
Oscar González Oro, “el Negro”, murió este viernes en Punta del Este a los 74 años. Con su partida se apaga una de las voces más reconocibles de la radio argentina, un hombre que durante casi cuatro décadas convirtió las mañanas en un territorio propio y que construyó, micrófono mediante, una relación íntima con varias generaciones de oyentes. Fueron años de mañanas compartidas, de información, entrevistas, opiniones, humor, música, silencios y esa familiaridad que solo algunos grandes conductores consiguen establecer con quienes están del otro lado. González Oro no fue simplemente un nombre de la radio: para muchos fue una compañía cotidiana, una voz que entraba en las casas ya comenzado el día y que, con el paso del tiempo, terminó formando parte de la vida de quienes lo escuchaban.
La noticia provocó una inmediata conmoción entre periodistas, conductores, amigos y colegas que compartieron con él micrófonos, estudios, viajes y distintas etapas de una profesión que lo tuvo como uno de sus grandes protagonistas. Eduardo Feinmann lo despidió desde la emoción más profunda: “Inmenso dolor. Te quiero, te querré siempre”. Una frase breve, pero cargada de todo aquello que muchas veces resulta imposible explicar cuando muere alguien cercano. Claudio Savoia, en tanto, también recordó al periodista y escribió: “Estaba enfermo. QEPD. Abrazo grande a sus amigos, familiares y oyentes. Gran periodista”. En esas palabras aparece también una de las dimensiones más importantes de González Oro: la de haber construido un vínculo que trascendió ampliamente a sus compañeros de profesión y alcanzó a millones de oyentes que durante años hicieron de sus programas una parte de su rutina.
Sergio Lapegüe fue otro de los periodistas que puso en palabras el lugar que ocupó el Negro en la radio argentina. Al comunicar la noticia en Lape Club Social (América), recordó especialmente esas mañanas en las que su voz acompañó durante años a una enorme cantidad de personas. “Nos acompañó durante tantas mañanas en diferentes radios, haciendo el programa más escuchado por las mañanas, acompañó a la gente”, explicó. Y quizá allí esté una de las claves para comprender la dimensión de su figura: logró algo que no todos los conductores consiguen, que una audiencia no solamente lo escuchara, sino que sintiera que estaba acompañado por alguien conocido. La radio tiene ese extraño poder de convertir una voz en presencia, y el Negro supo construir esa cercanía durante décadas.

Nelson Castro también lo recordó desde el conocimiento personal y profesional que mantuvo con él a lo largo de los años. “Hace poco tiempo me contaba que estaba bien”, señaló en declaraciones a TN, antes de reconstruir parte de la historia de aquel hombre al que conoció cuando llegó a Buenos Aires y cuya trayectoria siguió de cerca. Habló de su “tremendo éxito”, de su “impronta” y de su talento, pero también de aquello que ocurría detrás del personaje radial: “Un hombre con gran olfato, gran voz y vocación”. Castro destacó además su cultura y su pasión por la lectura, y recordó especialmente cuánto adoraba a sus hijos. En ese retrato apareció también una faceta más íntima, la de un hombre profundamente sociable, acostumbrado a salir, encontrarse con amigos, ir al cine y disfrutar de una vida intensa fuera del estudio de radio.
Para Castro, la pandemia significó un golpe particularmente duro para González Oro justamente por ese modo de vivir. “A él lo afectó mucho la pandemia, las restricciones, porque era un hombre con una intensa vida social, salir con amigos, cine”, explicó. Y también recuperó una pequeña historia detrás de una de las frases que quedaron asociadas para siempre a sus programas: el célebre “dale, gas”. Según contó, el origen estaba en el apellido del operador, que era largo, y González Oro lo apocopaba para utilizarlo como una manera característica de cerrar cada salida al aire. Una pequeña marca de identidad que, con el tiempo, terminó formando parte del lenguaje de su audiencia.
Por su parte, Fabián Doman dejó unas palabras que sintetizan el sentir de muchos: “Murió Oscar González Oro a sus 74 años. El hombre más importante de la radio”.

Oscar Gómez Castañón, en tanto, eligió ubicarlo dentro de una tradición mayor de la radio argentina. “El Negrito fue el último gran número uno de la segunda mañana. En la saga de (Cacho) Fontana, de (Héctor) Larrea”, sostuvo, trazando una línea con algunos de los nombres más importantes de la historia de la radio. Y habló también de ese vínculo casi secreto que se establece entre un conductor y su audiencia, una relación que muchas veces resulta difícil de explicar para quien nunca la experimentó: “Uno la radio la elige completa, con todos los horarios y toda la vida, y conoce los hijos, lo que vivió y no vivió. No a muchos medios les permitís meterte a tu cama o a tu ducha, a la radio sí”.
La frase resume como pocas el fenómeno González Oro. Porque durante casi cuarenta años su trabajo no transcurrió solamente dentro de una cabina, frente a un micrófono y detrás de un vidrio. Su voz ingresó en cocinas, oficinas, autos, dormitorios, bares y comercios. Estuvo presente en cumpleaños, separaciones, pérdidas, nacimientos, viajes y rutinas. Fue parte de la vida cotidiana de quienes lo eligieron una y otra vez. Y esa confianza, construida lentamente durante años, es uno de los legados más difíciles de reemplazar.
Beto Casella también recordó al Negro desde una conversación que mantuvieron apenas unos días antes de su muerte. Al aire de su programa en Rock & Pop contó que el último sábador le había escrito para preguntarle cómo estaba. La respuesta fue directa y, a la distancia, conmovedora: “Hola, amigo. Estoy bien, aunque la salud no me acompaña. Me cuesta trabajo caminar y mantener el equilibrio, el resto bien”. Casella, con quien compartió aire en la TV abierta, explicó que sabía que su colega atravesaba problemas de salud y recordó que lo había visto en una entrega de los Martín Fierro de Radio, donde recibió una mención especial.

“Versiones había un montón, pero tenía un vínculo muy amoroso, en una época comíamos. Pero mirá vos... el sábado, preguntarle cómo andará, y esa fue la respuesta”, relató Casella, todavía atravesado por la incredulidad de una conversación que, sin saberlo, sería una de las últimas. Hay algo particularmente doloroso en esos mensajes cotidianos que parecen insignificantes cuando ocurren y adquieren otro peso cuando la persona ya no está. Un simple “¿cómo estás?” que queda suspendido en el tiempo.
Oscar González Oro construyó su historia en la radio durante décadas y llegó a convertirse en uno de esos nombres que ya no necesitan presentación. El Negro era, para quienes lo escuchaban, mucho más que un conductor: era una voz reconocible, una presencia cotidiana y una compañía. Este viernes, desde Punta del Este, esa voz se apagó definitivamente. Quedaron sus programas, sus frases, sus entrevistas, sus historias y, sobre todo, la memoria de millones de personas que durante años encontraron del otro lado del parlante a alguien que les hablaba como si estuviera allí, en la misma habitación.
Y quizá esa sea la forma más profunda de despedir a un hombre de radio: entendiendo que algunas voces no desaparecen del todo cuando dejan de sonar. Permanecen en la memoria de quienes las escucharon durante años, asociadas para siempre a una época de sus propias vidas. Para muchos, la voz del “Negro” González Oro será, desde ahora, también eso: el recuerdo de tantas mañanas que empezaron con él.



