
Pensar la trayectoria educativa de un estudiante supone mirar bastante más allá de lo que ocurre dentro de una escuela. En La Matanza, esa perspectiva fue dando lugar a una serie de políticas que acompañan distintos momentos de la formación, desde la incorporación de tecnología en el nivel inicial hasta la posibilidad de continuar estudios universitarios, terciarios o de oficios y, más adelante, encontrar una vinculación entre esa formación y el mundo del trabajo.
El municipio reúne esas iniciativas bajo la idea de un “círculo virtuoso”, una expresión que suele utilizar el intendente Fernando Espinoza para describir un esquema que, aunque está compuesto por programas de naturaleza muy diversa, comparte una misma preocupación: sostener las trayectorias educativas en un distrito de enorme escala demográfica, donde las desigualdades sociales condicionan con frecuencia las posibilidades de estudiar. La Matanza, además, fue reconocida por la UNESCO como Ciudad del Aprendizaje.
Uno de los ejes de ese recorrido es la incorporación temprana de tecnología. En los jardines de infantes, niñas y niños comienzan a trabajar con tablets y computadoras desde los tres años; más adelante, cuando llegan a la escuela secundaria, esa primera aproximación se amplía con propuestas de programación, robótica y otras herramientas vinculadas con la cultura digital.
En ese nivel se desarrolla también Mundo Maker, una iniciativa realizada junto con TICMAS que propone acercar a los estudiantes a las nuevas tecnologías a partir de la experimentación, el trabajo con proyectos y la resolución de problemas. La propuesta se completa con instancias de capacitación docente y equipamiento para las escuelas, de modo que la incorporación de herramientas digitales no quede limitada a una experiencia aislada.
La formación tecnológica tiene, además, espacios que funcionan por fuera del aula. El Centro de Innovación Tecnológica de La Matanza (CITLAM), por ejemplo, ofrece cursos gratuitos para docentes, estudiantes y adultos mayores en áreas como programación web, desarrollo de software, impresión 3D, diseño digital, microscopía y actividades científicas.

Acompañar las trayectorias
La apuesta por la tecnología convive con una cuestión más básica, y en muchos casos más urgente: que las dificultades económicas no terminen interrumpiendo la escolaridad. De allí que el esquema incluya programas de entrega de libros y útiles, además de becas destinadas a acompañar a estudiantes y familias a lo largo de los distintos niveles.
A través de “A la Escuela, Mejor con Libros”, el municipio distribuye manuales y materiales pedagógicos, además de más de 300.000 kits de útiles escolares. Según las cifras difundidas por la administración local, el programa de libros alcanza anualmente a más de un millón de estudiantes.
A ese acompañamiento se suman las Becas Estudiar, que brindan asistencia económica a más de 10.000 jóvenes. Se trata de una política que apunta a sostener la continuidad educativa allí donde la situación económica familiar puede convertirse, de manera directa o indirecta, en una causa de abandono.
La Universidad Nacional de La Matanza (UNLaM), los institutos terciarios y las escuelas de artes y oficios conforman desde hace tiempo una oferta amplia, a la que en los últimos años se incorporó el Centro Universitario de la Innovación (CUDI), ubicado en González Catán. Construido con fondos municipales, el CUDI concentra buena parte de su propuesta en carreras vinculadas con tecnología y salud, áreas donde la demanda de formación especializada viene creciendo. Según los datos oficiales, más de 95.000 estudiantes universitarios cursan actualmente en instituciones radicadas en el distrito.
De la formación al trabajo
La última pieza de ese recorrido todavía está en construcción. Se trata del Polo Científico y Tecnológico de La Matanza, un proyecto con el que el municipio busca acercar la formación académica y tecnológica a las necesidades del sector productivo y generar oportunidades laborales para más de 10.000 jóvenes.
La propuesta prevé reunir en un mismo espacio al sector público, las empresas y las universidades, una articulación que suele mencionarse en los debates sobre educación y empleo pero que no siempre encuentra una traducción institucional concreta. Según explicó Espinoza durante la presentación, una parte del edificio se destinará a compañías nacionales y multinacionales que puedan incorporar graduados de las universidades de la zona, mientras que la otra quedará reservada para estudiantes interesados en desarrollar emprendimientos propios.
Una pregunta que conduce buena parte de la discusión educativa es qué ocurre después de la formación; de qué manera los conocimientos adquiridos encuentran continuidad en el mercado de trabajo. La experiencia de La Matanza intenta responder construyendo ese vínculo desde antes, cuando el contacto con la tecnología empieza en los primeros años de escolaridad y se prolonga, a través de distintos espacios e instituciones, hasta la formación superior.




