Ridley Scott adaptó La constelación del perro, de Peter Heller, y se estrenó en la Argentina como La guerra de los últimos. Entre el libro de 2012 y la película de 2026 desapareció el motivo por el cual el libro existía. Una nueva adaptación fracasa en una época en la que cada vez más parece ser que los grandes directores se quedaron sin ideas y no conforme con eso, insisten en tomar libros que conforman universos complejos y bien logrados y desmantelarlos para hacerles decir lo que ellos hubieran querido decir si se les ocurría la idea.
En la novela de Peter Heller, Jasper muere dormido. Es un perro viejo, lleva nueve años acompañando a su dueño en el hangar de un aeropuerto abandonado de Colorado, y una mañana no se despierta. Esa muerte doméstica, sin enemigo y sin épica, es el motor de las trescientas páginas que siguen: recién cuando el perro se muere, Hig entiende que ya no tiene con quién hablar y decide subirse a su avioneta y volar más allá del punto de no retorno. En la película de Ridley Scott, el perro muere peleando contra saqueadores, defendiendo a su dueño. Un animal que en el libro se apaga y en la película cae en combate. La guerra de los últimos es la versión de Ridley Scott de The Dog Stars, que en castellano circula como La constelación del perro, editada por Blackie Books y reeditada en marzo de este año por Penguin Random House.
Peter Heller nació en Nueva York en 1959 y durante dos décadas se ganó la vida como periodista de aventura: kayak en el Tsangpo tibetano, campañas antiballeneras, surf. En su primer día en una expedición por la meseta tibetana, un compañero murió en sus brazos. Publicó cuatro libros de no ficción antes de intentar una novela, y cuando la intentó tenía cincuenta y tres años. The Dog Stars se publicó en 2012.
El argumento es magro a propósito. Una gripe mató a casi toda la población del planeta; una enfermedad autoinmune que los sobrevivientes llaman “la sangre” siguió matando a los que quedaron. Nueve años más tarde, Hig vive en el aeropuerto abandonado de Erie, Colorado, con un Cessna, un perro y un vecino llamado Bangley, que tiene un arsenal en el altillo y ninguna necesidad de conversar. Los dos mantienen una alianza estrictamente militar: Hig patrulla el perímetro en avión, Bangley dispara. La mujer de Hig, Melissa, murió en una sala de aislamiento y él estuvo ahí. Cerca del aeropuerto sobrevive una familia menonita enferma de la sangre a la que Hig le lleva provisiones sin que Bangley se entere. Y tres años antes, volando, escuchó en la radio la voz de un controlador desde la torre de Grand Junction, a doscientas millas.

Nada de eso es lo que hace buena a la novela. Lo que la hace buena es cómo está escrita. Peter Heller narra en primera persona y en presente, sin comillas para los diálogos, en párrafos cortos que se cortan a la mitad, con una sintaxis rota que imita lo que le pasa a un hombre que hace nueve años no habla con nadie. La deuda con La carretera, publicada seis años antes, es evidente, y Heller no la esconde. La diferencia está en la temperatura: McCarthy escribió un libro sin consuelo posible, y Heller escribió uno donde el mundo arrasado sigue ofreciendo mañanas frías y hermosas. Y el duelo del libro no es por la humanidad. Es por un ecosistema.
Hig hace inventarios de extinciones: se fueron las truchas, los alces, los tigres, los elefantes. En algún punto se mete en un arroyo de las Rocosas con una caña de mosca y no encuentra nada, porque el agua subió unos grados y las truchas se corrieron aguas arriba hasta que no quedó aguas arriba. Cuando Cima y su padre abandonan su rancho, lo abandonan por la sequía y por la degradación del ambiente. El colapso climático no es decorado: es la causa, el motivo y el tema. Sin embargo, la novela nunca termina de decidir cuál es su catástrofe y flota entre la pandemia, la enfermedad y el clima con una indecisión que se parece más a la desprolijidad que al misterio.
El apocalipsis de Heller resulta sospechosamente habitable, casi confortable. Al parecer el fin del mundo le sirve de andamio para escribir una historia introspectiva acerca de un hombre que pesca, caza y vuela sin que nadie lo moleste. El libro sobrevive por su elegía verdadera por un perro, una mujer y unas truchas, montada sobre una fantasía masculina de soledad bien equipada; Hig extraña el mundo anterior, reflexiona sobre la ausencia, los cambios, la razón por qué vivir. Es una novela acerca de la nostalgia de un mundo que ya no existe y la necesidad de reconstruir con pequeños hechos, gestos u objetos algo que nos acerque a esa época que ya no volverá.
El guion de Mark L. Smith, el mismo de El renacido, prescinde por completo de la narración: la película no tiene voz en off, que es la razón de ser de la novela. Por otro lado, el cambio climático desaparece. Los inventarios de extinciones se van con la voz que los enunciaba, y el motivo por el que Cima y Pops dejan su rancho ya no es la sequía sino una invasión de saqueadores a caballo. Una novela de 2012 que tenía el colapso ecológico como motor se convirtió en 2026 en una película donde el peligro son unos jinetes inadaptados.

Mientras que en el libro son pocos los atacantes, en la película se multiplican en hordas de guerreros tatuados; al estilo de The Walking Dead. Los dos viejos paranoicos que en la novela tienden una trampa en una pista se transforman en una comunidad caníbal instalada en el aeropuerto de Grand Junction y comandada por una ex azafata con uniforme de época, papel inventado para Allison Janney que no existe en el relato de Heller. Por último, la novela termina con Hig constatando que las truchas y los alces ya no están, y que todavía quedan cuervos. Es un cierre de aceptación de la transitoriedad, sin promesa. La película termina con una fiesta, con música en vivo y baile. Para colmo, la película parece un tratado acerca de la publicidad implícita: McDonald’s, Taco Bell y Coca-Cola; Sprite; Bulleit Bourbon, los verdaderos valores que se extrañan son la música en streaming, la Coca-Cola y el whisky.
Un capítulo aparte merece la representación que la película hace de la “nueva tribu” como salvajes sanguinarios, en una alegoría de western bastante discutible. Entre los sobrevivientes casi no hay negros ni latinos y la comunidad del final resulta religiosa y mayormente blanca. Para una película que se propone como parábola sobre reconstruir la comunidad humana, la composición de esa comunidad es un dato y no un detalle.
Queda el libro, que se consigue acá desde marzo y vale la pena dejarse llevar por la prosa, que es buena de verdad si te gustan los libros apocalípticos que invitan a pensar en qué de este mundo vale la pena conservar frente a los cambios que están ocurriendo. El perro del título es Jasper y es además Sirio, la estrella del Can Mayor, que en el hemisferio norte anuncia los días más calurosos del año. Peter Heller eligió bien el nombre: su novela es un libro sobre el calor, que, como en La carretera, parece ser el común denominador en la literatura distópica del siglo XXI. Nos vamos a morir de calor. La película se filmó en Italia, elimina el clima, mata al perro en combate y termina con una fiesta. Los cuervos, que son lo único que sobrevive en el libro, no.
[Fotos: Fabio Lovino. © 2026 20th Century Studios y archivo]




