
Dos gatos domésticos de raza mixta permitieron documentar la primera aparición del síndrome de Marfan en felinos. El hallazgo, publicado en Scientific Reports, surgió a partir del estudio de los hermanos Gary y Shaggy, cuyos rasgos físicos y problemas clínicos remitían a un trastorno que hasta ahora se asociaba con seres humanos.
El trabajo reunió a especialistas de la Facultad de Medicina Veterinaria de Cornell, el Instituto Baker para la Salud Animal, la Universidad de Gante, la Universidad de Pensilvania y el Centro Médico Veterinario Schwarzman de Nueva York. El equipo examinó a los animales, estudió sus tejidos y analizó su genoma completo hasta localizar una alteración en el gen FBN1.
Ese gen contiene las instrucciones para fabricar fibrilina-1, una proteína esencial para la estructura de los tejidos conectivos. Estos tejidos aportan sostén y elasticidad a partes muy distintas del organismo, desde huesos, ligamentos y piel hasta ojos y paredes de los vasos sanguíneos. Cuando la fibrilina-1 falla, las consecuencias pueden aparecer en sistemas alejados entre sí, aunque pertenecen a una misma red biológica.
El síndrome de Marfan afecta aproximadamente a una de cada 4.000 personas. En humanos, las manifestaciones incluyen extremidades largas, cambios esqueléticos, desplazamiento del cristalino y dilatación de la aorta, la gran arteria que distribuye la sangre desde el corazón hacia el resto del cuerpo. El compromiso de esa arteria concentra una parte central de la vigilancia médica debido al riesgo que implica el aumento de su diámetro.

Gary y Shaggy presentaron varias de esas señales desde temprana edad. Sus extremidades resultaban inusualmente largas cuando aún eran cachorros. Más adelante, los veterinarios detectaron luxación bilateral del cristalino, una condición en la cual esta lente transparente del ojo se desplaza de su ubicación habitual. También identificaron dilatación de la raíz aórtica, el tramo inicial de la arteria que sale del corazón.
La coexistencia de estas alteraciones llevó a los especialistas a considerar el síndrome de Marfan como una hipótesis diagnóstica. El caso planteó un desafío poco frecuente: los signos clínicos pueden sugerir una enfermedad del tejido conectivo, pero las características aisladas no bastan para establecer el diagnóstico. La combinación de observación clínica, estudios por imágenes, evaluación ocular y genética permitió construir un cuadro mucho más preciso.
“Los hallazgos sientan las bases para mejorar el diagnóstico veterinario. Esto puede ayudar a los veterinarios a reconocer casos similares en el futuro y podría contribuir al desarrollo de pruebas genéticas”, afirmó la doctora Jacquelyn Evans, autora principal del estudio, profesora adjunta del Departamento de Ciencias Biomédicas y miembro del Instituto Baker para la Salud Animal.
La variante alteró el procesamiento genético, pero dejó una fracción de función normal

La principal novedad del estudio reside en la forma en que los investigadores identificaron la variante y explicaron sus efectos. La secuenciación de genoma completo mostró que ambos gatos portaban dos copias alteradas de FBN1, una heredada de cada progenitor. La variante apareció en una región próxima al exón 22, una de las secciones que participan en la construcción final de la proteína.
Los genes no operan como una cadena continua que pasa sin cambios desde el ADN hasta la proteína. Antes de fabricar una proteína, la célula procesa una copia temporal de esas instrucciones, el ARN. Durante ese proceso, elimina fragmentos y une otros para formar una secuencia funcional. Este mecanismo recibe el nombre de empalme o splicing.
En Gary y Shaggy, la modificación genética afectó una señal necesaria para ese empalme. La secuenciación de ADN complementario mediante tecnología Oxford Nanopore reveló que el exón 22 faltaba en el 73 % de los transcritos analizados. El resultado comprometía un segundo dominio híbrido de fibrilina-1, una zona relevante para el plegamiento y la estabilidad de la proteína.
La ausencia de ese segmento no anuló por completo la producción de fibrilina-1 funcional. Una proporción menor de los transcritos conservó el ensamblaje normal, por lo que las células todavía fabricaban cierta cantidad de proteína sin esa anomalía. Esa diferencia ofrece una explicación para un aspecto llamativo del caso: ambos felinos alcanzaron la adultez pese a contar con dos copias de la variante.

En las personas, el síndrome de Marfan suele tener herencia autosómica dominante: una sola copia alterada del gen FBN1 puede causar la enfermedad. En los gatos estudiados, la variante estaba presente en ambas copias, pero una parte del ARN conservó el procesamiento correcto, lo que moderó el efecto del defecto genético.
Los investigadores definieron este fenómeno como heterocigosis funcional. Aunque el ADN contenía la alteración en las dos copias del gen, una fracción de las instrucciones genéticas llegó intacta a la producción de proteínas. Esa diferencia entre la información genética y su resultado dentro de las células ayudó a explicar la evolución de los hermanos.
El examen de la aorta de uno de los gatos reveló fibras elásticas interrumpidas y fracturadas, un patrón compatible con alteraciones de la fibrilina-1 observadas en pacientes con síndrome de Marfan. Además, la variante no apareció en más de 1.000 gatos de referencia, lo que respaldó su posible vínculo con los signos oculares, corporales y cardiovasculares detectados en Gary y Shaggy.
El caso puede orientar diagnósticos y controles veterinarios futuros

El hallazgo ofrece una referencia para que los veterinarios consideren el síndrome de Marfan ante gatos con extremidades inusualmente largas, alteraciones oculares y dilatación de la aorta. Ninguno de esos signos permite identificar la enfermedad por separado, ya que otros trastornos del tejido conectivo pueden presentar características similares.
La medicina humana muestra que las manifestaciones varían incluso dentro de una misma familia. Algunas personas tienen cambios físicos visibles, mientras otras presentan síntomas menos notorios o mayor afectación cardiovascular. El diagnóstico exige integrar antecedentes familiares, examen físico y estudios específicos.
La evaluación cardíaca suele incluir ecocardiogramas, tomografías computarizadas o resonancias magnéticas para controlar las válvulas y el tamaño de la aorta. Los controles oculares, con lámpara de hendidura y medición de presión intraocular, permiten detectar luxación del cristalino, cataratas, desprendimiento de retina o glaucoma. En los gatos analizados, la luxación bilateral del cristalino fue una de las principales señales asociadas al síndrome.

Las pruebas genéticas pueden confirmar una sospecha cuando el examen clínico señala una enfermedad hereditaria. En el futuro, la identificación de la variante de FBN1 observada en estos animales podría contribuir a crear herramientas de análisis para gatos con signos compatibles. También permitiría estudiar si existen otras variantes relacionadas con cuadros similares en la población felina.
El caso abre además una oportunidad para la medicina comparada, que analiza enfermedades en distintas especies para comprender mejor mecanismos biológicos compartidos. Los gatos y las personas no presentan idénticas formas de enfermedad, pero el papel de la fibrilina-1 en los tejidos conectivos conserva una importancia común. La observación de un trastorno espontáneo en animales puede aportar información que los modelos experimentales no siempre ofrecen.
La participación de los tutores resultó decisiva para que el estudio avanzara desde una sospecha clínica hasta la caracterización genética. El seguimiento de Gary y Shaggy permitió reunir información sobre sus manifestaciones y obtener muestras para análisis especializados. Ese recorrido convirtió un caso veterinario inusual en una referencia para futuras investigaciones.
A partir de ahora, otros equipos podrán comparar nuevos casos con los datos clínicos, histológicos y moleculares publicados sobre estos hermanos. El estudio no establece cuán frecuente resulta el síndrome de Marfan entre los gatos ni identifica a todos los animales que podrían portarlo. Sí fija un punto de partida concreto: una variante de FBN1, un mecanismo de empalme defectuoso y una constelación de signos que ya cuentan con una explicación molecular.




