Hay caras que parecen salidas de un sueño, otras de una pesadilla y algunas que podrían provocar una sonrisa apenas se las mira. Ojos enormes, dientes exagerados y expresiones difíciles de definir. Las máscaras de Micaela Lilintal habitan justamente ese límite: pueden resultar inquietantes o provocar una sensación difícil de explicar. Para ella, ahí reside lo interesante del arte.

“Se puede generar desde ternura y que lo quieras ver, que digas ‘qué desagradable’, pero algo te genera, que creo que eso es lo lindo de lo artístico: que no pase desapercibido, que algo te haga estar caminando y volver para decir ‘¿qué es eso?’”, plantea la artista plástica.

Miqui trabaja con pinturas, esculturas y, especialmente, con máscaras. Su universo está construido a partir de cartón, papel, engrudo y cartapesta, una técnica que descubrió durante la pandemia, cuando buscaba una nueva manera de expresarse. “Empecé a pintar una serie de retratos y en un momento sentí que me quedó sabor a poco lo plano y dije: ‘Tengo ganas de pasar a lo tridimensional y al universo de las máscaras’”, recordó.

Miqui Lilintal posa para la foto en su taller artístico

Hasta ese momento, la pintura había sido su principal forma de expresión. Pero el encierro por la emergencia sanitaria la llevó a observar los materiales que tenía a mano y a probar algo diferente. “Miré a mi alrededor y encontré papel, cartón, engrudo, que es un pegamento hecho con harina. Inflé un globo, le hice cartapesta y lo desinflé. Quedaron dos medias esferas y ahí apareció la primera máscara”, explicó.

El resultado de aquel primer experimento le dio una señal. “Cuando me lo puse en el rostro dije: ‘Es esto, va por acá’”, señaló. A partir de entonces, comenzó a desarrollar una técnica propia y a sumar distintas formas y elementos sobre aquella estructura inicial.

Sus máscaras no buscan representar rostros perfectos. Al contrario, juegan con la exageración, lo extraño y aquello que puede generar cierta incomodidad. Ojos, facciones y dientes se deforman hasta construir personajes que parecen pertenecer a otro universo.

“Creo que es genuino y tal vez no desde el miedo a querer hacer algo completamente perfecto y hermoso, sino esto de poder jugar un poco con lo grotesco”, remarcó.

Los dientes son, además, uno de los elementos que más se repiten en sus obras: grandes, desproporcionados y llamativos. La elección tiene una explicación familiar: su mamá fue protesista dental. “Cuando me preguntan sobre los dientes, a mí me gusta jugar con la frase: ‘No preguntes lo que no querés saber’. Pero son todos hechos por mi mamá. No hubo nada de contacto humano”, aclaró.

La artista y dos de sus máscaras

Frente a una máscara terminada, es inevitable preguntarse quién es ese personaje, si tiene una historia, una personalidad o una voz. Miqui cuenta que, aunque no siempre piensa en una identidad mientras crea, en algunas ocasiones la obra termina adquiriendo una propia.

“No me acuerdo mucho qué estoy pensando en ese momento. Pero sí asocio algo a la risa, como hacer algo ridículo. Alguna vez me pasó que me salga la voz del personaje, pero tengo que estar muy conectada ahí”, admitió.

El proceso de creación no siempre parte de una idea definida. Muchas veces, el personaje aparece a medida que avanza la obra. Y aunque la elaboración de una máscara puede parecer un proceso largo y complejo, Miqui explica que gran parte del tiempo está determinado por el secado de los materiales.

“Generalmente, en una semana o diez días ya está. Tiene más que ver con el tiempo de secado que con el de hacer. Creo que, si se secara instantáneamente, lo haría en el mismo día”, expresó.

Lo que comenzó como una exploración durante la pandemia, terminó convirtiéndose en una profesión. Actualmente, Miqui vende tanto pinturas como máscaras: “En este momento, estoy viviendo 100% de esto. Las pinturas están de 200 dólares para arriba. Y las máscaras, hay un poco de todo, pero algunas están más cerca de los mil dólares”.

Miqui y una de sus máscaras creadas con cartapesta, cartón, engrudo y pintada con óleos

En ese recorrido, las redes sociales tuvieron un papel fundamental. Allí encontró a personas que, lejos de considerar extraño su universo, se sintieron identificadas. “Tal vez uno ve y dice: ‘Uy, qué raro, qué freak’”, contó. Sin embargo, al compartir sus obras descubrió que no estaba sola.

“De repente, las redes te hacen descubrir que hay un montón de freaks en el mundo a los que les gusta lo mismo y eso es como un alivio también”, señaló. Ese encuentro con otras personas le permitió entender que aquello que podía parecer demasiado particular, también podía convertirse en una forma de conectar.

Sin embargo, hubo un proceso interno que resultó más difícil que aprender una técnica o encontrar compradores: reconocerse a sí misma como artista. “Me costó mucho”, admitió. Durante años tuvo una idea muy concreta de lo que significaba hacer arte, asociada a “ciertos pintores y ciertas cosas”. Hasta que entendió que también podía construir su propio camino.

“No te das cuenta de que vos estás escribiendo tu propia historia y que también es arte”, expresó Miqui. Con el tiempo, algo cambió en su manera de mirar lo que hacía. Dejó de compararlo con una idea previa de cómo debía ser y empezó a reconocer aquello que aparecía de manera natural en sus propias obras.

Ese estilo tiene mucho de lo siniestro, pero también de lo tierno. Miqui encuentra belleza justamente en esa combinación de sensaciones aparentemente opuestas y lo explica a partir de una imagen cotidiana. “Es lo siniestro de los juguetes con los que jugaste de día y de noche preferís guardar en el placard. ‘Mejor no le veo la carita a este juguete’”, bromeó.

Para ella, mostrar esas dos caras —la oscura y la luminosa— forma parte de una búsqueda artística, pero también personal. Por eso, cuando piensa en el conjunto de su producción, sostiene: “Mi obra en general muestra las dos cosas. Me parece más verdadero y sincero que puede ser hermoso y hermosamente feo también”.

Lilintal, en su estudio, el lugar donde ocurre la magia de crear las figuras

Hay una contradicción en el objeto que eligió para expresarse: una máscara sirve para ocultar el rostro, pero en su caso terminó funcionando como una herramienta para mostrar una parte íntima de sí misma. “Siento que hay algo muy mío en eso de querer esconderme. Pero, de la forma en que me escondo, al final estás mostrando más de lo que estás escondiendo”, analizó.

En ese juego entre ocultar y revelar, aparece también el corazón de su obra: criaturas que no son completamente tiernas ni completamente inquietantes. “Ese universo que está siempre al límite me parece verdadero”.

Quizás por eso, las máscaras de Miqui no buscan provocar una única reacción. Algunas pueden generar una sonrisa, otras incomodidad y otras una mezcla de ambas. Lo importante es que ninguna pase inadvertida. Lo que comenzó con un globo, papel, cartón y engrudo durante la pandemia se transformó en un lenguaje propio y en una manera de mostrarse incluso detrás de una máscara.