Discusiones, portazos, contestaciones desafiantes, límites que se ponen a prueba sin mediar diálogo, silencios inexplicables. Vivir con un adolescente puede sentirse como una montaña rusa emocional cuyo viaje dura años y pone a prueba la paciencia y las convicciones más férreas.

Claro está, la llegada de un hijo a la familia siempre viene a mover las estructuras de una pareja. Se trata de reacomodar horarios, rutinas, costumbres y convertir ese escenario de dos en un espacio a donde confluyen también los hijos y en el que los rituales familiares comienzan a ganar terreno.

Llevarlos al colegio, a cumpleaños o actividades extraescolares es parte de una rutina que se transforma con el correr del tiempo en una estructura más o menos consolidada. Y justo cuando creíamos tener todo bajo control, los chicos crecen, ingresan en la adolescencia y las rutinas, las formas de vincularnos, la vida, tal y cual la conocíamos, cambia radicalmente: tenemos un adolescente en casa, con todo lo que eso implica.

Aunque parezca difícil de creer, muchos de los conflictos que aparecen en esta etapa se atenúan cuando hay límites. (Foto: Imagen generada con IA-Gemini)
Aunque parezca difícil de creer, muchos de los conflictos que aparecen en esta etapa se atenúan cuando hay límites. (Foto: Imagen generada con IA-Gemini)

De un día para el otro, “ese niño que durante años necesitó de nosotros para casi todo empieza a reclamar cosas nuevas como más autonomía, privacidad, intimidad. Y nosotros tenemos que seguir estando disponibles, pero ya no de la misma manera. Y eso requiere un movimiento enorme de los padres: dejar de criar solamente al niño que conocemos para empezar a vincularnos con la persona en la que se está convirtiendo”, explica Susana Ramírez, licenciada en Psicología (MN 60.166)

La transformación no ocurre solamente en los hijos. También interpela a los adultos, que tienen que revisar el modo en que acompañan y ejercen su rol.

“La adolescencia, como cada etapa de crecimiento, nos interpela y nos hace replantear lo que creemos y pensamos. Lo que nosotros dábamos por sentado y superado se vuelve a complicar. Y esto nos afecta emocionalmente”, agrega Brenda Troccoli, comunicadora, puericultora, coach familiar y especialista en crianza y parentalidad positiva.

En todo este proceso, una de las cosas que aparece, y que más suele afectarnos como padres, indica Ramírez, “es esa sensación de empezar a ser una molestia para ese niño para el cual éramos gran parte de su mundo”.

La especialista Ramírez marca la diferencia de pasar de tener un niño a un adolescente. (Foto: Freepik)
La especialista Ramírez marca la diferencia de pasar de tener un niño a un adolescente. (Foto: Freepik)

Porque las más de las veces, de un día para el otro, ese chiquito que se subía a nuestra cama, que nos contaba todo, que necesitaba nuestra opinión, empieza a transformarse, a diferenciarse y, en la mayoría de los casos, a pasar buena parte de las 24 horas del día encerrado entre las cuatro paredes de su cuarto.

Cómo acompañar a un adolescente, y no morir en el intento

“La adolescencia es una etapa de conflicto, de separación y de pérdida. Un adolescente cuestiona, pregunta, averigua y pone en duda todo. Esto hace que nos cuestionemos y que aparezca la culpa, que nunca es buena consejera. Porque hemos hecho lo que pudimos y con la mejor intención y todo el amor”, sostiene Troccoli.

Más allá de preguntarse si todavía los quiere, por qué los rechaza o cuánto va a durar esta etapa, hay una pregunta que puede resultar más útil para los padres: ¿cómo está atravesando mi hijo este proceso?

“No es lo mismo un adolescente que está buscando independencia, se enoja, cuestiona y después puede volver al vínculo, que uno que permanece aislado, profundamente angustiado, agresivo, desconectado o con cambios muy marcados en su funcionamiento”, aclara Ramírez.

La diferencia es importante. No todos los cambios propios de la adolescencia tienen el mismo significado y, frente a determinadas señales, es necesario prestar especial atención a lo que le está pasando al chico.

También resulta fundamental revisar el lugar que ocupan los padres en ese nuevo vínculo. “¿Qué puedo hacer para que mi hijo quiera contarme qué le pasa? ¿Soy una persona confiable? ¿Puedo escuchar sin juzgar? Y empezar a decodificar en qué idioma están hablando, no para hacernos amigos de ellos, sino como muestra de que su mundo nos importa”, indica la especialista.

Conocer sus amistades, la música que escuchan, las tendencias en redes, invitarlos a un recital, al cine, o simplemente a dar una vuelta en el auto escuchando una playlist que le interese puede ser una buena forma de acercarse a ese hombrecito o esa mujercita que hasta hace unos minutos era el ser más dulce del planeta y ahora parece la versión joven de Dr Jekyll y Mr Hide, todo junto y condensado.

Adolescencia, tierra de acuerdos y límites

Es importante la figura de la autoridad, pero también aceptar visiones diferentes. (Foto: Pixabay)
Es importante la figura de la autoridad, pero también aceptar visiones diferentes. (Foto: Pixabay)

Aunque parezca difícil de creer, muchos de los conflictos que aparecen en esta etapa “se atenúan cuando hay límites, que no son gritos, ni peleas. Es lo que estoy dispuesta a dar a cambio de recibir. Los chicos a partir de los 13 años pueden entender claramente esto”, apunta Troccoli.

En este sentido, es importante anclar en la figura de la autoridad, que no se construye ganando discusiones, sino “desde la coherencia, la presencia, los límites y el vínculo. Y eso es parte de una historia familiar. No es algo que se logra de un día para el otro”, explica Ramírez.

Y que tampoco implica que la mirada de ambos padres sea siempre la misma y coincidente. De hecho, cada uno puede tener su propia postura, y eso puede ayudar a enriquecer mucho la perspectiva de la crianza. “El problema no es la diferencia, sino la desautorización permanente o la ausencia de alguno en su rol de cuidado y vínculo”, indica Ramírez.

Es importante que, antes de dar un sí o un no, los adultos puedan conversar en privado, ponerse de acuerdo en determinados límites básicos y sostenerlos. “Eso enseña algo muy valioso: que las diferencias pueden tramitarse sin destruir el vínculo”, aclara.

En suma, la clave para transitar esta etapa parece descansar en la posibilidad de establecer normas de convivencia que sean posibles de sostener y estén basadas en el diálogo y el acuerdo, y, sobre todo, “en darnos el tiempo para pensar, porque la crianza y la vida -a diferencia de los tiempos que corren, donde todo parece urgente y fugaz- requieren tiempo”.