Un atardecer en el jardín. El silencio apenas interrumpido por el canto de los pajaritos, las flores abiertas y los aromas del final del verano en Castel Gandolfo. Ese fue el escenario elegido por León XIV para celebrar la misa que dio inicio, el 1 de septiembre, al Tiempo del cuidado de la creación, un período que se extiende hasta el 4 de octubre, memoria de san Francisco de Asís.
La imagen del jardín resulta especialmente elocuente. Evoca armonía, belleza y vida compartida. En él, cada elemento tiene su lugar: la tierra que sostiene, el agua que alimenta, las plantas que florecen, los animales que encuentran refugio y las personas que contemplan, cultivan y cuidan. Sin embargo, ese jardín soñado puede transformarse en una pesadilla cuando el ruido, la basura, el consumo desmedido y la indiferencia desplazan el equilibrio de la creación.
El inicio de este tiempo propone algo sencillo y, a la vez, profundamente necesario: hacer una pausa. Detener por un momento la carrera cotidiana, bajar el volumen de las preocupaciones y recuperar la capacidad de mirar. No se trata de una pausa vacía ni de una interrupción sin sentido, sino de una actitud contemplativa capaz de devolvernos la conciencia de que habitamos una casa común. En la Homilía el Papa hizo un llamado: “En esta Jornada, y en los próximos días, hagamos algunos minutos de pausa en el ajetreo de las actividades cotidianas para buscar la gran armonía de la que formamos parte. Pongamos en modalidad silenciosa todos los ruidos de las tareas humanas para escuchar la voz melodiosa de la Creación en la que Dios nos habla”.
Contemplar no significa permanecer al margen de los problemas. Por el contrario, quien contempla con atención aprende a reconocer lo que está sucediendo. Escucha el cansancio de la tierra, advierte la fragilidad de los ecosistemas y comprende que cada decisión humana deja una huella. La contemplación auténtica no paraliza: despierta la responsabilidad y abre caminos para el cuidado. Es un llamado a una “profunda conversión” para que el uso que se ha hecho de la Tierra para “la destrucción” pueda ser “redirigido hacia la vida, el cuidado de los pobres, el sustento de los hambrientos y el cuidado de la Creación” (Homilía de León XIV).
Hay una melodía armoniosa en todo lo creado. Se percibe en el movimiento de las estaciones, en el ritmo del agua, en el vuelo de las aves, en el crecimiento silencioso de una planta y en la diversidad de las formas de vida. Esa melodía no es estridente; necesita atención, humildad y disposición para ser escuchada.
Pero corremos el riesgo de desafinar. Podemos meter ruido y basura en medio de la belleza que Dios nos regala. Lo hacemos cuando convertimos la naturaleza en un depósito de material no degradable, cuando usamos los bienes de la tierra como si fueran infinitos o cuando aceptamos como inevitable el deterioro de los lugares que habitamos. También desentonamos cuando la comodidad consumista de algunos se construye sobre la precariedad de otros y cuando olvidamos que el cuidado de la creación incluye proteger a las personas.
La crisis ambiental no es solamente un problema técnico. También es una cuestión espiritual, ética y comunitaria. Pregunta qué clase de mundo queremos dejar, qué vínculos estamos construyendo y qué lugar ocupa la gratitud en nuestra manera de vivir. Frente a la tentación de dominar sin límites, el cuidado propone una relación distinta: recibir, agradecer, proteger y compartir.
En este camino, la figura de san Francisco de Asís conserva una fuerza particular. A 800 años de su muerte, su testimonio sigue invitando a mirar la creación con asombro y respeto. Él no contemplaba la naturaleza como un paisaje distante, sino como una comunidad de hermanos y hermanas. El sol, la luna, el agua, el fuego, la tierra y todas las criaturas formaban parte de una misma alabanza.
Su sensibilidad no era ingenua ni superficial. Nacía de una profunda pobreza de espíritu, de la capacidad de reconocer que la vida no nos pertenece por completo y de la convicción de que todo lo creado es un don. Por eso su legado continúa interpelándonos: cuidar la creación exige revisar nuestros hábitos, moderar nuestros deseos y recuperar una relación más agradecida con lo esencial. Puede comenzar con acciones cotidianas: reducir los residuos, valorar el agua, proteger los espacios verdes, consumir con responsabilidad y participar en iniciativas comunitarias.
El Tiempo del cuidado de la creación se presenta como una oportunidad para hacer una pausa antes de seguir sin rumbo hacia actitudes de destrucción. Preguntarnos hacia dónde vamos y qué estamos dejando a nuestro paso. También ayuda a distinguir entre lo urgente y lo verdaderamente importante, entre el progreso que mejora la vida y el desarrollo sólo del lucro que agota los bienes comunes.
Detenerse puede ser un acto de valentía. Implica reconocer que no todo lo que podemos hacer conviene hacerlo, que no todo crecimiento es saludable y que la velocidad no siempre es señal de avance. A veces, para encontrar un camino nuevo, es necesario parar, escuchar y dejar que la realidad nos hable.
En el jardín de Castel Gandolfo, un atardecer, el silencio, los pájaros, las flores y los aromas del final del verano pueden convertirse en una parábola. La creación todavía conserva una melodía capaz de conmovernos. Pero esa melodía necesita ser protegida de aquello que la amenaza. Necesita personas dispuestas a cuidar, comunidades capaces de organizarse y decisiones que pongan la vida en el centro.
El jardín soñado no es un lugar perfecto al que se llega de una vez y para siempre. Es una tarea cotidiana. La pesadilla, en cambio, irrumpe cuando dejamos de escuchar. Cuando el ruido impide percibir la belleza, la basura oculta la tierra y la indiferencia vuelve normal la destrucción.
Entre el 1 de septiembre y el 4 de octubre, la Iglesia invita a recorrer un camino de contemplación, conversión y compromiso. El recuerdo de san Francisco de Asís, a ocho siglos de su muerte, ilumina ese recorrido con una certeza sencilla: la creación no es un objeto para consumir, sino un don para agradecer y una casa para proteger.
Quizás todo comience con una pausa al atardecer. Con el silencio suficiente para escuchar a los pajaritos, reconocer los aromas de las flores y advertir que todavía estamos a tiempo de no convertir el jardín en una pesadilla.



