser como otra persona, querer la vida de otro. Me parece que lo más importante es entender que lo que ves en una red son los 30 mejores segundos de la vida de esa persona, y que es fundamental identificar cuáles son los beneficios de la vida que tenés hoy, qué disfrutás de ella, y aferrarte fuerte a eso. Creo que muchas veces, cuando corremos la persiana y vemos la realidad de la vida de una persona, no cambiaríamos nuestra realidad por la de ella. Es importante poder estar en paz con las cosas que uno tiene y con cómo uno vive.




