“Cuando tenía 18 años me echaron de mi casa”, recordó Walas, líder y voz de Massacre, al reconstruir en Casino Deluxe, el ciclo de entrevistas de Infobae, los años de su adolescencia en los que llegó a dormir en un Peugeot 504 abandonado y en la caja de un flete. Criado entre una madre intelectual “del estilo del Mayo francés” y una abuela de costumbres tradicionales, se definió entonces como un “chico antiguo” que no encontraba su lugar entre sus pares, hasta que el punk y el under porteño le permitieron encontrar su tribu.
A partir de ese momento, su historia quedó ligada a algunos de los nombres fundamentales de la cultura argentina. Los Fabulosos Cadillacs lo apadrinaron cuando Massacre daba sus primeros pasos y, años después, Walas vivió una de las experiencias más intensas de su carrera: abrió cinco shows consecutivos de Los Ramones en Obras, una seguidilla que contribuyó a instalar la “ramonesmanía” en el país.
En la entrevista, el músico también recordó su paso por MasterChef Celebrity, donde aprendió pastelería pese a no tener experiencia en la cocina; habló de su encuentro con Patti Smith; repasó su recorrido por la escena musical y explicó por qué Massacre se define como una banda “matriarcal”.
Walas, cuyo nombre real es Guillermo Cidade, es cantante, compositor y performer. Es reconocido principalmente por ser la voz de Massacre, que comenzó a gestarse en 1986. En sus inicios tocaba la guitarra y luego asumió la voz, hasta convertirse en uno de los frontman más singulares de la escena local, con una estética provocadora, espíritu contracultural y una identidad artística atravesada por el punk, el skate, la literatura y el surrealismo.
A lo largo de casi cuatro décadas de trayectoria, además de la música, desarrolló proyectos vinculados con la escritura, el teatro y la televisión. Publicó el libro Skate punk, un lunático sobre ruedas, interpretó al Rey en la versión teatral de El Principito y en 2025 participó de MasterChef Celebrity. Actualmente, continúa al frente de Massacre y mantiene una activa presencia en la escena cultural argentina.

— Bienvenido a Casino Deluxe, mi querido Walas.
— Hola compañera de cocina.
— ¡Qué cosa ese programa! No nos podíamos mirar mucho, ¿viste? Porque estábamos todos muy concentrados con las tareas que teníamos que hacer, tanta hornalla... Era muy activo el programa.
— Sí, sobre todo el resultado. Cuando veías el programa editado, que duraba una hora y media, quedaba espectacular. Pero la gente no sabe que estábamos ahí metidos jornadas enteras de siete u ocho horas.
— Pero eran muy activas entre los testimonios que grabábamos, cocinar y todo, teníamos poco tiempo de estar haciendo camaradería. Eran momentos muy cortos.
— Los momentos que almorzábamos, que merendábamos. Después estábamos siempre haciendo algo. Pero qué lindo grupo que se formó. Dicen que es el mejor de todas las temporadas, el grupo más...
— Más icónico...
— Y con más camaradería entre sí. De hecho, tenemos un grupo de chat que sigue funcionando. El programa ya pasó y seguimos mandándonos mensajes todo el tiempo, a cualquier hora de la madrugada.
— Chistes, memes, stickers y tratando de organizar juntadas. Me gusta que siga existiendo.
— Me encanta. Y hemos hecho buenas juntadas.
— ¿De esa experiencia te quedaste con habilidades para cocinar o se te pasaron cuando apagaste la hornalla de MasterChef?
— Yo no sabía cocinar nada y aprendí gracias a MasterChef. Aprendí un poco de pastelería y de gastronomía en general, pero especialmente pastelería. Viste que es tan difícil, tan específica, tan exacta, muy técnica. Me acuerdo un día que en la receta me hicieron pesar siete gramos de no sé qué. ¡Eran siete gramos! Imaginate lo específica que es. Algunas cosas aprendí. He hecho algunos postres, tortas de cumpleaños.
— ¿Te piden que hagas más ahora?
— Me piden que haga. En mi familia la mayoría son veganos y vegetarianos, pero solamente rompen el veganismo cuando les cocino. Cuando yo les cocino algún postre, algunos macarons...
— Son re difíciles de hacer. ¿Te salen bien?
— Yo los hago re buenos y diferentes variedades. Hacerlos bien esponjosos, crocantes y livianitos, con la pollerita. Y mi familia solamente quebranta la ley del veganismo y del vegetarianismo para comer las cosas que hago yo, que incluyen un poquito de leche, huevo, un poco de manteca. Todas cosas que no comen los veganos, ¿viste?
— En esta oficina que se llama Casino Deluxe vos me venís a pedir un millón de dólares y yo voy a ver si te lo doy o no, según la entrevista que tengamos. Contame, ¿qué harías con un millón de dólares?
— Haría lo mismo que hago con menos plata, es decir, comprar guitarras, discos, equipos amplificadores, juguetes antiguos, muñecos antiguos de ventrílocuos, payasos antiguos, feos...
— Llenarte de las chucherías de coleccionista. Pero sería en un volumen mayor porque te alcanzaría para cosas más costosas.
— Exactamente. Cuando veo remates de cosas icónicas, históricas, digo: “Ay, si fuera millonario, esto no se me escaparía”. Por ejemplo, hay un cuadro muy famoso de Marcia Schwartz, que está en este momento exhibido en la colección permanente del MALBA, que se llama El batato, que es un personaje de los ’80. Ella le hizo el retrato, un cuadro bastante grande que está exhibido ahí en el MALBA. Yo siempre que paso, lo veo y digo: “Si yo fuera millonario, este cuadro no se me hubiera escapado”, se lo hubiera disputado incluso a la familia Costantini, que son los dueños del cuadro y del MALBA. Y siempre digo: “Yo se lo hubiera comprado antes que nadie, se lo hubiera comprado en los ’80 o en los ’90 a Marcia, por menos plata. No se me hubiera escapado” (risas).
— Invertirías el dinero en esas cosas que sabés apreciar muy bien.
— Tal cual. En obras de arte, pero especialmente en guitarras y en órganos antiguos de los ’60. Tipo Hammond, los órganos que escuchás en las canciones de The Doors.
— ¿Por cuánta plata te desprenderías de un vinilo de tu colección?
— ¡Por mucha plata! Algunos son incunables. Justo hoy estaba preocupado porque no encontraba un disco. No sé dónde está. Un disco que es un pirata de una poeta neoyorquina y música que se llama Patti Smith. Yo la amo y la admiro. Y estuve con ella una vez que vino a tocar a Buenos Aires, almorcé con ella en una cena que hicieron, casualmente, a familia Costantini en el CCK.
— ¿Que fue cuando vino a tocar al CCK, arriba en la cúpula?
— Claro. Hizo un encuentro para algunos artistas. Me acuerdo que invitó a artistas plásticos y de la música. De la música éramos re pocos: Juana Molina y yo nada más. Yo tengo infinidad de discos y de libros de Patti. Y le llevé dos discos, que es un pirata de ella cuando era muy jovencita, un disco en vivo, y el primer disco de ella, pero edición mexicana. Y me los firmó, me los dedicó. Ese disco no lo encuentro en mi colección. Ahora que estoy haciendo una mudanza, estoy trasladando los discos y me preocupa porque no lo encuentro. No sé dónde estará. Ese disco no lo dejaría ir por ninguna suma de dinero.
— ¿Te acordás algo de ese encuentro con Patti? ¿Qué hablaron? ¿Qué te dijo?
— Sí. Ella tocó la noche anterior en el Luna Park y fui a verla. En un momento me dijeron: “Che, ¿querés saludarlo en el camarín?”. Y dije: “No”, porque en el camarín se llena de gente, la saludan mil personas y, después de tocar, el músico no siempre quiere saludar a mucha gente que no conoce. Entonces dije: “No, dejá, me abstengo”. Llego a casa y a las mil de la madrugada me llama un amigo de Nueva York y me dice: “Ya sé que es re tarde. Discúlpame la hora, pero ¿te gustaría mañana desayunar o almorzar con Patti Smith?” Le digo: “Sí, obvio”. “Bueno, anotá las coordenadas que te invita la familia Costantini a almorzar con ella”. Y fue así. O sea, me abstuve de conocerla en el camarín y al otro día...
— El universo te lo mandó.
— Exactamente. Por casualidad, me invitan a conocerla a esta mujer que admiro tanto, ¿no? Ella es icónica.
— ¿Por cuánta plata volvés a dormir en un Peugeot 504 cinco?
— Ay no (risas).
— ¡Qué anécdotas que has tenido! ¿Fue por placer, por gusto o por necesidad?
— De chico, de adolescente, cuando tenía unos 18 años, me echaron de mi casa. Me echaron porque me portaba mal, era contracultural o lo que hoy diríamos contracultural, transgresor. Era punk, anarcopunk y en mi casa no les gustaba que yo fuera así. En ese momento me echaron de mi casa, como un símbolo, un castigo... Y he dormido, por ejemplo, en un Peugeot 504 que estaba abandonado. Vi que estaba la puerta abierta y dormí un par de noches ahí adentro. Después he dormido en la caja mudanzera, en un flete.
— ¿Te lo prestaban?
— No, yo me metía. Me metía y dormía arriba de la cabina. Hay un lugar que se llama el buche. No era cómodo. Era una cosa de madera, ¿viste? Eso he pasado en el underground.
— ¿Y qué te acordás de tu crianza, de tu familia?
— Mi padre era músico, entonces viajaba todo el tiempo y no estaba nunca. Después mis viejos se separaron, entonces no estaba nunca tampoco. Fui criado mayoritariamente por una mamá y una abuela muy antagónicas. Mi mamá era una intelectual del Mayo francés. En cambio, mi abuela era mucho más tradicionalista, más conservadora. Y me crio más mi abuela que mi vieja. Entonces, tuve una crianza mucho más antigua. En lugar de tener una crianza de los 60, más moderna, de la época de la minifalda. Tuve una crianza de la época de 1910, de 1920, de preguerra. Era un chico antiguo. Era un chico que no coincidía con los códigos de los chicos de mi edad. Los chicos de mi edad tenían todos sus modas, sus tendencias y yo era como más antiguo. Me vestían como si fuera un nene de Bariloche, digo yo (risas), con suéter tejido. Como un niño de montaña, un niño antiguo. Después cuando estaba por terminar la primaria y empezaba la secundaria, estaban los bailes, los asaltos, estaba la moda de los chetos, los Stones, todo eso. Y yo quedaba re afuera y quería pertenecer porque cuando sos chiquito, querés formar parte. Y yo no entraba por ningún lado. Era re antiguo, re ñoño. Pero era creativo.
— Esa personalidad que mostraste en tu adolescencia, de tener tus propias reglas, ser anarquista y rebelarte, ¿tiene que ver con algo de ese niño que, de golpe, sintió el impulso de cuestionar un montón de mandatos y la cultura de ese momento? ¿De ahí nació esa pulsión de decir: “Yo quiero hacer las cosas de otra manera”?
— Sí. Cuando puedo rebelarme, que paso a ser mío y dejo de ser de ellas, de mi mamá y de mi abuela, y paso a ser mío, más o menos a los 15 años, ahí paso al lado contrario. Me empiezo a juntar con los punks y con la gente alternativa de Buenos Aires, que era el Parakultural, Cemento, el teatro underground, el varieté, el rock... Y entonces me junto con toda esta gente. Yo era muy chiquito y esta gente eran como mis maestros, gurúes. Por un lado Batato, que es el del cuadro que mencioné antes, Tortonese, Urdapilleta, Omar Viola, Las Gambas al Ajillo, toda la gente del Parakultural. Ellos fueron mis referentes, encontré mi tribu. Y por otro lado, los punks, las bandas que eran muchachos más grandes que yo y los admiraba como público. Gente como Los Laxantes, Los Baraja, Los violadores, todas esas bandas de los ’80. Y después me hago muy amigo y pasamos a ser como hermanos de una banda que en su momento era emergente y después se hizo muy famosa, que son Los Fabulosos Cadillacs. Ellos me apadrinan a mí, son los que nos prestan y regalan nuestros primeros instrumentos, son los primeros que nos producen las canciones y demás. Entonces pasamos a ser como unos hermanitos menores.
— ¿Cómo fueron esos inicios de Massacre?
— Nosotros empezamos siendo Massacre Palestina, nos llamábamos así.
— Que es un tema bastante actual.
— Claro. Fijate la resignificancia que tiene hoy en día ese nombre. En ese momento éramos unos pendejos que no entendíamos demasiado de geopolítica. Le pusimos un nombre de choque. Rápidamente, nos convertimos en una figurita de interés dentro de lo que era el under. Las bandas que tocaban en ese momento eran los Twist, Virus, empezaba Soda Stéreo, los Cadillacs. Y nosotros aparecimos como una figurita muy colorida, interesante, porque éramos los primeros skaters, los primeros que hacíamos música californiana, que hacíamos surf music, skate rock. Y rápidamente tuvimos público. Nosotros no es que decimos: “Tuvimos que remarla, tuvimos que sufrirla, qué padecerla”.
— Fue muy orgánico.
— En nuestra fecha debut había 500 personas. Había mucho interés sobre nosotros porque despertábamos curiosidad, veníamos con una propuesta que no existía en Buenos Aires.
— No había ningún otros referente.
— Claro. En ese momento estaban los punks con camperas de cuero y tachas y capaz que una cresta, y los heavies con campera de cuero y pelo largo. Y nosotros aparecimos con una propuesta que era mucho más colorida, con zapatillas de skate, bermudas, íbamos en skate a los recitales. Entonces, generamos interés por parte de la prensa, de otros músicos, colegas y público. Fuimos espejo de mucha gente. Todos los recitales nuestros se llenaban desde siempre. Tuvimos, por suerte, y lo agradezco mucho, el sostén de un público que nos permitió seguir haciendo siempre discos, producciones.
— Y vivir de esto, ¿no?
— Vivir de esto y sobre todo trabajar de esto. Hacer cada vez mejores producciones. Dos de nuestros discos los grabamos en Londres. El último disco que sacamos lo grabamos en Los Ángeles, en Texas y en Buenos Aires, en dos estudios re buenos de acá. Por más que tenemos un perfil medio de culto y medio under, y empezamos en el underground, siempre tuvimos estructura de banda promedio y público.
— Escuché en alguna entrevista que la llegada de Tori, tu pareja y mánager, fue un poco la que hizo que la banda se organizara, empezara a cobrar, a manejar más recursos y tener una dinámica interna de management más profesional. ¿Cómo fue su presencia en tu vida, desde el amor, y también en la banda?
— Yo me pongo de novio en los ’90, con Tori, que es una productora innata, una organizadora, una ejecutiva innata. Por más que es artista, tiene el costado organizativo. En un momento pasa a ser nuestra mánager y la mitad de nuestra carrera nunca habíamos visto un peso. Por más que convocábamos gente, teníamos productores y managers, nosotros siendo pendejos y estando en Babia, no veíamos plata Y en el momento en que Tori se hace cargo de lo ejecutivo en Massacre, pasa la novedad de que empezamos a ver plata. Terminaba un show y en la boletería había plata. Nos dijo: “Miren chicos, se reparte esta guita entre todos, hay plata para comprar instrumentos o para grabar algún disco”. Es como que tuvimos dos realidades. Una estábamos en Babia porque éramos pendejos poetas...
— Eran más bohemios que querían expresarse.
— Que no nos interesaba el dinero. Dado nuestra militancia anarco punk, el dinero, lo capitalista era algo malo. Entonces tener éxito y dinero era algo mal visto, era comercial. A partir de la segunda mitad, a partir de que Tori se hace cargo del management, aparece esa novedad que es poder realmente vivir de la música. Yo antes tenía otros trabajos: tenía una estampería, una fábrica de remeras, tenía locales en la Bond Street. Durante mitad de los ’90 y los 2000 he llegado a tener tres locales en esa galería emblemática donde están toda la vanguardia, los tatuadores, donde están los negocios de ropa alternativa.
— ¿Y cómo eran esos locales? ¿Qué vendían?
— Tuve la primer disquería punk de Buenos Aires, se llamaba La Lupita, que tuvo como característica primeramente que vendíamos discos del género punk, todos lo derivado a lo punk y tenía una característica particular que es que fuimos los primeros en vender remeras de colores. Las remeras del rock hasta ese momento eran blancas o negras. Eran la remera negra de heavy o la remera blanca de punk de Sex Pistols. Nosotros impusimos las remeras de colores. Si el disco era color turquesa, como el de Weezer, por ejemplo, hacíamos la remera color turquesa. Si el disco era verde, como Sonic Youth, hacíamos la remera de color verde. La remera celeste de Radiohead. La Lupita tuvo como novedad y como impronta eso: lo colorido. Después tuve un negocio de skate que se llamaba La Rata y un negocio de ropa para chicas góticas con una diseñadora que hacía unas ropas geniales. Y después tuve un negocio que era sin fines de lucro: un museo de skate. No se vendía nada ahí.
— ¿Es verdad que fuiste campeón de skate argentino?
— Yo fui campeón de skate durante muchos años. Aunque no existe la categoría campeón de skate. Fue entre los 15 y los 20 años más o menos, antes de dedicarme a Massacre. Cuando empiezo a dedicarme a Massacre Palestina paso a la bohemia, a la noche y voy dejando un poco de lado lo deportivo, lo diurno. En un momento lo conjugué las dos cosas, pero después me dediqué más a lo artístico que a lo surfístico (risas).
— ¿Seguís haciendo skate, surf o snowboard?
— Sí, las tres cosas. Amo los deportes de tablas. El tema es que de una ola de agua te caés al agua o de una ola de nieve te caés a la nieve. En cambio, en el skate, la ola es de cemento. Hay que tener valentía, destreza...
Los Ramones, los excesos y el rock
— ¿Cuál fue la situación más descontrolada que viviste en los años ’90?
— Haber tocado cinco noches consecutivas con Los Ramones como telonero en la situación de que el público no quiere ver al telonero, quiere ver a Los Ramones (risas).
— ¿Qué les pasó?
— Nos convocaron como teloneros de Los Ramones para un show cuando vinieron a Buenos Aires, Los Ramones, la banda neoyorquina. Nos convocaron para una noche. Pero se empezaron a vender entradas y se convirtieron en dos noches. Se vendieron más entradas y fueron tres, cuatro, cinco shows y fuimos los teloneros de los cinco shows. Convivimos con Los Ramones durante cinco noches. Cenábamos con ellos, salíamos con ellos. Hoy queda vivo uno solo de ellos. Fue una de las experiencias más hermosas y a la vez más intensas de mi carrera.
— Contame alguna cosa que se pueda de ese momento.
— Cenábamos todas las noches en el estadio Obras, detrás del escenario. Había un menú que ellos como eran neoyorkinos pero medio italianos, era todo ravioli, caneloni, spaghetti, era todo re tano (risas).
— ¿Eran simplones o medio divos?
— No, simplones. Alguno era medio divo...
— ¿Johnny, por ejemplo? ¿Era más estrellita?
— Johnny siempre fue cuestionado porque era más bravo con el público y con sus compañeros.
— ¿No era un personaje sino que tenía ese carácter?
— Era su forma de ser. Después Joey, el cantante, era divino. Venía al camarín nuestro y nos traía, en ese momento en un formato radiograbador, para hacernos escuchar la vanguardia de Nueva York, las bandas que estaban surgiendo, la novedad. Muy didáctico, generoso, muy divino. Convivir con Los Ramones durante cinco noches fue una experiencia espectacular. En ese momento no había tanta conciencia de lo que eran Los Ramones como símbolo. Hoy en día se puede decir que los argentinos somos un país ramonero y stone. A los que más amamos los argentinos es a los Rolling Stones y a Los Ramones. Los ves en las remeras... Pero en ese momento era recién empezaba la “ramonesmanía”, al punto que tocaron cinco noches en Obras y la siguiente vez que vinieron hicieron un solo recital en Vélez.
— ¿Alguna vez te arrepentiste de una noche de sexo?
— Sí. Me he arrepentido, por ejemplo, de dejar a una chica genial para irme con una chica de madera.
— Esas decisiones no inteligentes.
— Sí. Después lo analizás, ¿no? Decís por qué estoy cambiando a esta chica que es bárbara, que es genial, para irme con esta otra chica. Porque están las personas que son apasionadas y que juegan, que hacen las cosas y después están los que vos tenés que hacer todo, ¿viste?
— Sí, más fiaca. Que no tienen motor propio.
— Sí. Entonces me he arrepentido de cómo he dejado, he cambiado a esta chica tan genial por esa otra chica más pasiva, si se quiere, más madera como te digo en joda.
—Con Tori tienen muchos años juntos. ¿Es verdad que Massacre se define como una banda matriarcal, porque está atravesada por la mirada femenina de sus compañeras de vida?
— En el rock no es muy común. Por lo menos el rock tradicional es bastante machista, masculino, históricamente. Nosotros nos definimos matriarcales porque yo, definitivamente, si tuviera el poder de hacerlo, le doy la manija a las mujeres, le doy el poder a las mujeres, porque las mujeres son mucho más sensatas que los varones. Los varones somos más básicos, guerreros, competitivos, territoriales, nos peleamos por cosas más básicas. En cambio, las mujeres son primeramente madres, entonces tienen la mirada del conciliador, del que cuida, del que protege. Nosotros somos más brutos. A nosotros nos gusta tirar la piedra, la bomba, el misil, pelearnos, disputarnos cosas. En cambio la mujer es ejecutivamente mucho más organizada, si querés es el ama de casa, la que se encarga de decir: “Compramos esto para comer a la noche”. El hombre es el que se dedica a ir a cazar el mamut y traerlo, y la mujer es la que dice: “Bueno, esta parte del mamut o del ciervo la guardamos para el verano, esta la guardamos para el invierno”. La mujer es más sensata. Yo le daría el poder a las mujeres. En realidad, los primeros clanes de la humanidad fueron...
— Matriarcales.
— Después el hombre por la fuerza toma la manija y así estamos. Así está el mundo, ¿no? Pero los primeros clanes de las primeras civilizaciones, fueron matriarcales Entonces me considero feminista, si se quiere, pollerudo y matriarcal. Pero yo, definitivamente, le doy el poder a las mujeres.
— ¿Qué cambiarías del mundo de hoy desde la óptica de ese adolescente anarcopunk, hoy devenido en un adulto que se define como matriarcal, pollerudo y feminista, que fue criado por una abuela que lo hizo un niño antiguo? Porque tenés un mix tan hermoso que me interesa ese punto de vista.
— Cambiaría los liderazgos. Le daría un valor más al humanismo que a lo que rige hoy en día que es lo material, el capitalismo, el mercantilismo. Le daría mucho más énfasis al humanismo y seríamos mucho más felices. Entre bombas, guerras y misiles, si la mujer tuviera el liderazgo de la humanidad, estaríamos como los griegos. Especialmente los griegos atenienses porque estaban los atenienses y los espartanos. Unos eran más de la cultura y los otros más de lo físico, especialmente los atenienses que estaban con una túnica, en bolas, comiendo uvas, tocando instrumentos, impulsando las artes, las ciencias, la filosofía. Hacia esa humanidad tendríamos que ir en realidad. Pero los intereses, especialmente del macho, hacen que seamos esclavos, guerreros y ni siquiera guerreros sino soldados al servicio de otros. Defender los intereses de otros que ni siquiera los entendemos. Así que cambiaría el género del liderazgo.



