Hace 20 años empezamos a ir al barrio de Soldati con la Pastoral Universitaria. Fue una experiencia muy sencilla: jóvenes que eran estudiantes universitarios del interior iban los domingos a jugar con los chicos del barrio. A medida que los chicos se fueron encariñando con ellos, comenzaron a preguntarles: “¿Vos qué hacés?”. Y entonces los jóvenes podían contarles que estudiaban en la universidad.

Así se fue gestando un sueño: ¿por qué no ser también estudiantes universitarios, aunque hubieran nacido en un barrio carenciado?

De esa pregunta nació un programa de becas que, con el tiempo, se fue ampliando. ¿Dónde sería mejor que estudiaran? Sin duda, la UBA es una universidad increíble, pero la diversidad de horarios y turnos hace difícil la cursada para chicos que viven en barrios donde trasladarse de noche puede ser complicado. Sería bueno que pudieran estudiar en una universidad privada, pero entonces aparecía otra pregunta: ¿quién paga la cuota?

La Providencia fue abriendo caminos.

Conocí al doctor Héctor Masoero, presidente de la Fundación UADE, en el cumpleaños de un amigo. Las becas de UADE fueron las primeras. Al principio eran cinco, hoy son 50.

Después pudimos recuperar la beca social que había querido el doctor René Favaloro para su universidad. Hoy contamos allí con 30 becas para las carreras de Medicina y otras vinculadas con la salud, que no estaban contempladas en UADE.

Luego se sumó la Universidad Católica Argentina, con las Becas Papa Francisco, con otras 40 becas. También se incorporó la UCEMA, con 10 becas; la Universidad Evangélica, con 50; y este año sumamos también a la Universidad de San Andrés, donde estimamos que podrán ingresar alrededor de cinco jóvenes, de acuerdo con las características de los postulantes.

De este modo, son actualmente más de 300 oportunidades de becas las que se articulan a través de este programa, y la cifra sigue creciendo.

Pero quizás lo más característico de este año fue que nos propusimos dar un paso más: queríamos que estas oportunidades para cambiar vidas pudieran llegar también al interior del país.

Nos preguntábamos todo el tiempo si estas lindas oportunidades que estábamos teniendo aquí, en la Ciudad de Buenos Aires y el Gran Buenos Aires, no podían trasladarse a otras provincias. ¿Por qué no darles a jóvenes del interior la posibilidad de acceder a una universidad privada y transformar también allí sus proyectos de vida?

Así fuimos abriendo conversaciones con distintas universidades. Obtuvimos diez becas de la Universidad Blas Pascal, de Córdoba, y diez de la UCASAL, en Salta.

Pero nuestra sorpresa más grande vino de Tucumán. La Universidad Santo Tomás de Aquino, de los Dominicos, la UNSTA, nos otorgó 100 becas.

Quiero agradecer especialmente a la Universidad por su compromiso y su enorme predisposición para hacer posible esta iniciativa, y de manera particular a Luigi Pisoni, Soledad Paz, Fray Jorge Alberto y Fray Pablo, que desde el comienzo acompañaron este proyecto con una gran apertura y generosidad. Cuando uno intenta llevar oportunidades a jóvenes que están lejos, encontrar personas dispuestas a comprometerse hace una diferencia enorme.

Trabajar desde Buenos Aires a distancia tiene sus dificultades. Por eso, como ya lo hemos hecho en otras oportunidades, optamos por trabajar en conjunto con otra organización: Estudiantes Organizados de Tucumán.

Ellos tuvieron a su cargo llevar esta buena noticia a distintos pueblos y ciudades del interior de la provincia de Tucumán. De este modo, aquello que había comenzado hace 20 años en un barrio de Soldati empezó a cruzar las fronteras de Buenos Aires para llegar a jóvenes de otras realidades y de otras provincias.

El sueño seguía siendo el mismo: que el lugar donde una persona nace no determine hasta dónde puede llegar.

Para hacer realidad esta propuesta, Estudiantes Organizados recorrió más de 40 escuelas e instituciones educativas de distintos puntos de Tucumán, buscando que la información sobre las becas llegara también a los jóvenes que viven lejos de la capital. Porque muchas veces la distancia no significa que falten sueños, sino que faltan caminos concretos para convertirlos en realidad.

En uno de esos recorridos llegaron a Monteagudo, una localidad del sur de la provincia, a unos 90 kilómetros de San Miguel de Tucumán. Allí conocieron a Máximo Alejo De Bari, Maxi, un joven de 17 años, alumno de una escuela pública de menos de 200 estudiantes.

Maxi siempre fue un alumno destacado, pero no se considera el típico alumno intelectual y distante. Le gusta ser sociable, participar y, sobre todo, intentar ser una buena persona. Cuando tomó la Confirmación se incorporó a un grupo de catequistas; al entrar a la secundaria se sumó al Centro de Estudiantes y, cuando tuvo la oportunidad, también a Estudiantes Organizados.

Cuando conoció la propuesta de las becas, decidió postularse. Pero hizo algo más: se comprometió a llevar esa oportunidad a otros jóvenes de su región y recorrió 14 escuelas del sur tucumano para contarles que ellos también podían animarse a soñar con una carrera universitaria.

Hay algo de su testimonio que me parece especialmente significativo. Maxi dice que quienes estudian en estas escuelas muchas veces necesitan oportunidades como esta porque, desde lugares alejados de la capital, el futuro universitario puede parecer demasiado lejano. Y agrega algo todavía más lindo: quiere “brillar con luz propia”, pero también intentar que los demás puedan hacerlo.

No sabe exactamente qué le depara el futuro, pero dice que lo espera “con una sonrisa y los brazos abiertos”, sabiendo que, con un poco de ayuda, él también podrá cambiar vidas.

Su historia expresa de alguna manera el sentido profundo de esta iniciativa. Una oportunidad no tiene por qué terminar en quien la recibe. Puede multiplicarse y llegar a otros.

Eso es, en definitiva, lo que fuimos aprendiendo durante estos 20 años. Una beca no es solamente una ayuda para pagar una universidad. Es decirle a un joven que alguien cree en él, que su futuro no está determinado por el lugar donde nació y que tiene derecho a imaginar una vida diferente.

Y cuando esa oportunidad llega a un joven como Maxi, puede suceder algo todavía más grande: que no se quede solamente con él. Que salga al encuentro de otros, que recorra escuelas, que cuente su historia y que ayude a que otros también se animen a soñar.

Porque cuando una oportunidad llega a un joven, no solamente puede cambiar su propia vida. También puede convertirse en una razón para que otros vuelvan a soñar.